INVESTIGACIÓN


Atrincherados


Por Mariano Petrucci.


Atrincherados
¿Nido vacío? ¡Nido lleno! Crece el número de hijos adultos que no se independizan y persisten en la casa familiar. Perfil de estos eternos adolescentes que trabajan para darse sus gustos y conciben el hogar como un hotel. ¿Cuál es el rol de los padres? Entretelones de un fenómeno que se instala con fuerza en la Argentina.

El cuadro de situación de Martín es el siguiente: pasó generosamente la barrera de los 30, obtuvo el trabajo que tanto deseaba y su bolsillo es lo suficientemente holgado para darse todos los gustos. Su confort y bienestar es total si nos estacionamos en otro detalle: todavía vive con sus padres. O sea, está como quiere, como le dicen sus amigos.  

Ojo: no es el único. Una investigación confeccionada por la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) asevera que el 74,5% de los hijos de entre 18 y 35 años reside en la casa paterna. El fenómeno, que se da más en hombres que en mujeres, se llama “nido lleno”. Y es mundial: en España, según el Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud, casi el 80% de los menores de 30 repiten esta experiencia. “Cambió la cultura: independizarse no es una meta”, sentencia la doctora Graciela Moreschi, médica psiquiatra. “El hogar familiar es cómodo, no se renuncia a nada y, sobre todo, allana un nivel de consumo que uno no podría mantener si tuviera que pagar las cuentas de un departamento”, completa quien forma parte de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA).

La Organización Mundial de la Salud (OMS) tampoco da una mano: expandió la adolescencia hasta los 26 años. “Durante muchísimos años, la familia pasaba por estadios ampliamente aceptados e institucionalizados, que incluían: emancipación, unión y procreación, adolescencia de los hijos, partida de estos –para desarrollo y fortalecimiento personal, madurez sexual y autonomía económica– y vejez. Pero este equilibrio social-familiar-monetario comenzó a fracturarse”, sostiene Adriana Guraieb, licenciada en Psicología, de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). 

Para los expertos, las causas del “nido lleno” son múltiples y variadas. Daniela Trulls, licenciada en Psicología y terapeuta familiar, ayuda a comprenderlas: “Algunas tienen que ver con el entorno social, como la difícil inserción laboral o la crisis económica. Otras están ligadas a cuestiones más intrínsecas de cada ser humano, como la ausencia de ambiciones, la postergación de la paternidad o el hecho de dedicarle más tiempo al estudio de una carrera” (este último punto encierra a los denominados “alumnos crónicos”, que dejan “colgadas” un par de materias para no recibirse y persistir amparados bajo el techo parental). 

Hay un ítem particular que se desprende del informe de la UADE. Es el que concluye:“Tanto padres como hijos consideran natural que la manutención esté a cargo de los progenitores”. El 53,4% de los encuestados afirmaron que sus padres nunca les reprocharon la falta de colaboración económica (un porcentaje menor abona servicios como la luz, el agua o el gas, o entrega una suma de dinero fija para contribuir con los gastos). A propósito, Moreschi opina: “En el ‘nido lleno’ de la clase media, los hijos, obsesionados solo por sus adquisiciones –vehículos, salidas, tecnología, vestimenta–, son pensionistas de un hotel cinco estrellas. ¡Los padres están a sus órdenes! Antes, se anhelaba extender las alas y volar, porque en la casa familiar había pautas y uno debía desistir de muchas cosas. En la actualidad, los límites están más difusos: todos somos iguales, y todo es factible”.

Hay más cifras: el 63% de los mayores respondió que disfruta que sus hijos convivan con ellos, y el 82%, que aporta para que sus herederos terminen la universidad porque es su “obligación” y “para que tengan un pasar mejor que el nuestro”. “Es una señal de inmadurez gozar de un excelente empleo, y permanecer bajo el ala de los padres, recibiendo todos los cuidados y atenciones como a los 15 años. Estos son hogares demasiado sobreprotectores y facilitadores. A veces, son los propios padres quienes alientan este escenario por temor a quedarse solos”, subraya Trulls, cofundadora de Cambio Psi (Centro de Atención Psicológica con orientación Cognitivo-Conductual: www.cambiopsi.com.ar).

Adivinó: los padres se llevan una buena tajada de la torta de responsabilidades. “Son cómplices, absolutamente. Si no hay oferta, no hay demanda: si los adolescentes perpetuos quedan apostados en ese lugar, es porque los padres lo avalan, aun cuando los vínculos pueden tornarse más incómodos y tensos. ¿Por qué ocurre esto? Puede ser por un intento de ‘detener el tiempo’ –ya que si los ‘nenes’ no crecen, no nos avejentamos–, por miedo a perderlos y caer en el conocidísimo ‘nido vacío’, o, simplemente, por no saber cómo encarar el tema y conversar sobre ello”, esgrime Trulls. Padres preocupados o con sentimiento de culpa por adjudicarse malas enseñanzas/decisiones. De eso habla Guraieb, autora del libro Peter Pan y sus mujeres: acerca de los hombres que se resisten a crecer: “Todo lo que se hizo no merece el premio de la tranquilidad y la recompensa afectiva. Esa sensación hace que no puedan cumplir el ciclo natural, y frenen o retrasen el proceso madurativo de sus chicos”.

