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Al rescate de los pueblos


Por Facundo Baños..


Al rescate de los pueblos 
Revalorizar los pueblos y las pulperías, y lograr que recuperen la actividad perdida, es el leitmotiv de Leandro Vesco. Con ese fin, fundó una ONG que crea bibliotecas comunitarias y promociona la cultura y el turismo social e integral.

Leandro Vesco tiene 40 pero parece más grande. Creció en el empedrado de Paraná, pero se fue. Vivió en Ushuaia, Nueva York y en un pueblito colombiano que le recordaba a su Entre Ríos natal. Siempre buscando su lugar en el mundo. De sus tiempos de bohemia retuvo el vicio de escritor. Acompañado por Soledad, su mujer, adquirió el hábito de hacerse escapadas para conocer pueblos del interior del país. Eso que asomó como una curiosidad tomó otra dimensión, y Leandro empezó a pensar que su vida debía dar un nuevo giro. Ya no se trataba de hacer los bolsos e irse, sino de algo más. Así fue como nació Proyecto Pulpería, una asociación civil que se propone reconstruir pulperías, pueblos y parajes descuidados y venidos a menos en el país. 

A Leandro Vesco le llevó un par de años conversar con los pobladores, oírlos, recabar información, y en 2010 soltó su viejo empleo y se dedicó de lleno al proyecto. Él es su propio agente de prensa y genera los contactos (empresas, gente y organizaciones) con todo aquel que entienda que puede ser un colaborador de la causa. “Cuando una persona dedica su vida a hacer lo que quiere –dice Leandro–, el concepto de trabajo se desdibuja. Yo estoy todo el día ocupado en algo que siempre soñé”. Proyecto Pulpería le da licencia para viajar y frecuentar otras realidades, y oír otras voces, y apreciar otras miradas. Le encanta lo que hace, lo mantiene apasionado, y cuando la pasión ocurre, los resultados no tardan en llegar. 

Justo horas antes de este reportaje, Leandro Vesco recibió una importante noticia: el municipio de Coronel Pringles apoyará la campaña de Proyecto Pulpería en el paraje Krabbe, un lugar que en la década del cincuenta alcanzó los ochocientos habitantes y que hoy tiene solo cuatro. “La particularidad de este pueblo es que tiene una escuela rural y que todos los días recibe a doce chicos y a sus maestras. Ellas fueron las que nos contactaron para que instalemos una biblioteca comunitaria. Siempre, detrás de cada idea que surge, detrás de cada proyecto y campaña, hay un grupo de mujeres”. Este nuevo desafío es importante para el proyecto que lidera. 

–¿Qué significa la pulpería en la vida de un pueblo?
–Las pulperías siempre fueron los ejes sociales de los pueblos. En ellos se establecían tres instituciones primordiales: la estación de tren, el destacamento de la policía y la pulpería. Detrás llegaba la capilla y la religión. Las pulperías son el centro neurálgico, el eje rector de todos los pueblos; no pueden cerrarse y esa es la lucha de nuestra ONG. El concepto es muy amplio, porque no solamente servían como abastecimiento de semillas y alimento, sino que allí sucedía algo que poco se conoce: el pulpero tenía una caja fuerte y cada peón le confiaba una bolsa con su nombre y sus ahorros. La pulpería retenía y administraba ese dinero para que los trabajadores pudieran tener, al menos, algunas cosas garantizadas. Fueron las primeras cajas de ahorro. También existía el juego: los naipes, la taba, las bochas; todo eso contribuía a reforzar los vínculos de los pobladores. No era solo un centro de abastecimiento sino un centro de sociabilidad. 

El pulpero era muy hábil, tenía gran sentido del comercio. Así como retenía los ahorros de los peones, también trababa relación con indios y soldados, que entonces eran enemigos. En la pulpería se producía un equilibrio único, una convivencia que puertas afuera no era posible. Por eso, cuando una pulpería se muere, se cierra, me invade una tristeza absoluta porque la vida que ha contenido ha sido fundamental, muy rica y poderosa. Se borra de un plumazo la huella de generaciones enteras, y eso no puede ser. Afortunadamente, hay muchas que aún están en pie y gozan de buena vida.

–Imagino una tristeza similar a la que pudo haber generado, en su momento, el abandono de los ferrocarriles.
–El cierre de los trenes significó para los pueblos un decreto de muerte absoluta; en especial, para las comunidades de menos de doscientos habitantes, que son las que elegimos nosotros para trabajar. No hay integración sin los ramales del tren. Asimismo, más cerca en el tiempo, la modernización del campo y la invasión de la soja volvieron a acometer contra los pequeños pueblos, porque ahora con un cuatrimotor y un par de personas el capataz trabaja un campo entero. La privatización del ferrocarril aisló a estos pueblos, y la modernización trajo pobreza a los trabajadores del campo.

