INVESTIGACIÓN


Malabaristas


Por Tamara Smerling..


Malabaristas 
A pesar de todos los avances que se lograron, todavía es difícil ser madre y profesional en el siglo XXI. La especialista Eleonor Faur reflexiona aquí sobre cómo conciliar la crianza de los chicos y el trabajo en la vida cotidiana. Y comparte sus propuestas para hacer más amena la tarea. 

Un viejo proverbio africano asegura que para criar a un niño, hace falta toda una aldea. Pero ¿cómo se organiza el cuidado de los chicos en nuestra sociedad actual? ¿Las mamás y los papás se ocupan de la tarea por igual, o son las mujeres quienes la asumen en mayor parte? ¿Cómo hacen ellas para compatibilizar, simultáneamente, la atención de sus hijos y el trabajo fuera de casa? ¿Qué rol cumple la “aldea” en este contexto? Estas y otras preguntas son las que se formula la socióloga Eleonor Faur en su investigación El cuidado infantil en el siglo XXI. Mujeres malabaristas en una sociedad desigual. 
La especialista encaró este trabajo a partir de un intenso estudio que llevó adelante para la tesis con la que se doctoró en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), después de siete años de labor ininterrumpida. “Me centré en la forma en la que se organiza el cuidado de los chicos –menores de 6 años– en la Argentina del siglo XXI. 

Por un lado, exploré las prácticas cotidianas que se dan en los hogares de las distintas clases sociales de la Ciudad de Buenos Aires y del Conurbano bonaerense, por medio de entrevistas en diferentes barrios y empresas. Por otra parte, analicé los programas sociales y de servicios que, en teoría, facilitan los cuidados familiares. Por ejemplo: las licencias por maternidad y paternidad que otorgan las compañías, la regulación y la cobertura de guarderías para los niños, y los planes sociales, como la Asignación Universal por Hijo”, comenta Faur. Y agrega: “Así pude observar que, a pesar de que muchas mujeres trabajan y tienen hijos pequeños, siguen siendo muy pocos los espacios que albergan a los niños mientras ellas se desempeñan en sus empleos. Las licencias después del parto o los servicios de cuidado son escasos. Esta falta de ayuda parece completar la idea de que son las propias familias las que deben encargarse de los niños de forma privada, recibiendo muy poca colaboración desde el Estado. Por eso digo que las mujeres de hoy son verdaderas malabaristas”.

El ideal que supone que nadie puede cuidar mejor a un niño que su mamá es una construcción histórica y social, que no necesaria-mente se refleja en la realidad. No siempre las madres son eximias cuidadoras.

–¿Las mamás son las “cuidadoras ideales” de sus hijos? 
–El ideal “maternalista”, que supone que nadie puede cuidar mejor a un niño que su mamá, es una construcción histórica y social, que no necesariamente se refleja en la realidad. No siempre las madres son eximias cuidadoras. Esta perspectiva se fue instalando en nuestras mentes, y esconde el hecho de que muchas otras personas participan en ese proceso –o pueden hacerlo–: me refiero a los papás, las maestras, otros familiares o empleados. Mantener ese ideal sin cuestionarlo termina sobrecargando a las mujeres en todo aquello que deben llevar adelante, y no contribuye a promover una participación más activa por parte de los padres o de otras instituciones sociales. 

–¿Caducó o persiste el modelo de hombre proveedor y el ama de casa a tiempo completo? 
–Dejó de ser una norma el modelo de mujer que se desempeña como madre y ama de casa de tiempo completo. Incluso, en ocasiones, dejó de ser deseable para buena parte de la población. Según la CEPAL, en América Latina, el porcentaje de mujeres que están en esa situación descendió cerca de un 20% en menos de diez años. También se acrecentó la proporción de mujeres que trabajan. Y?no solo eso: las familias cambiaron, con un aumento de los hogares encabezados por mujeres o, a partir de la ley de Matrimonio Igualitario, por parejas del mismo sexo. 

–¿De qué modo las mujeres delegan el cuidado de sus hijos en otras personas o instituciones desde su arribo masivo al mercado de trabajo? 
–Sin duda, el modelo cambió pero, pese a ello, la asignación de las responsabilidades domésticas sobre las mujeres persiste. Encuestas del INDEC, por ejemplo, demuestran que el 58,2% de los hombres destinan, en promedio, tres o cuatro horas por día a los quehaceres cotidianos. ¿Las mujeres? El 88,9% –no importa edad o nivel educativo–, entre cuatro y seis. 

