ENTREVISTA


Elijo desafiar mis propios límites


Por Guadalupe Treibel.


“Elijo desafiar mis propios límites” 
Gira con Los locos Grimaldi, estreno de El secreto de la vida, grabaciones de su programa de tevé y éxito continuado de La Casa de Bernarda Alba; ese es el presente de José María Muscari.   

Cuando de su mundo poético se trata, los calificativos brotan a borbotones: audaz, kitsch, irreverente, desbordado, heterogéneo, desprejuiciado… Alcanza con recorrer la hoja de ruta de José María Muscari –autor, director, actor– para corroborar que tener sello propio no significa clasificarse, para comprender que el eclecticismo en producción es una forma de coherencia, de ensayo y error, de riesgo, al acompañarse la búsqueda de marcas personales. Marcas/sellos como la capacidad de aunar talentos disímiles o moverse –como pez en el agua– entre salas comerciales y centros culturales, radio, tevé y teatros del off. “Los contextos me parecen anécdotas”, asegura el hombre cuya obra entera, de tan numerosa, parece inabarcable. Hacedor de pequeñas maravillas, como Fetiche, Electra Shock, Catch, Fuego entre mujeres, Shangay, Auténtico o Escoria, y de éxitos sostenidos, como su versión del clásico de Federico García Lorca La casa de Bernarda Alba, Muscari es un animal de teatro que se entrega de pies a cabeza al deseo de renovar y ampliar constantemente las formas del decir y hacer artístico. Por eso, en otro día de mil ocupaciones, y frente al estreno de su nueva pieza, El secreto de la vida, adelanta lo que será y repasa lo que fue. Y lo que, por supuesto, sigue siendo. 

–¿De qué trata El secreto de la vida? 
–Es una comedia dramática, una obra con mucha intensidad. Se centra en una pareja con algunas imperfecciones: ella es una pintora alcohólica; él, un psiquiatra adicto a la marihuana. Invitan a sus tres hijos a una reunión familiar porque la madre quiere hablar con todos. El argumento de la pieza es el encuentro, donde ciertos eventos hacen que todos muestren lo mejor y lo peor de sí mismos. Con una característica muy atractiva: el humor; negro, doloroso. Estoy muy entusiasmado; hace mucho que la vengo trabajando. En este momento, tiene todas mis emociones tomadas. 

–Te jactás de prestar particular atención al armado de los elencos, donde solés convocar a artistas disímiles. 
–Presto atención a elegir bien el elenco y, además, a trabajar mucho con él, en tanto suele ser ecléctico y no fluye naturalmente sino todo lo contrario: es gente de diferente formación. En este caso particular, si bien Cecilia Rossetto tiene una carrera internacional con espectáculos propios y musicales, creo que es la primera vez que hace teatro comercial en la Argentina como protagonista de una obra en prosa. Estoy feliz y muy confiado porque, más allá de que sea o no un éxito, me gusta lo que estamos haciendo y me presenta un vértigo al ser una obra realista, código por el que nunca antes transité, que me coloca en otro lugar. 

–Por donde sí transitaste antes, y volvés a hacerlo, es por el universo de las familias ¿A qué se debe? 
–Lo he hecho, sí, pero eran familias sin hombres. En esta oportunidad, los hombres no están por ausencia sino en presencia. Esto es otra cosa. Le pongo tanto compromiso y pasión a lo que hago que me aburriría mucho repetirme. De hecho, después del éxito de La casa… no me habría costado nada hacer un clásico. Es más: me los ofrecieron; incluso otros textos de Lorca. Pero, aunque la experiencia estuvo bárbara  –y lo sigue estando, en tanto la gente la sigue eligiendo–, mi energía creativa necesita renovarse, reciclarse, apostar a nuevos desafíos.  

–¿Cómo trabajaste la adaptación del texto original de La casa...?    
–Con una visión escénica muy particular, que incluye, por ejemplo, música del compositor británico Michael Nyman. Básicamente, acerqué el material a nuestro cotidiano: no porque el espectáculo tenga resonancia con nuestro presente, sino en cuanto al tratamiento del lenguaje. No está la historia sociopolítica de España porque, como espectador, me distancia mucho cuando todo el contexto de una pieza –desde el lenguaje hasta la historia– dicen de otra manera. 

