ACTUALIDAD


Una aldea increíble


Por Facundo Baños.


Una aldea increíble
En La Matanza, en el gran Buenos Aires, se esconde una aldea medieval que fue construida con material reciclado, como los viejos adoquines de las calles porteñas, las viejas farolas de la Avenida de Mayo y las estatuas que adornaban la Plaza de la República de Rosario.

En 1999, Antonio Campana se enteró de que la enfermedad que sufría desde hacía tiempo se había propagado; le pronosticaron tres años de vida. Entonces, decidió volverse más activo y concretar su vieja fantasía. Hijo de inmigrantes italianos y con estudios primarios apenas completos, don Campana se dedicó a los negocios mayoristas y consiguió un buen pasar. Gracias a ello, compró un terreno en la zona de González Catán, lindante con el Aeropuerto de Ezeiza de la provincia de Buenos Aires, donde pasaba los fines de semana. Pero un día dio rienda suelta a su aventura: construir una aldea medieval con material reciclado. 

Lo primero que salta a la vista, cuando uno se aproxima a la aldea, es un puñado de casas y edificios de marcado estilo medieval. Una vez adentro, lo medieval se vuelve difuso y las influencias son más difíciles de rastrear ya que no existe una lógica arquitectónica, sino que se trata de expresiones que componen un paisaje inédito, caprichoso y hasta insolente. Lucas Nieva trabaja desde hace dos años como guía turístico de Campanópolis. Él es el encargado de relatar la historia que esconde cada uno de los rincones del lugar. El público sigue su primera anécdota acomodado en las butacas de una vieja sala de cine porteña que Campana adquirió en un remate después de que dejara de funcionar. Mientras Lucas cuenta detalles sobre la vida de don Campana, comenta que Antonio adquiría en subastas toda clase de elementos; algunas piezas muy valiosas y otras tantas inservibles. Por ejemplo, bajo una galería descansa el primer camión de bomberos que funcionó en Buenos Aires, y en sus jardines están las viejas farolas de la Plaza de Mayo alumbran el mástil del RIM 3 de La Tablada. Desperdigados a lo largo del recorrido, hay elementos ferroviarios de toda índole: Campana sacó provecho del desmantelamiento que la industria nacional sufría mientras él cristalizaba su aldea de González Catán. 

Cuando el asfaltado de las avenidas se hizo moneda corriente, camiones cargados con adoquines desfilaban por la Ruta 3, rumbo a Campanópolis. Uno de los senderos, que conduce desde el edificio principal hasta los pasajes laterales, luce el adoquinado que la porteña Avenida La Plata ya no precisaba. A su lado, alzan la mirada las estatuas que durante décadas habían adornado la Plaza de la República de Rosario: destinadas a fundición, adquiridas por Antonio, hoy adornan sus campos. Más allá, se ven los tres ojos apagados de un viejo semáforo. Antonio Campana levantaba incesantemente construcciones hechas de hormigón armado, la técnica más básica y noble empleada en obras de magnitud. El plan era sencillo, pragmático, su pelotón de obreros lo entendía y por eso no se detenía. El hombre del sueño se hacía de materiales, de cosas, indiscriminadamente; una vez con ellos los toqueteaba, los abría y los volvía a armar, los combinaba. Cuando se cansaba de jugar, les encontraba un sitio. Con el tiempo se montaron salas de exposición, que aglutinan todas sus colecciones.       
        
El sector identificado como Museo del Hierro tiene, literalmente, un techo hecho de puertas. Para no ser menos, el Museo de la Madera luce largas escaleras que no conducen a ningún lado y evocan a la ochentosa Laberinto, aquella película de fantasía protagonizada por el artista David Bowie.

Los caminantes, siguiendo los pasos de Lucas, se adentran en tres pasajes angostos y sombríos. A los costados hay carteles, vidrieras y locales de distinto uso: Campanópolis no es una fachada sino una ciudad verdaderamente constituida, a pesar de que jamás ha sido habitada. Por cierto, uno de los pasajes recuerda al profesor Corso, historiador de La Matanza y amigo personal de Antonio. Sería él, Alfonso Corso, quien bautizara –con nítida sencillez– a este sitio descabellado. El guía, en los pasajes, subraya que Campana, en su vorágine por conseguir y seguir ampliando su creación, nunca perdió su sentido del reciclaje: en estos callejones reluce otro adoquinado, durmientes del ferrocarril y antiguos medidores eléctricos; muchas paredes están hechas con escorias de fundición. “Todo lo que la sociedad desechaba –explica Lucas– él lo tomaba y lo reutilizaba”. 

Antonio Campana murió nueve años después de que le pronosticaran tres. Los límites de su realización son difusos: algunas estructuras quedaron incompletas, y sus hijos, sabiamente, no colocaron ni un ladrillo más. Sin embargo, así como está, parece un sitio acabado. Ahí está Antonio, sentado con su caña, en ese muelle que hizo con tablones de la vieja cancha de Argentinos Juniors y que le quedó incompleto sobre la tosquera seca. Espera paciente que algún pez muerda su carnada. Nadie los ve pero él, seguro, sabe que hay uno enorme.

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte