ENTREVISTA


“Hay que salir de la queja”


Por Ana Claudia Rodríguez.


“Hay que salir de la queja” 

Catalina Hornos cambió su vida acomodada para ayudar a los necesitados. En Añatuya, Santiago del Estero, aprendió a mirar la pobreza de otro modo y construyó seis centros que luchan contra la desnutrición infantil y la escasez. La fundación que dirige, Haciendo Camino, ya sacó del hambre a más de seis mil niños. 

Cuando una joven de 22 años cambia su barrio porteño por un pueblo chico y carenciado de Santiago del Estero, no es de extrañar que algunos días termine llorando en su habitación. Más aún si en Buenos Aires deja una vida acomodada. Por eso no es raro que Catalina Hornos llorase mucho en sus primeros tiempos en Añatuya. Era el único modo de encajar en su nueva realidad: un entorno de carestía y lejos de los suyos. Pero ahora, ocho años después, el recuerdo de ese 2006 parece muy lejano. Sobre todo porque, desde entonces, Catalina logró levantar seis centros para el cuidado infantil y la lucha contra la pobreza (en Añatuya, Santiago del Estero capital, Montequemado, Colonia Dora, Herrara y Suncho Corral). Allí atiende a más seiscientos chicos y quinientas madres, junto a un centenar de voluntarios y más de sesenta trabajadores, entre psicopedagogos, nutricionistas, asistentes sociales o enfermeros. Y aunque parezca mentira, todo lo que ocurre en esos centros pasa por la supervisión de esta joven porteña de 30 años.

“Todo empezó un fin de semana de 2005 cuando fui a Añatuya, una población de 30.000 habitantes en Santiago del Estero –dice Catalina–. Fui a hacer unas prácticas en una escuela rural y recuerdo que la directora me dijo un día: “Nosotros necesitamos gente que se quede acá. Con un fin de semana no alcanza”. En ese momento Catalina prometió volver, y así lo hizo unos meses después, cuando terminó la carrera de Psicopedagogía que estudiaba en Buenos Aires. Cuando evoca el día de su partida, Catalina recuerda a su padre hecho un mar de lágrimas despidiéndola desde la estación de Retiro. Y a ella subiendo al ómnibus junto a su madre y una de sus hermanas, y con ganas de cumplir su deseo de trabajar en una escuela rural. Nada le habría hecho imaginar que cinco meses después estaría recolectando dinero para evitar el cierre de un hogar de niños en la provincia norteña. Ni que, poco a poco, iría construyendo allí una organización para combatir la escasez. 

–¿Qué fue lo que más te impactó cuando llegaste a Añatuya? 
–Las carencias que veía, la enfermedad, la falta de educación, de agua potable, de comida. La falta de posibilidades. Recuerdo a aquella familia que por la mañana enviaba a un hijo a la escuela y por la tarde al otro, porque los niños compartían las zapatillas. O la chica de unos 20 años que, después de una clase, me confesó llorando que hacía una semana que no comía. Sus hermanitos se alimentaban una vez por día, en la escuela, pero en su casa solo tenían plata para comprar yerba mate, que reservaban para la madre porque estaba embarazada. Un horror. En ese momento tomé conciencia de que hay gente que realmente no come. Uno tiende a pensar que comen poco o se alimentan mal. Pero no. Esa chica no había probado bocado en una semana.  

–Desde que te fuiste no volviste a vivir en Buenos Aires: seguís en Añatuya. Cuando venís de visita o por trabajo a Buenos Aires, ¿con qué óptica observás la ciudad? 
–Recuerdo el primer viaje que hice a Buenos Aires, solo dos meses después de vivir en Añatuya. Iba en el colectivo y, cuando llegaba, veía los edificios, los autos, y pensaba: “Es increíble, pasaron solo doce horas y me parece estar en otro mundo”. Pero es el mismo país; izamos la misma bandera en la Casa Rosada o en una escuelita de Añatuya. Es increíble. Cuando llegué a mi casa no quería que prendieran las luces y les decía a todos: “Bañate rápido” (risas). Claro, empecé a valorar más las cosas. Si me juntaba con mis amigas, ellas hablaban del boliche, del maquillaje, de la ropa… y yo pensaba: “¡Pero qué superficiales! ¡Que alguien hable de algo importante!”. Ya no me sentía parte de esa realidad. Hasta que empecé a darme cuenta de que no está mal su actitud ni lo que tienen. Lo que está mal es que los otros no tengan ni para comer. 

–¿Es posible que todo el mundo tenga?
–Como dice siempre Abel Albino, el creador de la fundación CONIN, lo que hay que hacer es igualar para arriba, no para abajo.

Intolerancia y frustración

En el quinto piso de un edificio porteño en el Microcentro, hay un cartel grande que dice “Haciendo Camino”. Es el nombre de la ONG que Catalina Hornos fundó para gestionar su trabajo. Ahora se abre la puerta y del otro lado aparecen dos niñas pequeñas. Son Abigail y Wanda, que entran de nuevo corriendo mientras gritan: “Es para la seño”. Más tarde posarán para las fotos de este reportaje y, en pocos días, estarán en su casa de Añatuya junto a Catalina. Y es que, además de los seis centros que dirige y el refugio donde se hace cargo de diecinueve chicos judicializados (ella es su tutora), la joven convive con las dos niñas, a las que trata como si fueran sus hijas.