Secuelas

Impedimento para asumir deberes y obligaciones, incapacidad para realizar quehaceres cotidianos y sencillos, ineficacia para regular adecuadamente la economía, y hasta inconvenientes para formar una pareja. Las consecuencias del “nido lleno”, que parece inofensivo, pueden apilarse como cartas. Su influencia, en el presente y en el futuro, es ineludible. Por el costado que se lo analice. “A muchos de estos jóvenes que se gradúan tarde se les complica después incorporarse al mercado laboral. En cuanto a las emociones, las relaciones que tienen son inmaduras. No hay proyecto de crecimiento. Cristalizarse en la adolescencia puede ser divertido un ratito, pero, por otro lado, puede ser la ‘muerte’. No se puede vivir congelado, aunque sea en la juventud”, dice Moreschi, quien escribió el libro Adolescentes eternos: ¿por qué nunca se van de casa?

Al igual que lo que suele suceder con los fenómenos sociales, traen consigo otros. Como una especie de efecto colateral. El “nido lleno”, por ejemplo, adjunta el “síndrome del adulto saturado”. “Vienen de una época en la que obedecían a sus padres y se descubren en una nueva etapa en la que obedecen a sus hijos. Sacrificaron su propio espacio y también un tiempo que ya no tienen”, advierte Moreschi. “Devenidos en eternos proveedores, se cansan y se estresan –enumera Trulls–. Este deterioro en su calidad de vida puede traer aparejadas hasta dolencias físicas y enfermedades, además de la posposición de intereses y deseos, y su consecuente frustración”. La psicóloga Laura Joselevich concuerda con sus colegas: “En varios casos, los ‘adultos saturados’ se doblegan ante la voluntad de sus hijos. Así, surgen tensiones, dificultad para sostener la intimidad y el reencuentro con el esposo/a… Los jóvenes se instalan parásitamente, acelerando el envejecimiento de los padres que no pueden o no tienen la actitud para exclamar: ‘¡Hasta acá llegamos!’”.

“Hay que dejar de lado el egoísmo. El ‘nido lleno’ puede implicar una desproporción y un abuso, por lo que se impone un diálogo franco y sincero en el seno familiar. Convertir el hogar en un hotel no es una opción viable”. Daniela Trulls.

El secreto, bajo la lupa de los especialistas, pasa por repartir las barajas correctamente. “Hay que dejar de lado el egoísmo. El ‘nido lleno’ puede implicar una desproporción y un abuso, por lo que se impone un diálogo franco y sincero en el seno familiar”, sostiene Trulls. Y define: “Compartir la casa significa distribuir ambientes, momentos, comidas, actividades, ingresos, etcétera. Para ello, hay que apelar al orden y la cooperación. No hay que temer este instante de reorganización de roles. Parece un contrasentido, porque se trata de los mismos miembros que cohabitan desde hace décadas, pero sus integrantes –todos– cambiaron y mucho: tienen necesidades, capacidades y posibilidades diferentes. Convertir el hogar en un hotel no es una opción viable. Por lo tanto, cada uno debe poner el hombro. Después se determinará si ese tributo es económico, de tiempo o emprendiendo alguna labor, pero las reglas deben ser claras. Lograr acuerdos favorecerá todo aquello que acontezca y evitará que los lazos se resientan”.

Impetuoso e indómito, el siglo XX alteró el viejo mandato del esfuerzo y el ahorro para sustentarse y formar el propio clan, para implantar el eslogan “Sé feliz, sé libre, viví el hoy”. Pero… “La independencia tiene un valor incalculable, ya sea en soledad o en compañía. Los jóvenes debieran arrogarse de ello”, cierra Guraieb.

“¡Los padres están a sus órdenes!?Antes, se anhelaba extender las alas y volar, porque en la casa familiar había pautas y uno debía desistir de muchas cosas. En la actualidad, los límites están más difusos: todos somos iguales, y todo es factible”.?Graciela Moreschi

Causas del “nido lleno”

•Crisis económica.
•Falta de inserción laboral.
•Hogares sobreprotectores y facilitadores.
•Extensión del tiempo educativo (posgrados).
•Disolución de límites generacionales.
•Ausencia de proyectos personales para la tercera edad.Cómo afrontarlo
•Determinar espacios y horarios.
•Imponer reglas. 
•Dejar en claro quién es el dueño de casa y quién marca las pautas de convivencia.
•Desarrollar desde la infancia el concepto de autodependencia y el pensamiento propio.
•Atribuir a cada edad un grado de libertad y responsabilidad.

Se van pero, por algún motivo (económico, ruptura amorosa), regresan. Son los hijos boomerang. “Ellos traen consigo una sensación de fracaso; están deprimidos. Los padres deben ayudarlos, pero para que despeguen nuevamente”, aconseja Graciela Moreschi. En la misma línea, Daniela Trulls aporta: “Este ‘nido lleno’ es distinto: tiene una función de abrigo, cobijo y contención. Lo esperable es que la situación sea temporal: una vez que el hijo supere el momento difícil, debe volver a independizarse”. Ahora bien, los padres ya habían reorganizado su vida: ¿cómo amoldarse a esta realidad? Adriana Guraieb sugiere: “No sobreprotegerlos: que ordenen su cuarto y se hagan cargo de sus hijos –y no los depositen con los abuelos–. Ponerles límites y plantearles una corresponsabilidad en la cotidianidad. Proponer un período prudente para que encuentren otro lugar y respeten el espacio de privacidad de los dueños de casa: puede ser un lapso de seis meses a un año como máximo –no recordárselo a cada rato, sino convencerlos de que es lo mejor para su crecimiento emocional–. Tener paciencia para relativizar las diferencias que surgen en la convivencia”.

Características de los jóvenes del  “nido lleno”

•Manejan sus propios horarios.
•Trabajan para pagarse sus gustos.
•Sus padres les resuelven los problemas.
•Algunos no tienen empleo ni estudian.
•Son temerosos a enfrentar desafíos y a estar solos.
•No sienten el peso de las responsabilidades.
•Carecen de una pasión que le dé sentido a la vida.



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