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De Ushuaia a Alaska en limo


Por Aneris Casassus.


De Ushuaia a Alaska en limo 

Una pareja de argentinos, Florencia Bratovich y Lucas Cárdenas, atravesó el continente americano en una limusina Cadillac de 1989. Ya recorrieron diecisiete países y 50.000 kilómetros. Un sueño.

La vida de Florencia Bratovich y Lucas Cárdenas es una historia de viajeros. De esos que un día patean el tablero y se lanzan a la aventura. De los que dejan su trabajo, cierran cuentas de banco, dan de baja servicios, se despiden de su familia y amigos y ponen primera. De esas historias fáciles de envidiar. Llevan dos años y cuatro meses viajando por el continente americano: han visitado diecisiete países, llegado a los lugares menos pensados y conocido a cientos de personas que se cruzaron por su camino. Pero hay algo que los distingue entre otros tantos corajudos que se animan a dejarlo todo para salir a las rutas. 

Algo que llama la atención en cada pueblo por el que pasan. Algo que para ellos ya es “alguien”. La limo, el tercer integrante de este viaje al que bautizaron “América sin límites”. Esta pareja de tortolitos viaja en una limusina Cadillac Brougham Deville de 1989 que adaptaron como casa rodante convirtiéndola en la primera limo-home del mundo. Cualquiera que se la haya cruzado no pudo sacarle los ojos de encima a este vetusto vehículo de andar lento que mide 7,15 metros de largo y pesa casi 3 toneladas.  

En el verano de 2012, cuando se preparaban para la hazaña, Flor (27) y Lucas (35) remodelaron lo que sería su auto, pero también su casa, por los siguientes dos años. En su ciudad, Comodoro Rivadavia, habían fundado la primera empresa de alquiler de limusinas de la Patagonia. Así había llegado la Brougham Deville a sus manos. Llevaba a quinceañeras ansiosas por llegar a su fiesta y a recién casados después de haber dado el sí en el altar. 

Pero ahora la limo tendría un nuevo desafío. Flor y Lucas sacaron el asiento y la barra con frapera, DVD y  consola de videojuegos para poner una cama de dos plazas que debajo funciona como baulera. También le incorporaron una minicocina con bacha, anafe y alacena. Con la limo-home lista, salieron el 23 de febrero de aquel año para bajar hasta Ushuaia y luego atravesar todo el continente hasta llegar a Alaska.  Después de 50.000 kilómetros recorridos, el objetivo está cumplido.“Estos dos años de viaje han sido los mejores de nuestras vidas”, dicen los viajeros vía Internet desde Anchorage, Alaska. 

No hay cronograma ni fecha para llegar a cada destino. Ni siquiera saben qué lugares visitarán al día siguiente. “Sabemos dónde nos despertamos pero nunca dónde dormiremos. A los destinos los decidimos frente a los mismos carteles de la ruta; nos guía el corazón. Además, depende mucho de las invitaciones de la gente de cada lugar, que se va enterando de nuestro viaje y quiere conocernos y mostrarnos lugares interesantes de dónde vive. La ruta la va trazando la gente sin saberlo”, cuentan. En estos más de ochocientos días de viaje, Flor y Lucas fueron alojados por muchísimas familias que les abrieron las puertas de sus casas, y les regalaron noches de hospedaje en hostales pequeños o en lujosos hoteles 5 estrellas. Pero cuando la noche los sorprende en camino prefieren dormir a bordo de la limo, al lado de selvas y playas. 

Vacaciones eternas

Teniendo en cuenta que la limusina consume mucho combustible –tiene una autonomía de solo 5 kilómetros por litro–, la pregunta del millón es cómo consiguen dinero para financiar la travesía. “Vivimos del viaje”, responden ellos. Escriben notas, venden fotos y postales en cada pueblo que recorren y ya editaron dos veces el libro América sin límites. Crónicas de un viaje en limusina por el continente americano, que presentaron en las ferias internacionales de Guatemala y Quito. “Las dos veces se agotó, y a la vuelta a la Argentina editaremos la versión final, que será el relato completo de lo que pasó la primera vez que una limo atravesó el continente e incluirá la explicación detallada de cómo vivir eternamente de vacaciones”, adelantan. El diario de viaje se puede seguir en Internet, en el blog americasinlimites.tv y en el Facebook y Twitter  de América sin límites. 