–La casa... no fue nominada a ningún premio ACE, y vos mismo jamás fuiste ternado. ¿Por qué?  
–No quiero que se arme bulla con el tema. No me siento ofendido ni mucho menos, aunque sí me resulta extraño que nunca me hayan invitado siquiera a la ceremonia en tanto personalidad del teatro. Lo que espero es que no se les ocurra hacerle un homenaje a Norma Pons porque ella decía que el homenaje al actor era reparar en su trabajo. Si por la razón que sea no fue tenida en cuenta ni este año ni el anterior, sentiría que se usufructúa con una ausencia, y eso no me produciría ninguna alegría.      

–Los premios no te quitan el sueño…
–Obviamente, me encanta que me los den, estar nominado. Mentiría si digo que me da lo mismo. Y ni siquiera hablo de mi trabajo. En?La casa..., el trabajo de Adriana Aizemberg es superlativo; Florencia Torrente es una revelación. Ni qué hablar de lo que hacía Norma en el escenario… Son opiniones personales; no soy jurado.  

–En tu blog mencionás que fue un año difícil. ¿Cómo lidiás con la pérdida de Norma? 
–Su muerte fue muy dura para mí. Era una amiga a la que quería mucho y fue la única actriz a la que sentí como mi musa. Norma completaba mi obra; yo podía pensar piezas enteras para ella, algo que no me pasa con nadie. 

–De hecho, contaste que si ella no aceptaba interpretar a Bernarda, no ibas a continuar con el proyecto… 
–Sí, tal cual. Yo ya estaba buscando una comedia para ella, porque quería que se renovara, que probara algo distinto, que fuera una primera comediante. La verdad es que me pegó duro porque –si bien era una persona grande, con la salud desgastada– no me imaginé que le iba a pasar en un momento de tanta plenitud. Pero mejor que haya sido así, y no en la decadencia, en la curva del ocaso de la vida. 

–Además de la gira con Los Locos Grimaldi, tener La casa… en cartel y ensayar El secreto…, continúas con las grabaciones de Muy Muscari, el programa de tevé donde entrevistás a dos personajes antagónicos…  
–Me encanta tener un programa de corte personal en la televisión de hoy, algo que no abunda. Es un lujo tener una idea propia, que un canal la acepte y potencie, que vaya por su tercera temporada y que haya ganado el Martín Fierro. Todo eso no es anecdótico, y a mí me contenta. Por otra parte, me gusta mucho lo que le pasa a la gente con el programa, que se haya vuelto tan de culto y lo miren desde actores hasta políticos. Además, me corre del lugar de protagonista, en tanto el protagonista es el invitado y yo solo escucho/pregunto. El concepto es muy mío: juntar a dos personas que nunca se reunirían y que no tienen intención de conocerse. Muy Muscari derriba prejuicios; permite redescubrir personajes a través de una tertulia moderna que recupera el fenómeno de la charla.   

–Contrariamente a lo que podría pensarse, tenés un buen feedback con el público conformado por gente mayor.
–Es peculiar ese enganche que tiene la gente grande conmigo. Me encanta. Porque muchas veces fui tildado de transgresor, de rupturista. La vanguardia de verdad es para todo el mundo, no para un determinado sector. Les pega a todos.

–Transitás cada espacio armónicamente. Pasás de las propuestas comerciales a las independientes con fluidez… 
–Bueno, mientras bailaba en Showmatch, hacía Auténtico, una obra a la gorra… Puedo transitar los espacios sin problema porque tengo claro quién soy, independientemente del contexto que habito. No me condiciono por ir a Showmatch ni me siento más profundo porque dirijo Lorca. Mi particularidad está presente en el lugar en el que esté; los contextos me parecen anécdotas. Puedo, por ejemplo, hacer una entrevista intelectual con revista Gente y una frívola con Osvaldo Quiroga. Creo que en la medida en que no tengo prejuicios, logro que mucha gente deje de tenerlos conmigo. 

–Habiéndote movido por circuitos diferentes, ¿hay algún sitio o proyecto que tengas como deseo incluso? 
–No, voy haciendo lo que tengo ganas en el momento que tengo ganas. Sí poseo ciertos ordenadores, como no repetirme, por más que pudiera usufructuar un formato que funcionó. Elijo desafiar mis propios límites. Tampoco superpongo momentos creativos, porque cuando ese compartimento se abre, toda mi energía está ahí.  