Sentada en su despacho, “La Caty” –como la llaman allá– dice que ya tiene ganas de volver a Santiago del Estero. Sobre todo, después del revuelo que causó su aparición en la tele hace unos días. “Voy por la calle y la gente me saluda. Entro en un negocio y me reconocen (risas). Llevamos cinco días contestando los mensajes entre siete personas. Nos quedan dos mil quinientos mails… y los que siguen entrando. Es mucho trabajo, pero quiero responderles a todos de forma particular. Veré si me hago un tiempito ahora que llegan las vacaciones”. Catalina lanza de nuevo una carcajada. Su risa es multiuso: sirve, naturalmente, para celebrar una ocurrencia, pero también para desdramatizar la miseria o para burlarse de sí misma. Es una risa fresca, desenfadada, que va irrumpiendo en un discurso donde las palabras corren.  

–Tu padre es juez y tu madre traductora. ¿De dónde te vino la vocación?
–Creo que saqué cosas de los dos. Fijate que me paso muchas mañanas en los tribunales porque me encargo de los casos de abuso o de violencia que hay en el centro. Así que, de alguna manera, terminé haciendo lo mismo que mi familia. El otro día, le decía a mi mamá: “Al final yo también estoy todo el tiempo traduciendo: las necesidades de uno las llevo al otro lado”. Soy el vocero de otra realidad, de la gente que no tiene voz. 

–Decías en otra ocasión que trabajás para la justicia, para darles a otros las oportunidades que vos tuviste.
–Con el tiempo he entendido que hay cosas que no voy a poder cambiar: lo que sufrieron las personas de chicas, lo que vivieron, lo que les faltó. No creo que nadie vaya a cambiar el mundo. Pero si cada uno se compromete a hacer lo que le toca, la realidad sería distinta. Se podría aliviar un poco el dolor de las personas. Hay que salir de la queja permanente y poner toda esa energía en acción y en proyectos concretos.

–Parece que existe un vínculo entre la carencia afectiva de esos chicos y la carencia económica.
–Totalmente. Creo que en estos ámbitos la gente está muy pendiente de cubrir las necesidades básicas de sus hijos, pero no las necesidades afectivas. Quizá porque a ellos mismos les pasó igual: nunca nadie les habló, nadie les preguntó cómo estaban. Y ahora no se animan a decirles nada a sus propios hijos. Por eso, en las familias no hay diálogo, no hay confianza. A la vez, se ve la frustración del padre que no tiene trabajo, que no tiene para comer, y cómo eso provoca que pierda más rápido la paciencia. En general, nos pasa a todos: la frustración nos vuelve intolerantes.  

–Trabajás mucho en comunidades rurales. ¿Se refleja allí el concepto de que en el campo todo transcurre con armonía? 
–He visto que falta mucho la palabra, y en la pareja también: la mujer no se anima a decirle cosas al marido, los hombres no tienen amigos con quienes hablar. Y todos se guardan los sentimientos… Las cifras de alcoholismo son muy altas y también las de violencia de género. El 95% de las mujeres que vienen a nuestros centros han reconocido sufrir violencia. 

–¿Qué diferencias existen entre la pobreza de las grandes ciudades y las del entorno rural?
–Son totalmente distintas. En una ciudad la pobreza está ligada al hacinamiento, a las drogas y a la violencia. Hay, además, mucho resentimiento porque en las villas la gente tiene mucho contacto con lo que, precisamente, no tiene. Pero, a la vez, tienen la ventaja de poder salir de esa situación de carestía porque hay muchas más posibilidades que en el campo. Deberán esforzarse muchísimo, sin duda, pero hay un hospital o una universidad o una casa de estudios cerca. En lugares rurales o semirrurales, en cambio, existen muy pocas oportunidades de desarrollo. No hay trabajo, no hay un buen sistema de salud, y, por eso, las dificultades son mayores.

–¿Qué actividades realizan desde la ONG Haciendo Camino para revertir esta situación? 
–Nosotros trabajamos para mejorar la calidad de vida de los niños y de las familias que están en situación de vulnerabilidad. Nuestros ejes de trabajo son la prevención de la desnutrición infantil, la promoción humana y la educación integral. Así las personas pueden enfrentar no solo su presente más inmediato, sino también el futuro. En concreto, actuamos a través de varios programas: uno de ellos, por ejemplo, busca recuperar nutricionalmente al chico, que recibe tratamiento con pediatra, nutricionista y estimulador temprano. Pero también nos ocupamos de formar a la madre para evitar que su hijo vuelva a debilitarse. Por otro lado, a las mujeres las acompañamos con una asistente social y les ofrecemos talleres en educación para la salud y talleres de oficios, como costura, tejido, peluquería o cocina. 

Después de dar números y detalles acerca de la gestión (por ejemplo, que durante estos años se atendió a más de seis mil niños), al final de la entrevista Catalina contará que a su nueva realidad se fue acostumbrando “poquito a poco”. Y que en estos años aprendió muchas cosas; entre ellas, que todas las personas son buenas en esencia (“No es que una persona sea mala, es que está siendo mala por alguna razón. Pero quizá podemos lograr que cambie”). Ahora, según dice, es feliz en Añatuya y, por el momento, no piensa volver a Buenos Aires.  “Si me preguntás cuál es mi sueño, te respondo que a mí me encantaría casarme, tener hijos, y que mis hijos y mi familia viviesen en un hogar junto con otros chicos. Que mi familia se transformara en familia para los que no tienen. Ese sería mi sueño”.

Más información:
www.haciendocamino.org.ar
contacto@haciendocamino.org.ar


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