ENTREVISTA


La incomodidad despierta violencia


Por Ana Claudia Rodríguez.


“La incomodidad despierta violencia”

La última película de Damián Szifrón, Relatos salvajes, hizo poner de pie al auditorio en su estreno mundial. Así el director argentino volvía a confirmar su talento, enfocado esta vez en mostrar la violencia que late cada día en la sociedad de hoy.

Si alguien hubiera estado en la glamorosa ciudad de Cannes el pasado 17 de mayo, y por casualidad se hubiera asomado por el Théâtre Lumière, habría notado dos cosas excepcionales: primero, que el público del festival francés permanecía demasiado tiempo aplaudiendo el film que acababan de proyectar (hubo diez minutos de ovación). Y, segundo, que en las primeras filas de la sala se oía hablar castellano…  con acento argentino. Y es que entre los primeros asientos estaba el equipo de la película Relatos salvajes: estaban los actores Ricardo Darín, Érica Rivas, Oscar Martínez y Leonardo Sbaraglia, entre otros. Y estaba, sobre todo, emocionado y sonriente, su director, Damián Szifrón. 

Once años antes había empezado la carrera de este cineasta argentino. Y lo había hecho con éxito también, porque en 2003, con apenas 28 años, le llovieron los reconocimientos internacionales por su ópera prima, El fondo del mar, y por la serie televisiva Los simuladores. Para entonces Szifrón ya era Szifrón. Y solo dos años más tarde volvería a atrapar a la crítica y al público con su segundo largometraje, Tiempo de valientes, y, en 2006, con la serie Hermanos y detectives. 

Relatos salvajes parece correr la misma suerte. Antes de ver la luz ya fue bendecida por los hermanos Almodóvar, que produjeron la cinta, junto con la argentina K&S Films; más tarde, Sony Pictures Classics compró los derechos para su distribución en Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda; y ya ha sido descrita por la prensa especializada como “de gran estilo y belleza” o como “un hallazgo cinematográfico”. En la  Argentina se estrenará en agosto pero quienes la han visto coinciden en que será la película del año.  

Así que los próximos meses son previsibles: la imagen de Szifrón estará en todos lados. En las revistas, en la Web o en la televisión. Pero hoy, esta mañana de invierno, la figura del director se aproxima en carne y hueso. Aparece por los pasillos de un edificio elegante en pleno centro de Buenos Aires. Szifrón es alto y delgado, y viste de oscuro pero informal; por eso quizá resalta más su pelo color tigre, que se extiende también por la barba para enmarcarle la sonrisa.  

–¿Cuándo nació la idea de la película? 
–El disparador fue una imagen a partir de la que después surgió toda la historia. Yo estaba en un bar de pueblo –me gusta mucho trabajar en los bares– y de repente en una mesa vi a un intendente que analizaba fotos suyas junto a su asistente. Le pedía que le corrigiera defectos con el Photoshop. Una arruga, una verruga… De pronto vino la moza y él la empezó a tratar muy mal. Esa fue la primera imagen. A la noche me fui a dormir y apareció más información sobre el relato: quién era la chica, por qué estaba allí. Y luego, claro, empecé a añadir más cosas ya despierto. Para mí la fantasía siempre está a mitad de camino entre la realidad y el sueño. 

–Muchos elementos provienen de tus sueños. Cuando te despertás, ¿escribís todo enseguida? 
–Sí, tengo un grabadorcito en la mesita de luz y un anotador. 

–Dicen que siempre tenés el bloc... 
–(Risas). Es real, sí. Es decir, me gusta escribir de noche y en un contexto agradable, de placer. Así genero mejores ideas, escribo e imagino mejor. 

–¿No se escribe mejor atormentado?  
–Bueno, a mí no me pasa eso. Obviamente, la angustia es un motor que despierta esa necesidad de procesar y exorcizar las preocupaciones. Te dispara la imaginación. Pero, luego, para escribir necesito estar relajado. 

–¿Y vos qué exorcizás con el film?
–Creo que el nuestro es un sistema que no está diseñado para mejorar nuestras vidas; al contrario, en la mayoría de los casos nos quita más de lo que nos da. Y eso genera incomodidad, violencia, angustia, frustración y muchas exigencias. Exigencias como tener dinero, casarse… pero también pequeños condicionamientos, más simples, que no tenemos capacidad de cuestionarnos. El uso del despertador, por ejemplo. En el mundo moderno todos empezamos nuestro día interrumpiendo nuestro sueño con un pi-pi-pi. ¿Por qué no concebir una sociedad en la que todos se despierten cuando quieran y hagan lo que quieran?

–Eso se ve claramente en tu última película: el sistema ahoga. ¿La raíz de la violencia está solo en el sistema? 
–Creo que existe cierta violencia inherente al hombre, pero que hay determinados contextos que pueden atenuarla. Cuando al ser humano lo molestan, emerge toda la agresividad, como le pasa a Hulk (risas). Te lo explico así: a mí no me gusta matar animales. No me compraría un rifle para cazar un ciervo. Ahora, cuando hay un mosquito que me molesta y logro matarlo, disfruto tanto de esa pequeña venganza, siento tanto placer de verlo reventado contra la pared… ¿Por qué? Porque me molestó. Para mí el ser humano es bárbaro, pero no lo incomodes porque eso generará una violencia que no sabés por dónde va a disparar.

