INVESTIGACIÓN


Amigos cara a cara


Por Agustina Tanoira.


Amigos cara a cara 
En una época en la que es posible tener miles de amigos virtuales, una destacada investigadora estadounidense propone desconectar la tecnología por un rato y recuperar las relaciones cara a cara. ¿El desafio? Cultivar vínculos más reales.

Hubo una vez –y no hace tanto– en que Sherry Turkle fue la más encarnizada defensora de la tecnología. Fue cuando esta profesora de Estudios Sociales de Ciencia y Tecnología en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) publicó un libro en el que sostenía que las computadoras no eran solo una mera herramienta sino una parte central de nuestra vida social y psicológica. ¡Hasta se animó a vaticinar los efectos terapéuticos de la tecnología! Pero mucha agua pasó bajo el puente y, aunque hoy reconoce que duerme con el celular a su lado y que debemos aprovechar las ventajas de la tecnología, su perspectiva acerca del impacto sobre las personas ya no es la misma. Turkle, que lleva décadas investigando la relación entre las personas y las computadoras –y demás dispositivos tecnológicos–, sostiene que lo que verdaderamente subyace en estos vínculos virtuales es un enorme sentimiento de soledad. Y esto es algo de lo que no hay que huir, ya que los momentos de soledad son básicos para la reflexión y la introspección. Esto, dice, es lo que debemos enfrentar. “La gente enfrenta la soledad conectándose”, explica, pero esa conexión, es más un síntoma que el remedio.

Conversar más 

“Los chicos están creciendo sin tener prácticas en conversación, y es precisamente la conversación lo que liga a toda la familia”, explica Sherry Turkle. Para la especialista, que entró a trabajar en el MIT porque le fascinó el mundo de la inteligencia artificial, técnicamente estamos juntos pero en realidad estamos cada uno en nuestra propia burbuja. “Lo que más me dijeron los chicos que entrevisté es: ‘Prefiero textear que hablar’”, cuenta, y explica que el verdadero conocimiento del otro solo puede darse cuando nos conectamos a nivel físico, espiritual e inmediato. Por eso, recomienda: “Hay que ponerle límites a la tecnología. Crear espacios libres, como la cocina o el dormitorio. Es importante enseñárselo a nuestros hijos. Crear horarios para contestar los mails y respetar nuestros momentos de intimidad con la gente apagando el teléfono.”


Nuevas “enfermedades” tecnológicas 

En una pizarra de un bar en Sevilla se leía: “No tenemos Wi-Fi, hablen entre ustedes”. Esta máxima de sabiduría popular puede ser el mejor remedio para la gran cantidad de trastornos producidos por la tecnología. Existe evidencia de que la falta de un dispositivo móvil puede causar depresión, ansiedad y otros trastornos que hasta hace unos años eran inconcebibles; lo mismo sucede con ser avasallado anímicamente por imágenes de las vidas aparentemente felices de los otros. Según los especialistas, la mayor parte de estos trastornos se deben a la baja autoestima y a la necesidad de suplir una carencia emocional a través de la Web. ¿Cómo remediar estas enfermedades? Desconectando los enchufes y conectándonos nuevamente entre nosotros: volviendo a conversar cara a cara.


Relaciones virtuales 

En 1984 publicó su primer libro, El segundo yo. Las computadoras y el espíritu humano, y su éxito le valió la portada de la revista Wired –una emblemática publicación que intenta reflejar cómo la tecnología afecta a la cultura, la educación, la economía y la política–; un año después lanzó La vida en la pantalla. La construcción de la identidad en la era de Internet, en el que Turkle describía cómo la Web estaba configurando un nuevo sentido descentrado y múltiple de la identidad humana. Por aquellos años, dio su primera charla TED y celebraba enfáticamente la vida en la Red. “Estaba excitada y como psicóloga reconozco que me apasionaba la idea de ver cómo usar las herramientas de la tecnología para conocernos más a nosotros mismos y poder vivir, así, vidas mejores en el mundo real”, reconoció unos años más tarde en su segunda participación en TED. Claro, esta vez su discurso fue más cauto. Ya no estaba –ni está– tan convencida de que los lugares a los que la tecnología nos lleva sean aquellos a los que nosotros queremos ir… Estos pueden ser problemáticos para la forma en que nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos. “Estos dispositivos que nos cambiaron la vida son psicológicamente tan poderosos que no solo cambian lo que hacemos sino quienes somos”, explica. 

