ENTREVISTA


El inventor de sueños


Por Aníbal Vattuone.


El inventor de sueños
Con su más reciente película, el director Juan Pablo Buscarini apela a volver a la infancia. El rosarino repasa los entretelones de una producción que ya es un éxito mundial y que nada tiene que envidiarle a Hollywood.

El cielo plomizo se ve tras el árbol seco que se asoma por la ventana. Encima, unas gotas acompañan la jornada. Aquí, en las oficinas porteñas de Pampa Film, la sala de espera parece haber tenido una regresión a un colegio aristocrático: viejos y pesados libros se acomodan en una biblioteca y otros elementos nos trasladan a la Escuela Possum, parte neurálgica de El inventor de juegos, película que se estrenó hace un mes en más de mil salas de Latinoamérica simultáneamente –un hecho sin precedentes–, con un éxito arrollador: en su primera semana de exhibición reunió a más de 500.000 espectadores. 

Esta adaptación de la popular novela infanto-juvenil de Pablo de Santis está dirigida por el rosarino Juan Pablo Buscarini (Cóndor Crux, El Ratón Pérez y El arca, entre otros títulos), que se dio el gustazo de estar al frente de actores mundialmente reconocidos, como Joseph Fiennes (Shakespeare apasionado), David Mazouz (el niño protagonista de la serie televisiva Touch), Megan Charpentier (Mama y Resident Evil) y Ed Asner (aquí no hace falta ningún paréntesis). 

Sentado en un sofá, Buscarini cuenta detalles y recuerdos, impresiones y semblanzas de la emoción que le provoca esta nueva aventura: el estreno internacional, la coproducción extranjera, el rigor artístico, el reparto bilingüe de excelencia... El director habla e inventa. Como su criatura. Acaso, él también sea un inventor, pero de sueños.

–¿Se cumplieron las expectativas con El inventor de juegos?
–Sí, y desde antes que se estrenara. Por ejemplo, cuando nos garantizaron ir al Festival Internacional de Toronto (TIFF). El cine infantil no tiene como finalidad recorrer el circuito de los festivales: yo quiero que le guste a la gente. No obstante, sí consideraría este film a ese nivel, por cómo fue realizado, por la coproducción con Italia y Canadá… Podríamos haberla hecho con un esquema más “iberoamericano”, pero no. Así que bienvenido sea el viaje a Canadá, programado para el mes de septiembre.

–Fue impactante el hecho de que se estrenara en mil salas en simultáneo. ¿Alguna vez había ocurrido?
–No, nunca. Lo que pasa es que esta película fue diseñada en función de que eso pudiera suceder. Teníamos que arriesgarnos. Desde el inicio, tratamos de mostrar, en cierta manera, el mismo patrón de distribución que usa Disney: estreno global el mismo día, campañas mundiales, comunicación “fuerte”…

–¿Qué fue lo que tanto te atrapó de la historia original del libro de De Santis?
–Él es un gran escritor; no casualmente ganó el Premio Planeta-Casa de América. Mayormente, escribe para adultos. Es muy visual, muy inteligente. Como uno siempre está buscando historias, me sorprendió leer una reseña de una revista literaria que decía que había hecho un libro para chicos. Fue instantáneo mi pensamiento: “Acá hay una película bárbara… e inmensa: el periplo, la aventura, los cambios de escenario”. La proyecté en la primera lectura: tenía un buen título, hablaba del mundo de los juegos, es De Santis … 

–Cerró el combo.
–La idea era crear una película familiar. Me gustaba el dilema moral, lo que representa Morodian (N. de la R.: el villano que encarna Fiennes), la crítica a esta sociedad del “más plata tenés, más cartas podés comprar”… Y no caemos en la fantasía por la fantasía misma, o sea, en el “todo vale”, en que cualquiera se transforma o en universos donde no hay reglas... El inventor de juegos tiene una gran imaginación, pero, físicamente, todo se puede hacer.

–¿Hay algún detalle en especial del largometraje que te haya causado mucho placer filmar?
–A veces, el tema del placer tiene que ver con los temores. Hay dos escenas: una es la búsqueda del tesoro. No fue fácil, ya que había que filmar a treinta chicos –¡y que te hicieran caso!– en dos sitios distintos, con semanas de diferencia. Pero quedó lograda. Después, a nivel actoral, me gustó cuando el abuelo cuenta la historia de la familia. Eran siete páginas de guión y, para una película infantil, podía ser un poco densa. Pero Mazous y Asner son muy buenos actores. Después, disfruté mucho un plano secuencia de dos minutos de cuando se muestra la fábrica.

–Juan Pablo, uno mira la película y no parece estar hecha en la Argentina. ¿Cómo se explica eso?
–Parto de una novela que no se sitúa ni en nuestro país, ni intenta dar la impresión de ser Nueva York. Hay como un realismo mágico en el que tenés que explorar un mundo imaginativo. Todo nos parece cercano. La película es atemporal y sus personajes son un poco shakespearianos. El “no parece de acá” –ese padecer del cine argentino de que “las extranjeras se ven distintas”– es el resultante de una voluntad artística, de haber armado una coproducción con un italiano, un canadiense, y contar con el director de fotografía que hizo Orgullo y prejuicio. 

