TENDENCIA


Teatro insólito, Teatro inesperado


Por Ana Claudia Rodríguez.


Teatro insólito, Teatro inesperado
Los telones, en Buenos Aires, están arriba de lunes a lunes. Y en las salas, cada vez más, se presentan novedosos espectáculos. El escenario amplía sus fronteras y el espectador no solo mira. Estas son algunas de las tendencias actuales en el arte de simular.

Son las siete de la tarde en Buenos Aires y en las puertas del Centro Cultural Konex hay una fila de gente que está esperando para ver la función Quiroga y la selva iluminada. Al rato aparece un chico y da instrucciones: “Hola, me llamo Francisco –dice– y en unos minutos entraremos en una sala que está en oscuridad total. Si llegan a necesitar cualquier cosa, por favor, digan mi nombre o chillen ¡socorro!, ¡auxilio! e iremos a rescatarlos”. Todos se ríen de la ocurrencia, pero también porque están algo nerviosos: en breve entrarán a un espacio en el que no podrán guiarse por los ojos.  A este tipo de experiencia se la llama “teatro ciego”, y quien está a cargo aquí es la compañía local Grupo Ojcuro. La función forma parte de estas propuestas poco convencionales que proliferan cada vez más en la escena teatral porteña. Y en este caso se trata de una obra para el público infantil creada a partir de cuentos de Horacio Quiroga, y que plantea seguir el desenlace de varias historias sin ver lo que ocurre. Para los ojos la sala será siempre igual: negra, y por eso en la próxima hora el resto de los sentidos pasará a ser fundamental. Los espectáculos en la oscuridad llegaron a la Argentina ya en los años setenta, aunque el concepto de teatro ciego lo articula hace más de una década José Menchaca, que es el director de Grupo Ojcuro y que propone, además de la invisibilidad, la inclusión de actores ciegos o con alguna limitación en la vista. Ellos, en el mundo, se mueven naturalmente así, al contrario de la mayoría del público.   

Y es que la incertidumbre estará presente en la función desde el mismo momento en que se entra al recinto. Para llegar hasta las sillas, los organizadores llevan a las personas en fila india: cada una apoya su brazo en el hombro del que tiene adelante, y este trayecto, dicen, dará muchas pistas sobre si hay miedo, afán de control, etcétera. En la mayoría de los casos los pies se resisten a avanzar y los oídos están en alerta máxima porque todo es sospechoso en el silencio visual. Sin embargo, la ansiedad se aplaca a medida que transcurre el tiempo; los olores se perciben mejor y por dentro algo se tranquiliza. 
Dice Laura Cuffini, la directora del proyecto: “Es todo un trabajo estar en la oscuridad”. Y agrega: “Tenés que aceptar ayuda y dejarte conducir. Tenés que confiar. Además, no hay ninguna información, o bien es muy sutil. El espectador tiene que estar muy atento a los estímulos, a los puntos de referencia y, en realidad, no solemos estar acostumbrados a esas cosas”. Más allá del “efecto mágico” que consigue la obra a través de los títeres luminiscentes (el único toque visual en el espectáculo) o mediante los olores o la música, uno de los elementos fundamentales es la imaginación. “Sin la vista, el cerebro inventa una imagen de lo que está ocurriendo y las posibilidades, entonces, se multiplican”, continúa Cuffini. “Elegimos a Horacio Quiroga porque sus cuentos son exuberantes, llenos de imágenes y sensaciones, y generan atracción  en los más chicos. El autor tiene una pluma muy magnética y, además, habla de nuestra geografía y de nuestra fauna. Habla de nuestra cultura”. Y en el Konex queda claro: las historias tienen como protagonistas a un yacaré o a un surubí. 