Relaciones 2.0 

Turkle reconoce que las relaciones humanas son complejas, exigentes y demandantes, y asegura que, por eso, “las limpiamos con tecnología”. Y en este proceso se sacrifica la conversación por la conexión. En el mundo virtual es posible editar, lo que implica poder “deletear” lo que no nos gusta y retocar nuestros comentarios, mientras que en una conversación esto es imposible ya que sucede en tiempo real. Por eso, Turkle piensa que la vida on-ine tiende a promover relaciones más superficiales y laxas, en las que las personas entablan vínculos sin riesgo y están siempre disponibles. ¿Pero qué sucede? En lugar de amigos reales, hacemos amistad con desconocidos. En vez de hablar cara a cara, “mensajeamos” y “texteamos”. “La tecnología –comenta– hace que nos comuniquemos muy fácilmente cada vez que lo deseamos pero también que nos desconectemos cuando se nos plazca”. Y agrega: “Esperamos más de la tecnología y menos de los demás”. ¿Por qué? Porque la tecnología llega a los lugares en donde somos más vulnerables: necesitamos intimidad y las redes sociales nos dan la ilusión de la compañía. “Tenemos la sensación de estar en compañía sin tener que someternos a las exigencias de la amistad”, explica. “Pero lo cierto es que pese a nuestro miedo a estar solos, alimentamos relaciones que podemos controlar: las virtuales”.  La gran paradoja es que, de acuerdo con sus investigaciones, ser escuchados es uno de los deseos más profundos y esto esconde una dolorosa verdad: la sensación de no ser escuchados nos lleva a conectarnos cada vez más con los dispositivos, que sí parecen interesarse en nosotros. “¡Estamos desarrollando robots!”, alerta Turkle. Robots sociales diseñados para ofrecernos compañía (ver recuadro). 

Relaciones verdaderas

En su último libro, Alone Together. Why We Expect More from Technology and Less from Each Other, que aún no fue traducido al español, Turkle escribe: “La tecnología promete cercanía. Muchas veces la brinda, pero nuestro estilo de vida moderno nos deja casi siempre menos conectados con las personas y más con simulaciones de ellas”. Y remarca que esto no es real. “Estamos conectados constantemente”, alerta. Para revertirlo, anima a reivindicar el valor de la soledad, ya que si bien es cierto que la tecnología sirve como antídoto contra ella, una de las grandes ironías de nuestro tiempo es que en soledad  nunca estamos solos. “La soledad es donde nos encontramos con nosotros mismos”, explica. “El problema es que si no aprendemos a estar solos, cada vez estaremos más aislados”. La tecnología les quita a las personas la importancia de conectarse en un nivel físico, retarda la reacciones, ayuda a evitar situaciones incómodas a las que estamos expuestos en la vida real y, lo más grave, fracasa en cultivar el autoconocimiento y la presencia: la única clave para la conexión humana. Por eso, la nueva cruzada de Turkle es recuperar la conversación cara a cara y, sobre todo, los espacios sagrados de encuentro en la casa y en la oficina. “Esos teléfonos cambian nuestras mentes y nuestros corazones porque nos ofrecen fantasías muy gratificantes: que podemos tener atención constante, que siempre va a haber un foro en el que ser escuchados y que nunca más tendremos que estar solos”, afirma. Para la especialista, esta última fantasía es la que está cambiando nuestra psiquis, porque en el momento en que uno se encuentra solo, entra en pánico, y ante la sensación de angustia y ansiedad, busca contención en algún dispositivo. Y esto está cada vez más instalado en nuestro modo de relacionarnos.

Tiempo de hablar

De acuerdo con cifras obtenidas a través de comScore Media Metrix, Social Networking, el total de minutos que los usuarios argentinos de las redes sociales pasaron en ellas estos últimos doce meses aumentó un 25%, y el número de visitantes creció un 28%. El 20 de julio, Día del Amigo, es una jornada especial: se trata de una de las fechas en que históricamente más tráfico se registra tanto en la Web como en los celulares –a veces, incluso más que en las Fiestas de fin de año–. Los mensajes de texto fluyen incesantemente y no es extraño que el frenesí de los amigos –virtuales y reales– por cumplir con el ritual del saludo y el encuentro cibernético haga colapsar las líneas de teléfono. Más que nunca es momento de concientizar acerca de que vivimos en una sociedad en la que la mayoría de la gente no está presente; en la que estamos distraídos, cada uno centrado en la propia pantalla y sin ningún registro de lo que sucede alrededor. “Es tiempo de hablar”, insiste Turkle. “Reconsideremos los usos de la tecnología. No digo que hagamos a un lado nuestros dispositivos tecnológicos; solo aspiro a que tengamos una relación más consciente con ellos, con los demás y con nosotros mismos”.
Para animarnos a terminar con la tiranía de los dispositivos, Turkle cerró una de sus charlas con una propuesta revolucionaria: “Apaguen sus teléfonos y empiecen a vivir”. Lo más curioso es que fue ovacionada. ¿Estamos a tiempo? Por supuesto: hay vida social más allá de las pantallas.

Amigos reales versus amigos virtuales 

Hace un mes la firma japonesa Softbank presentó a Pepper, un robot  interactivo, capaz de mantener una conversación, interpretar los gestos y reacciones de las personas, susurrar, sonreír y hacer gestos con las manos. Según sus propios creadores, Pepper brinda la posibilidad de tener un amigo ¡por menos de dos mil dólares! Uno a nuestra medida, capaz de comprendernos, escucharnos, decirnos la palabra justa e interpretar nuestros deseos. En síntesis, satisfacer nuestras necesidades emocionales. Todo, gracias a un diseño sofisticado de inteligencia artificial que le permite, a partir del análisis de situaciones, aumentar sus capacidades de aprender nuevos algoritmos y adecuarse a los requerimientos de sus dueños. Esto tampoco convence a Sherry Turkle: “Somos vulnerables, necesitamos sentir empatía, y un robot no puede suplir esto”, concluye.

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