Su forma de fotografiar se distancia de la paleta de los fotógrafos argentinos y se acerca a lo que estamos acostumbrados por parte de los ingleses. El diseño de producción es de un italiano que fue escenógrafo en Hugo y Pandillas de Nueva York. Cuando hay un tope de presupuesto, elegís filmar dentro de una cierta logística de conveniencia. Nosotros nos alejamos de eso. Éramos un ejército trashumante de más de cien personas moviéndonos por locaciones en Banfield, Pilar, Martín Coronado… Salimos de la comodidad. Nos pusimos un estándar de película alto.

–Juan Pablo, ¿podemos acercarnos a trabajar al estilo Hollywood?
–Este film está hecho a un nivel de escala mayor pero, a la vez, está fuera de lo que se hace allá. Pongo un ejemplo: ellos no irían a filmar a la República de los Niños de La Plata… ¡directamente construyen una! (N. de la R.: fue una de las locaciones que se utilizaron). Ahí está la diferencia. 

–De Cóndor Crux para acá, ¿en qué  sentís que evolucionaste? 
–En quedar muy satisfecho entre el deseo de hacer y lo que terminás haciendo. Cuando dirigís, imaginás una cosa, pero después llegás al set…

–Y hay otra realidad…
–La realidad te desborda. Lo que hay que entender es que estas películas requieren una planificación. Pero si todo marcha sobre ruedas en lo que imaginaste, el storyboard que hiciste y, además, contás con un buen equipo técnico, las consecuencias son iguales o mejores, ya que, a veces y aunque no lo creamos, ¡las cosas crecen!

–La última:?¿se puede llegar a lograr, fronteras adentro, un fenómeno similar al de las sagas de Harry Potter?
–Sería como una exageración ideológica. A lo que sí aspiro es a que esta película inaugure un ejemplo de lo que podemos llamar “industria cultural”. Nosotros recibimos continuamente contenido del exterior, pero para chicos locales hay muy poco. La Argentina da pelea en ese campo: tenemos a un De Santis que escribe una novela en su casa de Caballito, que se la publica una editorial prestigiosa, y que le gusta tanto al público que, justo este año, cumplió diez años de long seller. O sea, no solo vende todos los años la misma cantidad de ejemplares, sino que lo piden en las escuelas casi como lectura obligatoria. En quince provincias recomiendan El inventor de juegos en su currícula. Y ese fenómeno llega a las manos de un director argentino. Si me seguís hasta ahí, es tal cual el molde de Harry Potter. No es la escala, ya que para mí hablar de la creación de J.K. Rowling es megalómano, pero sí comenzamos a recorrer una senda de la industria cultural. No es poco.

La película

El inventor de juegos narra la vida de un niño y su increíble –y genética– capacidad para desarrollar juegos. La película tuvo un complejo proceso de posproducción compartido entre la Argentina, Europa y Canadá. Rodado en 3D (estereoscópico) y según los más altos estándares mundiales, cuenta con la participación de los argentinos Alejandro Awada y Vando Villamil. “Fueron once semanas de rodaje: dos y media demandó la construcción de decorados, y nueve lo relacionado con las locaciones y los escenarios”, detalla Buscarini.

Quién es Juan Pablo Buscarini 

Director y guionista, nació en Rosario (1962) y completó su formación en el extranjero. Estudió en Londres, en la Universidad de Middlesex, donde se graduó con un Master of Arts en Image Synthesis and Computer Animation. Después de trabajar en Francia y España, regresó a la Argentina. Entre 1994 y 1997, participó en la realización de más de ochenta publicidades en la Argentina y Latinoamérica. Se incorporó a Patagonik Film Group y en 2000 produjo y codirigió la película Cóndor Crux (premio Cóndor de Plata a Mejor Película de Animación). Tuvo a su cargo la producción ejecutiva de Dibu 3: La gran aventura, Bandana: Vivir intentando, Patoruzito y Peligrosa obsesión, y los efectos visuales de La puta y la ballena, de Luis Puenzo. En 2006 fundó Pampa Films (actualmente es CEO), donde produjo La señal, La leyenda y Un cuento chino.

Las estrellas, bajo su mando 

“Como productor, tuve la experiencia de lidiar con sets conflictivos,lo que me hizo forjar un filtro previo de actores para seleccionar… Cuando iba a citar a uno, hablé con un par de personas, y me dijeron: ‘Un loco, olvidate’. La clave es generar un buenclima”, desliza Buscarini. “Todos los actores extranjeros se comportaron muy profesionalmente, y los nuestros manejaban bien el inglés, así que tampoco hubo inconvenientes. Lo difícil fue la limitación de seis horas diarias para filmar con los chicos. Hay que armar una logística que parece un juego de ajedrez. Hay dobles, pero sirven para planos lejanos. No elegí a los actores tanto por quiénes eran, si no por el physique du role”.


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