Además, la solidaridad es un elemento fundamental en su economía viajera. Los amigos que van apareciendo en el camino siempre están dispuestos a ayudarlos. Así sucedió cada vez que tuvieron algún problema mecánico con la limo. “Una sola vez nos cobraron la mano de obra, en Bolivia. Lo demás fueron regalos y así fuimos aprendiendo a arreglarla”, cuenta Flor. Las lecciones de taller resultaron fundamentales porque al llegar a Los Ángeles el motor original V8 de 5000 centímetros cúbicos se fundió. “Por suerte encontramos un reemplazo en Internet, lo compramos, lo cambiamos entero y extrañamente quedó perfecto. Lo interesante es que empezamos este viaje sin saber absolutamente nada de mecánica y sin cargar herramientas ni repuestos. Eso sí, aún nadie nos convenció de llevar una cubierta de auxilio”, aclara Lucas. 

La ayuda también apareció cuando necesitaban cruzar en barco desde Colombia a Panamá. Allí la carretera  desaparece en la selva por 80 kilómetros y es imposible hacerlos por tierra. “El costo de esos pocos kilómetros por mar es altísimo y es un gran filtro para muchos viajeros que llegan a esa instancia cansados y sin dinero. A nosotros nos salvaron un par de ángeles y pudimos superarlo, pero estuvimos un mes y medio peleándola para poder seguir”, recuerdan.

Las anécdotas son miles. En el salar de Uyuni, en Bolivia, la limo no soportó los 20 grados bajo cero durante la noche y se congeló el motor. Tardaron cuatro días en volver a arrancarla y tuvieron que dormir en el medio de la nada. Pero, finalmente, Flor logró llegar a un pueblito en el que encontró a cuatro viajeros argentinos a bordo de un colectivo de los años cincuenta que  iban al salar. “Justo a tiempo porque era su cumpleaños y el de la única mujer a bordo de aquel bus. Allí, en medio del salar más grande del mundo, festejamos dos cumpleaños, nos reímos mucho y nos hicimos amigos para siempre”, cuenta Lucas.

Como en casa 

Flor y Lucas viajan sin celulares ni relojes. Eso, dicen, les enseñó a dejarse llevar por las ganas: comen cuando tienen hambre, duermen cuando tienen sueño. “Avanzamos cuando queremos y si nos gusta un lugar nos quedamos unas horas o unos meses. Aprendimos a valorar cada momento, a agradecer cada plato de comida y hasta la bendición de encontrar sombra. Nos conectamos con la naturaleza como nunca antes”, aseguran. 

Están de novios hace cinco años y la convivencia en un viaje tan largo se transforma en un verdadero reto. “Con el tiempo se desdibujan los límites entre uno y otro para pasar a actuar como una sola persona. Es muy interesante y un desafío enorme para nosotros que amamos la libertad por sobre todo. Pero en nuestro caso se dio de manera muy natural”, apuntan.

–¿Se extraña algo después de tanto tiempo fuera de casa? 
–No extrañamos “algo”, extrañamos a “alguien”. Aunque a  veces, más que extrañar, es una sensación de “Cómo nos gustaría que estén acá viviendo esto con nosotros”. Más allá de eso, jamás nos sentimos fuera de casa, nos han recibido con calidez en muchos hogares y eso hizo que nos sintiéramos siempre como en casa.

–¿Qué tienen pensado hacer ahora que ya llegaron a Alaska? 
–Nos embarcaremos en la aventura de conseguir el dinero para poder volver a la Patagonia de alguna manera. Soñamos con poder subir la limo a un barco y regresar en avión o navegando, pero aún necesitamos encontrar a ese último ángel del camino que nos ayude a volver a casa. Apenas lleguemos tenemos en puerta la edición final del libro y a futuro nos gustaría seguir viajando –ya hay nuevos destinos planeados– y tener un pequeño hotel  en la Patagonia para alojar a viajeros y devolver un poco de todo lo que estamos recibiendo en el camino. 

El amor tocó a su puerta 

La historia entre Florencia y Lucas empezó hace cinco años, cuando el amor tocó a su puerta. Él acababa de unirse a un grupo de rock y estaban ensayando en su casa, a la que iban llegando músicos y amigos. Entre una canción y otra, Lucas fue hasta la puerta con el bajo aún colgado. “Cuando abrí estaba ella. Sonriente y tímida. Frágil y fuerte a la vez. Pude sentir que algo empezaba en ese mismo momento. A estas cosas uno las intuye, las ve venir. Ella seguía al grupo adonde fuese y por eso había llegado hasta mi casa aquel día. Así nos conocimos”, recuerda Lucas. A los pocos meses estaban viviendo juntos sin saber que un tiempo después emprenderían el gran viaje de sus vidas.


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