Show individual

Verónica Trinidad tiene 31 años, es actriz y es ciega. Trabaja en Teatro Ojcuro desde 2007, año en que se incorporó al elenco de La isla desierta, una obra basada en un texto de Roberto Arlt, con la que la compañía empezó su andadura en Buenos Aires hace ya catorce temporadas. Al mismo tiempo Verónica actúa junto a siete colegas en Quiroga y la selva iluminada: allí es Delfina, una nena que se mueve en la oscuridad. “Algunas veces me pierdo, no sé dónde estoy”, dice ahora. “Y lo que más me divierte es que la gente, si no ve, no sabe lo que hacés”. Esa es precisamente una de las bases de la propuesta: crear un espacio íntimo en el que cada persona, libre de distracciones y prejuicios visuales, pueda generar un espectáculo propio. 
De las últimas funciones, Verónica recuerda a una niña entre el público que no paraba de reírse (“¡En un momento nos dio impresión. No paraba!”), o aquella tarde en que alguien entró borracho y en mitad de la representación pidió salir. La gran mayoría, sin embargo, se queda: la fórmula parece tener éxito. La muestra es que ahora abundan este tipo de iniciativas. Se ofrecen restaurantes ciegos (se sirven cenas sin luz), espectáculos cómicos o conciertos musicales a oscuras. “No podrás creer lo que tus ojos pueden ver sin ver” es el eslogan del Centro Argentino de Teatro Ciego, otro de los lugares diferentes donde seguir esta tendencia. Hay más: cursos de tango, de canto o de teatro para mover el cuerpo solo presintiéndolo. 

Espectador-actor

El uso de efectos en el escenario fue lo primero que revolucionó el teatro clásico. Y si bien en un primer momento se jugaba con las sombras o se evocaba una acción en la penumbra, en los últimos años han irrumpido las nuevas tecnologías para darle a la innovación una vuelta de tuerca más. Ahora decenas de salas en el mundo proyectan imágenes de video como parte de una puesta en escena, usan celulares o realizan videoconferencias por Internet en directo. Es el límite entre el teatro y la performance.  El segundo elemento que transforma las convenciones teatrales es el espectador y su papel dentro de la función. Un nuevo concepto es, por ejemplo, el teatro participativo, donde el público no se limita a sentarse y observar, sino que juega un rol activo en el desarrollo de la obra.

“Usted está aquí” es una de estas iniciativas. El público acepta un pacto de confidencialidad para no difundir los detalles, pero en YouTube hay un video que da alguna pista: en Buenos Aires, en la calle Sarmiento, junto a la boletería del Centro Cultural Konex, se ve cómo la gente asiste, atónita, a una escena que sucede a escasos metros de distancia. Una banda de extranjeros vestidos con ropa de fiesta vocifera y grita entusiasmada. En el video se oye una voz en off: “Simplemente hay que entregarse al juego. El espectador pasa a ser protagonista”.  “El objetivo es que se vivan distintas emociones”, dice Romina Bulacio Sak, que, junto a Natalia Chani, es una de las creadoras del proyecto. “‘Usted está aquí’ surge de nuestras experiencias de vivir en el extranjero y de ver cómo el espectador es muy activo”. Fue en los años setenta cuando empezaron los cambios. Uno de los estandartes del movimiento vanguardista fue la compañía catalana La Fura dels Baus, que, además de incorporar óperas o coreografías efectistas, legitimó la interacción con el público, que pasó a ser parte del show en sus actuaciones. (Sus transgresiones inspiraron luego a los grupos argentinos De la Guarda o Fuerza Bruta). Es también catalana la compañía de Roger Bernat, que en la obra La consagración de la primavera otorga el protagonismo al público de una manera más clara: les propone formar parte de una coreografía cuyas instrucciones dictan a través de unos auriculares. Todos mueven el cuerpo de acuerdo con las consignas y así se convierten en bailarines coordinados sobre la tarima. Algo, según nos dicen, “extraordinariamente subversivo”. Será que así es como se muestra, en pleno siglo XXI, la parte más irreverente del teatro.  

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