ENTREVISTA


¿Cuánto conocemos de nuestro lado más oscuro?


Por Anibal Vattuone.


“¿Cuánto conocemos de nuestro lado más oscuro?” 
Oscar Martínez vuelve al cine con Relatos salvajes, película que ofrece una mirada global del frenético y crudo mundo en el que vivimos. El gran actor argentino también prepara su regreso a la pantalla chica. Pasado, realidad y sueños de un artista que no se detiene.

Oscar Martínez, uno de los más exquisitos actores argentinos, prefiere conversar al aire libre, por más que caiga la noche y el rocío. Aduce estar cansado de tanto encierro. Ya en el patio, Martínez se acomoda e inicia una larga charla que abarcará desde sus inicios como actor y el presente de la TV hasta lo lejos que está la Argentina todavía de tener una industria cinematográfica plena. Sin embargo, está entusiasmado con esta nueva y prometedora apuesta. Muy entusiasmado.

“Estoy muy feliz de haber hecho Relatos… Es un orgullo formar parte de un elenco de esta solidez y magnitud. Tenía ganas de trabajar con Szifrón, ya que nunca se había dado esa posibilidad. Esas ganas fueron retribuidas con una revelación, ya que Damián es  adorable, con un talento poco usual. Tiene una gran inteligencia: sabe muy bien lo que quiere y crea un clima de trabajo genial. Se divierte como un chico con un juguete nuevo, y tiene un trato afable y cálido con todo el mundo. Pregunta, consulta y escucha; esto tampoco es muy común. Jamás se permite perder el control, será por eso que necesita escribir esta clase de guiones (risas)”, elogia Martínez. Y adelanta sus expectativas con el largometraje: “Con los años uno se vuelve cada vez más cauteloso, pero lo cierto es que son muy altas. Después de haber estado en Cannes… la película produce algo muy fuerte”. 

–¿Cómo le resultó el rodaje?
–En eso conté con la invalorable ayuda de Damián, que tenía la película en la cabeza. A él le preocupaban dos temas: primero, que mi personaje no es un villano, un hombre inmoral que “compra” lo que quiere a través de su poder económico. Es una persona que hizo su fortuna con buenas armas y que, de repente, ve amenazada toda su existencia. Lo segundo eran los distintos puntos de inflexión en la graduación de lo que le va ocurriendo. Mi historia tiene un sesgo distinto a las otras: no tiene violencia física, pero sí una tensión creciente. Es violento lo que ocurre. Hay muy poco tiempo para tramitar lo que pasa. Esa progresión había que ir mostrándola con mucha precisión. El lado anímico es algo que resalta también: más allá de lo racional que parece ser mi personaje, atraviesa una situación de un estrés emocional altísimo. Lo construí con mucha laboriosidad y placer.

“Tuve un momento, a los veintitantos, en que pensé en dedicarme al cine pero como director… Fue una quimera. Alguien con muy buen criterio me aconsejó que era una locura porque no había industria en la Argentina”.

–En el film se dice mucho sin evidenciar las cosas tan abiertamente. Por ejemplo, la decencia de quien usted interpreta: en ningún momento se especifica, pero se nota que es alguien que siempre eligió el camino más limpio…
–Qué bueno que me lo digas, te lo agradezco. El tema es que es tan poco el desarrollo que hay, que esto tiene que estar implícito en las contradicciones, en las dificultades de mi personaje. Él está transgrediendo una norma moral muy elevada, y lo hace, únicamente, por amor al hijo, por su mujer… y por desesperación.

–La película es muy actual…
–Sí, pero es muy universal también. La vimos en Cannes, y parecía que estabas en un cine de Buenos Aires.

–Ojalá que a la gente le sirva para “verse”…
–En principio, que se entretenga, que se conmueva. Para eso está el cine, el teatro. Me parece que deja un sedimento que incluso te puede durar días. Lo que nos dijeron en Francia es que la película era muy liberadora, que provocaba catarsis, en el hecho de que muchos de los personajes hacen lo que alguna vez quisimos hacer y no hicimos. Te hace pensar, recapacitar… y te preguntás: ¿cuánto conocemos de nuestro lado más oscuro?

–Hacía ya seis años que no hacía cine, desde el éxito de El nido vacío, con Cecilia Roth. ¿Cómo fue este regreso? 
–Tuve algunas propuestas que se fueron postergando, otras que no pude hacer, y hubo proyectos en los que no quise involucrarme. Así que estaba con muchas ganas de filmar… Me parece que esta película va a ser un hito. Hice La tregua hace ya cuarenta años… (N. de la R.: pone cara de sorpresa). Y todavía la gente me la sigue recordando…

–¿Piensa que puede llegar a pasar esto con Relatos…?
–Puede producir un estruendo muy potente (ya lo está haciendo), y quizá quede como una bisagra…

–¿Un clásico?
–Un clásico, claro. Pero no es fácil asegurar algo en la Argentina. 