–Volviendo a las restricciones del sistema, ¿vos usás despertador?
–Durante el rodaje, sí, pero en los meses que escribo, no. Bueno, ahora sí porque llevo a mi hija de 5 años al Jardín. Lo hago con mucha alegría porque me encanta verla a esa hora, pero me doy cuenta de lo molesto que es despertarse para ir a la escuela. 

–¿Y vos cómo lograste poder vivir sin despertador, o sea, poder gestionarte el tiempo según tu voluntad?  
–No fue siempre así. Hoy estoy agradecido porque lo que hago me reconecta con la parte más pura de la infancia: mi vida es despertarme y jugar, como lo hacía de niño con los Playmovil. Para mí, de chicos, todos somos grandes directores; lo veo en mi hija, por ejemplo, a la que oigo jugar horas y horas. ¡Cuánta belleza y sofisticación hay en ese juego! Pero no: eso hay que interrumpirlo para que en un aula les expliquen que la letra a se escribe así… 

–Y vos, ¿cómo conseguiste liberarte de los límites que te inculcaron?
–Me parece que gracias a la imaginación y a la actividad. Y también porque fui comprendiendo a nivel intuitivo que la libertad pasa por desaprender todas las cosas que te condicionan. Los traumas, las angustias, los límites…

–El éxito, ¿te presiona o te impulsa? 
–Más que limitarme, ese éxito lo que hace es empujarme, en el buen sentido. Vas ganando confianza, te hacés más consciente de ciertas herramientas, que usás con más libertad. Y, a la vez, tenés ganas de explorar nuevos caminos. Eso sí, hay dos cosas que no hago: una, tratar de repetir algo que funcionó por el solo hecho de que funcionó. O sea, no le tengo miedo a que algo no guste. Le tengo más miedo a no ser genuino a la hora de escribir, o a no darle lugar a lo que en ese momento me dice mi imaginación. Y tampoco dejo de hacer algo porque se repita, es decir, no tengo tampoco la presión de hacer cosas nuevas todo el tiempo. En ese sentido, siento que soy cada vez más libre a la hora de escribir. 

–Recibiste propuestas de las empresas más potentes de la industria del cine, Warner, Universal, Paramount… ¿No te da vértigo?
–No, lo que me da es mucha alegría. Antes ya había recibido algún tipo de propuesta, pero después de Cannes se abrieron muchísimas, muchísimas otras puertas.

–¿Y te planteás trabajar en los Estados Unidos, Damián?
–Acaba de nacer mi segunda hija [su esposa es la actriz argentina María Marull], así que no es momento para irme a otro país. Además, no sé si me tienta mucho filmar mis películas ahí. Sí puedo decirte que lo que más me atrae de los ofrecimientos que estoy recibiendo es la posibilidad de escribir guiones para directores de otros países y quizá producir películas para directores estadounidenses que admiro. 

–Tus proyectos siguientes parecen ser la filmación de La pareja perfecta, una comedia romántica no tradicional. 
–En realidad, no sé. Hay muchas opciones. Y, básicamente, tengo un estado de confusión muy agradable que no me voy a apurar para resolver. 

–¿Cómo fueron esos diez minutos en los que todos aplaudían el film? 
–No sabía qué hacer. Fue muy espectacular. Agradecía, agradecía, agradecía. Al principio fue muy emocionante y luego parecía que la cosa no terminaba más y que teníamos que bailar o hacer algo para responder todo ese caudal de aprobación y afecto (risas). Fue lindo, fue muy lindo. 

Nacer con Superman

El primer recuerdo de Szifrón está en-marcado por una pantalla de cine: proviene del porteño cine Ocean de la calle Lavalle. El pequeño Damián tenía 4 años, y el protagonista del film era Superman, a quien inmortalizó en su memoria cuando aterrizaba, vestido de azul, en el balcón de su amada. Eso lo contó Damián en el minuto 25 de la charla. En el minuto 31, confesó que le incomodan hasta los límites en los cuadernos: mostró, en las hojas lisas de un Rivadavia amarillo, los garabatos en birome, que son dibujos y letras desiguales. También contó que su padre, Berardo, fue un gran amante del cine y que su apellido, Szifrón, proviene de Polonia aunque él todavía nunca estuvo allí. En el minuto 44 demostró cuánto le interesa la astrología y más tarde pronunció dos palabras para revelar su película favorita: El Padrino.

Historias en una montaña rusa emocional 

Al final fueron seis historias, pero para llegar hasta la versión final, Damián Szifrón tuvo que elegir, recortar y condensar mucho material. Después de rodar en Buenos Aires, Cafayate, Salta y Jujuy, las ideas se convirtieron en dos horas de “montaña rusa emocional” donde se muestran episodios de violencia física o psicológica a un ritmo trepidante. Relatos salvajes narra las vicisitudes de un ingeniero experto en demoliciones, la experiencia de una cocinera en un parador de carretera, un casamiento catastrófico, una negociación deshonesta, una pugna en la ruta y una venganza en un avión. Una mezcla explosiva de movimiento, humor y tensión.


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