ACTUALIDAD


Efecto multiplicador


Por Guadalupe Treibel.


Efecto multiplicador 

El teatro vive una explosión cada vez más resonante y su éxito se extiende a las zonas de veraneo. Reflexiones y vivencias de un auge imparable.

De añares a la fecha, acaece un sonado romance en multiplicados rincones de Buenos Aires, hoy reverdecido y –quizá– más manifiesto que nunca por sus distintas expresiones amorosas. Romance que, como dijo Federico García Lorca, “es poesía que se sale de libro para hacerse humana”; que es arte de vernos viéndonos; que es accidental como la vida misma; que es el lugar donde las lágrimas (o, para el caso, las risas) de virtuosos y malvados se mezclan por igual. ¿Cuál es, entonces, ese affaire tan arraigado?: el del público porteño con el teatro, aquella rama escénica que invita –sin más– a contemplar, y a la que Buenos Aires responde atenta, contenta, fiel. 

Y si de razones se trata (aunque, ¿cuándo necesitó motivos el romance?), podría intentarse una reflexión general, la del siempre lúcido Roland Barthes sobre la actividad que nos compete: “El cuerpo en el teatro es a la vez contingente y esencial: esencial porque no se le puede poseer (está magnificado por el prestigio del deseo nostálgico); contingente porque se podría poseerlo, pues bastaría con estar loco por unos instantes (lo cual está dentro de las posibilidades) para saltar hacia el escenario y tocar lo que se desea”. De más está decir: no se recomienda esta última opción… 

Lejos, sin embargo, de las aproximaciones filosóficas, están los hechos cuantitativos, y los números indican que el auge de Buenos Aires, una de las grandes capitales del mundo en materia teatral, está a la altura de urbes indiscutidas como Nueva York, Londres, Berlín o París. Y es que, acorde con la información dispuesta por el Ministerio de Cultura de la Ciudad, más de 199 teatros y 235 salas engalanan sus calles, teniendo en cuenta tanto el circuito comercial como el oficial y el independiente. “Además, como era de esperar, la proliferación de los espacios trajo consigo un aumento en las propuestas artísticas, que llegan a alcanzar, en los inicios de temporada, más de treinta estrenos semanales”, detalla un meticuloso artículo de la periodista Carolina Amoroso en La Nación. Ella cuenta también que, según datos provistos por el World Cities Culture Report, Buenos Aires prácticamente iguala a Londres en cantidad de teatros (en la capital inglesa funcionan 241), aunque no supera a Nueva York (420), París (353) o Tokio (230), pero sí pasa ampliamente a ciudades latinoamericanas como San Pablo (116). 

Según la Asociación Argentina de Empresarios Teatrales y Musicales, el circuito comercial consta de 28 teatros y 35 salas, y en 2012 se realizaron casi 8000 funciones con un total de espectadores que superó los 3 millones. También comenta Amoroso que este crecimiento se evidencia en el circuito off, que suma 163 teatros y 175 salas, y alrededor de 600.000 espectadores anuales (el dato se desprende de un estudio realizado por la Asociación Argentina de Teatro Independiente en casi cien salas). Lo que se dice: un gran, gran fenómeno cultural. Entre los éxitos más resonantes que hacen que el teatro se haya convertido en un boom, podemos citar a Toc Toc, dirigida por Lía Jelin; Emilia, que festeja más de 250 funciones, y La omisión de la familia Coleman, bajo la dirección del dramaturgo y actor Claudio Tolcachir; Parque Lezama, con la dirección de Juan José Campanella; Red, con la festejada actuación de Julio Chávez y dirección de Daniel Barone; Stravaganza tango y Priscilla, la reina del desierto, además de ¿Quién es el Señor Schmitt?, dirigida por el prestigioso Javier Daulte, El secreto de la vida y La casa de Bernarda Alba, de José María Muscari, y las obras de Vivi Tellas y Rafael Spregelburd.

Palabra autorizada 

El primer consultado para hablar del fenómeno es Agustín Alezzo, que no necesita mayor introducción: por su calidad de “último gran maestro” (asignada por las generaciones que tuvieron la fortuna de formarse con él), por su afán de ofrecer consistentes e inspiradas puestas a un público que lo reconoce y aprecia, por la vastísima trayectoria, por los galardones obtenidos (Premio Konex de Platino en 2001 como mejor director teatral de la década, premios ACE, etcétera), por la creación del espacio El Duende y por su última puesta, El cuidador, del Nobel inglés Harold Pinter, que explora el vínculo entre dos hermanos (Mick y Aston) y un vagabundo (Davies). “Pinter es un autor que me gusta particularmente por su mirada sobre la naturaleza humana, la sociedad, la forma de relacionarnos. Me interesa cómo observa el instante despiadado, crudo y hasta cruel, pero muy verdadero”. 