–Otro de los núcleos temáticos que se repiten en algunas de las obras que actuaste o protagonizaste está vinculado a la privacidad. En la obra Crudo, de la genial Mariela Asensio, exhibías fragmentos de tu vida privada, te entregabas de lleno… 
–Disfruté mucho hacer Crudo, en especial porque no es una obra mía sino una obra de Mariela sobre mí. Esa mirada impiadosa sobre mi humor, mi soledad, mi familia y mi vínculo con mi propio cuerpo volvía todo más atractivo. Con Mariela somos amigos de toda la vida: la amo. Y tengo una gran admiración por ella. En primer lugar, como persona, porque es muy coherente, tiene un discurso conceptual cimentado en la acción y el compromiso. Luego, porque me gusta mucho cómo piensa el teatro. Tenemos mundos poéticos diferentes, pero soy un gran admirador de su obra. 

–Volviendo al tema de la privacidad, sos un activo usuario de redes sociales. ¿Cuál dirías que es el límite a la hora de compartir tu día a día? 
–Tengo una división muy clara entre la intimidad y lo cotidiano. Si bien expongo mucho mi cotidiano, mi intimidad no la conoce nadie. Una cosa es mostrar una foto de mi desayuno; otra muy distinta es compartir qué estoy pensando en ese momento. Es un límite que está bueno tener en claro, en especial para la televisión. En tanto “personaje mediático”, me permite darle al aparato lo que el aparato requiere, sin frustrarme ni arrepentirme. Por otra parte, tengo una ley fundamental, que es no salir en tevé si no tengo un espectáculo que difundir. Si después me querés preguntar sobre Maradona porque trabajé con su hija, te voy a responder; pero nunca fui panelista de nada. No existe ese fenómeno conmigo. En los medios, soy mejor comunicando mi propio universo que hablando del mundo de los demás.    

–¿Creés que haber empezado en el under te ayudó a plantarte de otro modo respecto a lo mediático? 
–Creo que la televisión no confunde a la gente. Considero, sí, que hay gente muy estúpida, y uno lo vislumbra. Que la tevé saca lo peor de uno es una tontería. Es más, pienso que es el medio más noble para traducir fidedigna y rápidamente, y para muchos espectadores. Si sos soberbio, quedarás como un soberbio. Cualquier imaginario que tenga el público sobre mí es correcto; después estaré o no de acuerdo. Pero entenderé que algo habré dicho para que piense eso. Es mi experiencia; no es ingenuidad. 

–Hablando de experiencia, la tuya en teatro comienza desde pequeño... 
–Empecé a estudiar teatro a los 9 años en un centro cultural barrial, en Flores. A los 13 actué por primera vez. Después me formé en el Rojas, el Recoleta, el C. C. San Martín. A los 16, debuté en una obra en el Parakultural, sin tomar real conciencia de lo que significaba ese lugar. Desde entonces, no paré: a los 18 dirigí, por primera vez, una pieza escrita por mí. Y comencé a alternar entre actuación, dirección y dramaturgia. A los 22 años, dirigí mi primera obra comercial y a los 25, la primera en el San Martín. Siempre entrando y saliendo de los circuitos, mezclando: del comercial al oficial, del oficial al alternativo…

–Lo que se dice un llamado temprano a la vocación…
–Calculo que sí. Lo tuve muy claro desde que era chico. Nunca pasé por el gran conflicto adolescente de “¿Qué voy a hacer con mi vida?”. Por suerte, mis padres –muy genios ellos:?papá verdulero;?mamá limpiaba casas– no tuvieron prejuicios al momento de apoyarme. Pude encontrarme con mi pasión tempranamente y, desde ahí, todo fue muy fluido. 

El secreto de la vida

El elenco de esta obra es excelente. La pareja está representada por Cecilia Rossetto y Manuel Callau, la mucama es Emilia Mazer y los hijos son Nazareno Casero, Brenda Gandini, en pareja con María Socas, y Andrea Politti, en pareja con un joven gigoló que es Nicolás Pauls. Gustavo Garzón es el mejor amigo de Manuel.

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