“La televisión está muy decadente” 

Oscar Martínez se siente un actor de teatro. Afirma que ese es el espacio en el que se desarrolla el oficio, “donde se forja el instrumento”. Y agrega:“Lo que hacés en los otros medios es poner a prueba lo que aprendiste ahí. Es el único lugar en el que no hay intermediación ni técnica. No hay ni una cámara ni un lente, no hay una industria, ni hay un truco. Es el cuerpo del actor y el espectador. El cine es formidable, maravilloso, pero el teatro es la casa del actor”.

–Con la televisión, ¿cómo se lleva?
–Voy a empezar a grabar en octubre para Pol-ka. Es un policial, cuyo título tentativo es Día y noche. Pero está difícil la televisión…

–¿Por la competencia?
–No, porque está muy decadente. Nunca fui un asiduo espectador televisivo, pero con el tiempo dejé de serlo cada vez más. El público se pasó a las series. Por algo debe ser…

–El maldito rating…
–Se estrecharon en demasía los márgenes para las productoras. Por ejemplo, ya no hay unitarios. Pol-ka fue una usina de programas unitarios memorables, y en la actualidad ya no los tiene. Si hacés televisión, tenés que hacer una tira diaria. Hay una raíz económica. Eso limita bastante.

–Su carrera cinematográfica sigue. Se vienen dos películas: El ciudadano ilustre y La patota.
–El ciudadano… es una idea que lleva ya tres años. Se iba a hacer incluso antes que Relatos…, pero se “pinchó” dos veces. Me involucré fuertemente y es una historia que me gusta mucho. Ojalá se haga. La patota la vamos a rodar, en principio, durante septiembre y octubre. Actuarán Dolores Fonzi y Esteban Lamothe. El teatro lo dejé a comienzos de año, ya que me sería imposible hacer las tres cosas.

–Viajemos al pasado: ¿cuándo nació actoralmente?
–Empecé a construir el que soy o el que intento ser tras haber hecho la Escuela Municipal de Arte Dramático. Me inicié muy jovencito, a los 15 años, y fui a estudiar con Juan Carlos Gené. Ahí entendí el fenómeno del actor, que no había comprendido hasta ese instante. Mi génesis fue esa, claramente.

–¿Alguna vez en su carrera dudó de esa vocación?
–No. Tuve un momento, a los veintitantos, en que pensé en dedicarme al cine pero como director… Fue una quimera. Alguien con muy buen criterio me aconsejó que era una locura porque no había industria en la Argentina. Hablamos de hace más de cuarenta años. Dedicarse a la dirección de cine en ese contexto era un pasaporte a la desdicha, al hambre… Hay directores que hasta hipotecaron sus casas para emprender su tarea. Me di cuenta de que era una fantasía en un país en el que no estaba desarrollada plenamente esa industria. Sobre todo en esa época. Ahora lo digital simplificó bastante todo. Antes, era más costoso.

–¿La tecnología digital emparejó los deseos de los que tienen menos infraestructura que los más poderosos? Pensemos en la Argentina y los Estados Unidos.
–Para emparejarse hay que tener industria y mercado. Está muy difícil. Hay crisis en el mundo entero. Estados Unidos logró imponer el monopolio absoluto en lo que es la producción, la distribución y la exhibición. Lo hizo muy afanosamente, en detrimento de industrias muy consistentes como las de Italia y España. Lo que sí es cierto es que hay mucho talento y aparecieron directores muy jóvenes e inquietos, con una legítima ambición. De pronto, pueden hacer una película con una camarita o con un teléfono, lo que antes era impensable. Desde el punto de vista técnico, también se volvió todo más sencillo: hoy se ilumina con una bombita mínima. Y se simplificó el proceso de preproducción, producción, posproducción y rodaje. Para emparejarse con los países que tienen industria debe haber una modificación sustancial, con políticas muy vehementes para que ello sea factible.

Una debilidad

Dice Oscar Martínez sobre Damián Szifrón y los entretelones de la filmación de Relatos salvajes: “Es un director cabal. Hay personas que son talentosas, y hasta pueden llegar a tener recursos para dirigir bien, pero hacen que el clima de trabajo sea deprimente o que no sea lúdico. Él es incansable, nada lo perturba. Es muy difícil el cine, y es muy difícil el cine en la Argentina. Él no pierde la calma, aun en momentos en los que otro la perdería fácilmente. Es decir, cuando no se cumple el plan. Damián fue capaz de mantener lo que hay que preservar a toda costa, que es el trabajo. Eso se logra con disciplina, con obsesión, pero también con buen humor y recordando que estamos haciendo lo que nos gusta”.

Cannes inolvidable 

“Fueron entre doce y quince minutos con la gente de pie, ovacionando la película. Pero no solamente eso. Antes de la proyección de la gala, hubo otras dos previas. Una fue al mediodía del día anterior, y otra fue al caer la tarde de ese día: nos contaron que la película había sido aplaudida varias veces en el transcurso de la proyección”, revela Oscar Martínez. 

Y acota: “Nosotros íbamos a la gala de la noche, donde nos habían prevenido que el público era mucho más económico a la hora de expresar su adhesión con un film. Bueno, a los dos minutos, la gente empezó a aplaudir… Y, posteriormente a eso, aplaudió no menos de veinte veces con cada frase, cada gesto y el final de cada historia. Cuando terminó de proyectarse, mil setecientas personas se pusieron de pie… No terminaba nunca…”.

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