–¿A qué cree que se debe el fenómeno teatral porteño?
–Diría que uno de los factores decisivos que explica la gran cantidad de puestas que se estrenan en Buenos Aires tiene que ver con la enorme cantidad de actores, directores, actrices, gente de teatro en general, que trabaja por poco dinero. Es un tema central para comprender el boom. ¿Cuánto pueden ganar haciendo una o dos funciones semanales con todo el trabajo y el dinero que conlleva montar un espectáculo? La gente no vive de su actividad. ¿Y es que cuántos teatros profesionales hay? Antes había cuarenta o cincuenta salas profesionales, grandes –Astral, Avenida, Lola Membrives–, con funciones de martes a domingo, y los sábados, doble función. Y se llenaban. ¿Ahora cuántas quedan? A lo sumo, trece, catorce. 

–¿Cree que esa necesidad de hacer teatro por amor al teatro, sin percibir mayores beneficios económicos, puede terminar por desgastar esta actividad?
–No, por el contrario. En todo caso, habla maravillosamente bien de la actividad y tiene como consecuencia un número brutal de estrenos –una maravilla–, situando a Buenos Aires como notable centro teatral. Por supuesto, como en todas partes, hay cosas muy buenas y malas, logradas y no tan logradas. En lo personal, hay directores y actores que me interesan especialmente: directores como Ricardo Bartis, Lizardo Laphitz, Guillermo Cacace, Nicolás Dominici; actores como Julio Chávez, por mencionar algunos ejemplos. 

–¿Qué piensa de los actores que se lanzan a la actividad sin una buena formación previa? 
–Hay actores que no han estudiado y son excelentes; es el caso de Ricardo Darín, que se ha formado trabajando, con padres que también eran actores. Aunque la formación brinda herramientas para pulir el talento, no es obligatoria. No existen reglas para estas cosas. 

–Siempre resalta el valor del trabajo en equipo. ¿Por qué razón? 
–Para aprender a trabajar, hay que hacerlo con los otros. La actuación es un ping-pong, un ida y vuelta donde uno recibe y devuelve. Si uno lo piensa, en todos los grandes teatros del mundo siempre hubo equipos trabajando conjuntamente a través de los años. Yo mismo siempre he intentado crear grupos, una figura que en la Argentina no ha prosperado porque el tipo de idealismo tiende a pensar más en uno; cuesta pensar en equipo. De allí que, cuando enseño, estoy siempre atento a lo que necesita cada estudiante y, a la vez, a cómo integrarlos. En el trabajo del actor, es central tener un sentido de verdad, no forzar las situaciones, adaptarse al otro, no tener preconceptos respecto al personaje… Hay dos aspectos esenciales: hablar y escuchar. Quien no sabe escuchar no actúa.

–Hay gente que plantea que es el propio circuito el que se retroalimenta, que la misma gente de teatro es el principal consumidor de puestas. ¿Coincide con esto?
–Para nada. Veo mucho público que no hace teatro. En general, los porteños son muy teatreros. Siempre lo han sido. Si tiempo atrás la concurrencia menguó con los años, fue por la llegada de la tevé y los cambios en las costumbres. 
 
–Una marcada diferencia entre el teatro de la calle Corrientes, el teatro oficial y el off es los distintos presupuestos que manejan ¿Cómo piensa que repercute esto en las puestas?
–Lo más lógico, como decía antes, es que haya puestas buenas y malas en todos los ámbitos. O sea: tener mayores recursos no necesariamente implica tener una mejor propuesta. Implica, sí, poder acceder a determinados materiales y servirlos de mejor manera, pero eso no significa más calidad. A veces se hacen maravillas con poco. Yo mismo soy un director que generalmente trabaja con casi nada en escena. Rose o Yo soy mi propia mujer son ejemplos de ello. A mí me parece que todo lo que no es necesario en el escenario sobra. Y puede distraer. 

–Ha viajado mucho y ha visto obras de otros países. ¿Diría que nuestro teatro está a la altura de los espectáculos de afuera?
–He viajado mucho y, el otro día, hablaba de eso con un conocido que vive en Londres, y me decía que el teatro promocional que se hace allí es muy superior al nuestro; pero a la vez resaltaba que nuestro teatro chico, independiente, no tiene nada que envidiarles a los ingleses.   