–Los modos deben variar según la capacidad económica de cada familia. 
–Sí. En las familias de clase media-alta, se contratan empleadas domésticas, y los niños asisten a jardines privados. En las de clase media, se pide ayuda a los abuelos. Las de menores recursos delegan el cuidado en hermanas, tías o sobrinos, pagándoles un pequeño monto diario. Hay quienes logran conseguir una vacante en un centro de atención de primera infancia o en un jardín estatal de doble turno, aunque no siempre se dispone de esta opción. Finalmente, hay muchas mujeres que se quedan con los chicos y desisten de salir a trabajar. El problema es que la escasez de servicios públicos de calidad termina profundizando las desigualdades sociales. 

–¿Cómo podemos lograr que el cuidado infantil sea una prioridad en la agenda pública? 
–Este es un debate que merece ser tomado como un eje central del bienestar de los niños y de la sociedad en su conjunto, y también como una responsabilidad social y colectiva. Es necesario superar la noción que supone que habrá siempre una mujer malabarista que atenderá las necesidades familiares y las responsabilidades laborales sin que nada se desmorone. Nadie puede cuidar solo. Todas las familias necesitan apoyos. Hacen falta licencias por maternidad y por paternidad más extendidas, tanto para las mujeres como para los padres varones. También, deberíamos revisar las jornadas de trabajo, y extender los permisos para el cuidado a aquellos que no se desempeñan “en blanco”. Y hace falta extender las coberturas de los jardines maternales: ampliar sus horarios de atención y adecuarlos a la jornada laboral de las mamás y los papás que salen a trabajar. 

–¿Cómo serán las mujeres del futuro?
–Las imagino ocupando cada vez más espacios en el ámbito público, en la política, en el mercado de trabajo, en la educación... La pregunta es si la sociedad acompañará esto al mismo ritmo. Pienso que cuanto mayor sea la participación de las mujeres, será más necesario aún renovar nuestra mirada y nuestros prejuicios, y adecuar las políticas a estas nuevas necesidades. De otro modo, las malabaristas, las mujeres “todoterreno”, seguirán vigentes, acumulando deberes y tensiones a un ritmo por momentos vertiginoso y con un alto costo para sí mismas, para la infancia, para los sectores más desfavorecidos y para la sociedad en general. Está en nuestras manos la posibilidad de mejorar este esquema, para que, ojalá, las mujeres de las próximas generaciones cuenten con un mayor acompañamiento social, con más recursos públicos, con mayor compromiso de las empresas, y con una participación más igualitaria por parte de los hombres en el cuidado familiar.

Imagino a las mujeres del futuro ocupando cada vez más espacios en el ámbito público, en la política, en el mercado de trabajo, en la educación... La pregunta es si la sociedad acompañará esto al mismo ritmo.

Quién es Eleonor Faur 
La socióloga y doctora en Ciencias Sociales suele indagar sobre el rol de las mujeres, las relaciones de género, el espacio de las familias y las políticas públicas en la sociedad contemporánea. Se desempeña como docente en distintas universidades del país y tiene una extensa trayectoria como consultora en diferentes agencias del sistema de las Naciones Unidas. Es autora de los libros Masculinidades y desarrollo social. Las relaciones de género desde las perspectivas de los hombres y Las lógicas del cuidado infantil. Entre las familias, el Estado y el mercado (lo escribió junto a Valeria Esquivel y Elizabeth Jelin).

Caso 

En el devenir de su trabajo El cuidado infantil en el siglo XXI. Mujeres malabaristas en una sociedad desigual, a Faur le llamó la atención un caso en particular. Así lo recuerda: “Era una mujer de la zona sur de la ciudad de Buenos Aires que tenía dos hijos. Se separó de su pareja cuando los hijos eran chiquitos, víctima de violencia de género. Siempre trabajó, ya sea en casas de familia o como promotora de salud comunitaria. Le costó mucho organizar el cuidado de sus hijos una vez que quedó a cargo de su hogar. En general, deambuló de un jardín a otro, en busca de un lugar seguro, pero siempre quedaba en lista de espera. A cambio de un pequeño ingreso, su hermana cuidó de los chicos, hasta que consiguió un empleo. Allí retomó el peregrinaje para conseguir vacante. Finalmente, decidió ir a ver a lajueza que llevaba su caso como víctima de violencia, y gracias a una carta que le redactó la magistrada, le dieron prioridad en un jardín estatal de doble jornada. Después de muchos años, consiguió la opción más estable: los dos chicos podrían estar en una escuela hasta finalizar el jardín de infantes, y así no cambiar, año tras año, el lugar donde eran cuidados”.

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