–¿Esta situación ya terminó?
–Creo que el éxodo de los pueblos  terminó, o está en la recta final. La gente no se quiere alejar, se cansó de eso, y comienza a pensar cómo mejorar ahí mismo, cada uno en su sitio. Es una resistencia consciente y una fuerza que viene a reafirmar la identidad y la singularidad de cada pueblo. 

–¿Cómo se inmiscuye Proyecto Pulpería en esta búsqueda de los pueblos y su recuperación?
–Esa identidad común, que está intacta, es la génesis del trabajo que hacemos. Nuestro concepto es el de revalorizar los pueblos exaltando su singularidad, y ese rescate es posible a través de la cultura. En el arte viven las cosas únicas, y yo me encuentro con artistas de los pueblos, en potencia o con un trabajo ya desarrollado. Hay que pensar en tejer una red sin esperar beneficios económicos inmediatos. Es muy urbano eso de pensar todo en función del dinero; la gente de los pueblos vive las cosas de otra manera y esa es otra de las claves de esta revalorización. La reactivación económica se dará como una consecuencia lógica, pero hay que saber esperar. Los campesinos saben esperar mejor que la gente de la ciudad. Lo primero que ellos quieren es que la gente vaya a sus pueblos, a sus casas, que las personas de otras partes conozcan cómo viven; y nosotros, desde la ONG, alentamos esa forma de turismo, social, más integral y que no es solamente gastronómico. La clave está en entrelazar ese tejido que se ha roto, y esa reparación tiene que ser cultural.

–¿Cómo sintetizás, Leandro, esa distancia cultural que existe entre lo urbano y lo rural?
–Cuando empiezo el día abro Facebook, reviso el correo, los mensajes de texto, chequeo si tengo batería suficiente… todas cosas banales y pequeñoburguesas que hacen a nuestra vida urbana y te van generando dependencia. Lo veo en mis hijos: el consumismo de las ciudades pervierte la niñez, influye en sus relaciones amorosas y de todo tipo. Esas cosas no forman parte de la cultura rural. La falta de consumo masivo me parece algo muy rico. Internet nos ha dado la gran herramienta, pero pienso que el siglo XXI será regional. No hay desarrollo humano posible en la ciudad. Solo persiste una manera de vivir basada en la frivolidad, en relaciones superfluas. Por eso creo que en lo pequeño está el camino. La gente del campo no vive como una necesidad el estar conectada a Internet. Aún hablan oralmente. Es terrible tener que aclararlo, pero es así, la conversación mano a mano empieza a quedar anticuada. Nos cuesta comunicarnos.

–¿Cómo sigue Proyecto Pulpería?
–En cada campaña que hacemos, llevamos a un pueblo una biblioteca comunitaria. Es el espacio cultural que permitirá un crecimiento. Lo que quiere Pulpería es que esas bibliotecas se conviertan en escenarios de experiencias que enriquezcan a los pueblos, y que poco a poco se vaya dando el proceso de intercambio. Quisiéramos establecer un corredor cultural y un programa artístico que funcionen amén de cualquier intervención. Si logramos eso, nuestro proyecto estará cumplido.

El turismo social e integral 

Leandro propone que el turismo sea una actividad que permita pensar en las diferencias y que ayude a construir conciencia. “Lo veo como parte de una tendencia hacia lo pequeño, porque las ciudades están en un proceso de agotamiento. El turismo integral quiere que la persona se siente a tomar algo en la pulpería, que converse con los pobladores y permanezca en el pueblo aunque sea una noche. Hay que animarse a gozar con una charla, un atardecer, una copa de vino, y el escenario rural ofrece esas cosas. Lo simple es la joya que la gente busca cuando visita los pueblos. Yo creo que se trata de desconectarse para conectarse”.


La angustia del sol que cae 

Hace poco tiempo Leandro se quedó varado en el campo, a la hora del ocaso, con un fotógrafo que apenas conocía. Dice que es algo propio del ser urbano sentir zozobra en un momento así, porque no sabe sobrellevar el desamparo. Finalmente, ese anochecer terminaron tocando la guitarra en la casa de una familia que les ofreció hospedaje, totalmente distendidos. “Pienso que la vida rural es más rica, pero no deja de tener un costado difícil de tolerar para los que venimos de la ciudad”.

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