El teatro joven 

Como contracara de los comentarios de Alezzo, Lisandro Rodríguez, que es actor, director, dramaturgo, docente, músico y también empresario, nos da su opinión. Es el feliz fundador del espacio Elefante Club de Teatro, que regentea junto a Mariano Villamarin y Natalia Fernández Acquier. Con probados logros (la pieza La Mujer Puerca, escrita por Santiago Loza e interpretada por Valeria Lois, dirigida por Rodríguez, lleva en cartel varias –exitosas– temporadas) y recientes incursiones (como actor, acaba de protagonizar Relato íntimo de un hombre nuevo, festejada puesta de Martín Slipak), no cabe duda de que Lisandro es un hombre de teatro. 

–¿Qué te motorizó a abrir un espacio?
–Lo único que mantiene viva una sala es el deseo de que continúe siendo un espacio teatral, porque no es un gran negocio. Por eso, más allá de lo económico, tiene que ver con el interés de producir y visualizar la obra de uno. Incluso el hecho de que no haya empleados, que seamos nosotros mismos quienes atendemos la sala, contribuye a una identidad. A mí no me interesa ser un gestor cultural; más bien pienso mi sala como un sitio de encuentro, de búsqueda del lenguaje. El otro día escuché que decían que el teatro independiente no es comercial, y no estoy de acuerdo: si cobrás una entrada, es comercial.    

–Que se estrenan muchas obras es evidente, pero ¿dirías que son propuestas de calidad?
–Hay de todo. Tal vez la cantidad hace que suba la calidad, porque si hay cien estrenos, dos serán buenas; si hay quinientos, quizás haya diez que valgan la pena. De los grandes directores, puedo mencionar a Alejandro Catalán, Ciro Zorzoli, Ricardo Bartis, Maruja Bustamante; todos con estéticas completamente diferentes. Con todo, tengo una idea más romántica del tema: en la sociedad actual, donde el presente está exiliado por nuestra manera de vivir, el teatro propone tiempo presente. Y cuando los que hacemos teatro notamos eso, se despierta en nosotros una necesidad muy grande de abarcar ese tiempo. Si me preguntás por qué se produce tanto, diría que es para satisfacer esa necesidad. El teatro es del poco arte que queda que propone el puro presente, algo que no ocurre ni con una película ni en una galería. Una hora donde tanto el actor como el espectador están desconectados de todo lo demás, una posibilidad que con la vida cotidiana está cada vez más en fuga. Por eso muchos dicen: “Esto está tan bueno que lo hago aunque no gane ”.

–En general, existe la máxima de que el argentino es teatrero. ¿Coincidís? 
–El público creció mucho el último tiempo. Aunque, y esto también hay que resaltarlo, en los años veinte se vendían ocho millones de entradas, que también es un montón. Pienso que la torta hoy es más grande y por eso hay más espectadores. 

El fenómeno musical 

Karina K, Laura Conforte, las hermanas Otero (Marisol y Florencia), Alejandro Paker, Fernando Dente, Germán Tripel; algunos pocos nombres de los tantos asociados al teatro musical argentino. Nombres que engalanan la escena porteña con interpretaciones memorables de puestas memorables, ayudando además a sentar las bases del gran momento del género, que se traduce, de pocos años a la fecha, en La novicia rebelde, Casi normales, Al final del arcoíris, Despertar de primavera, Company, Manzi, Noche de Reyes, Avenida Q, Chicago, Souvenir, Piaf… El recuento –arbitrario– no hace sino manifestar el crecimiento que ha tenido –y sigue teniendo– el musical, gracias a un público fiel, sus estrellas consolidadas, propuestas de fina estampa, versiones locales de hits extranjeros, hits autóctonos, intentos off, variaciones del teatro musical. Y que hay tradición, la hay –de hecho, comienza a afirmarse en las décadas del cuarenta y cincuenta gracias a gestores como Francisco Canaro, Enrique Santos Discépolo, Diego Peláez, Carlos Olivari–, aunque hoy esté aún más subrayada debido a, por ejemplo, los premios Hugo (este año, en su quinta edición), escuelas y una mayor consideración de la prensa.

El verano se palpita

Entre las novedades estivales se sabe que en Carlos Paz estarán Pedro Alfonso, José María Listorti, Freddy Villarreal y Emilio Disi en Casa Fantasma. Flavio Mendoza reeditará el éxito del año pasado pero con la obra Estados del tiempo, y la estilista Lizy Tagliani realizará un unipersonal. Ricardo Darín, Adrián Suar y Pepe Soriano serán algunas de las figuras que harán temporada en La Feliz. Soriano actuará acompañado de Hugo Arana, Gino Renni y Mónica Villa. Un lujo: Norma Aleandro dirigirá Escenas de la vida conyugal, con Ricardo Darín y Érica Rivas. También estarán en cartelera Toc Toc y Mujeres de ceniza. Y habrá mucho más.

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte