INVESTIGACIÓN


Crisis es oportunidad


Por Daniela Calabró.


Crisis es oportunidad 


La clave es aprender a transformar las crisis en oportunidades y no temerle al cambio. Tomar los desafíos que la vida nos plantea y surfearlos con habilidad. Cambiar es crecer.

La vida es un cambio constante. Cambiamos de parecer, de profesión, de pareja, el lugar de los muebles, las ideas, la forma de vestir. Es parte de nuestra evolución natural. Sin embargo, la palabra “cambio” suele parecernos un fantasma del que debemos huir rápidamente. ¿Para qué cambiar si estoy bien así como estoy? No, señor. Cuando los cambios llegan, hay que dejarlos entrar. Y cuando no, bien vale animarse a generarlos. 

“El cambio es la regla; la vida transcurre en un constante devenir: cambia el cuerpo, la personalidad, el contexto; y a la vez, seguimos siendo. Nuestra identidad ocurre en el cambio y también ancla en ciertos lugares donde nos encontramos y reconocemos. Desde este punto de vista, podemos oponernos al cambio o navegar en él”, introduce el doctor Jorge Daniel Moreno, psiquiatra especializado en terapia familiar y autor del libro Crisis. Cuándo y cómo cambiar. “Me atrevería a afirmar que navegar sobre el cambio, en ocasiones manteniendo el rumbo y otras, con golpes de timón, es mejor que no hacerlo. ¿Por qué?   Porque nos armoniza con el devenir, el propio y el ajeno. Además, oponerse al cambio es una empresa que probablemente conducirá al fracaso”. 

El reconocido educador británico Richard Gerver, autor también de un libro sobre esta temática, titulado El cambio, invita a explorar nuevos terrenos bajo la premisa de que todas las situaciones innovadoras son el mayor combustible para nuestra creatividad. “Animarse al cambio ayuda muchísimo al crecimiento personal. El mundo a nuestro alrededor está cambiando a un ritmo aterrador y lo peor que podemos hacer es perder el control y refugiarnos en la rutina”, advierte. Esa sensación de temor o incertidumbre es la que hace que miremos los pequeños o grandes giros del timón con cierto recelo. 

“Cuando vamos hacia un territorio nuevo, esperado, planeado, pero poco conocido, ese primer paso tiene la forma del atrevimiento y un regusto a miedo”, explica Moreno en su libro. Gerver se suma: “Sentimos al cambio como una fuerza incontrolable y eso nos atemoriza. A medida que crecemos, buscamos nuestra estabilidad, comodidad y control. Nuestra educación nos enseña a hacer justamente eso. Creo que es una verdadera lástima porque el mundo tiene tanto que ofrecernos ¡que no deberíamos parar de explorar!”. Dicen los especialistas que tendemos a quedarnos en la zona de confort, a evadir el cambio “por las dudas”, sin percibir que incluso nuestro organismo cambia incesantemente. 

“Nuestras células tienen un reloj biológico, envejecemos, morimos, cambiamos, y todo cuanto nos rodea cambia. Lo sabemos, aunque creamos que nuestro mundo permanecerá siempre igual. La certeza nos brinda seguridad y nos aleja de las sombras del peligro, aunque sea de manera ilusoria”, comenta Moreno. 

La crisis, una oportunidad

Hasta aquí, tomamos nota de la idea de ir en busca de nuevas experiencias, de elegir qué curvas del camino modificar y qué otros tramos del paisaje dejar en su lugar. Pero ¿qué pasa cuando el cambio se impone o se hace irremediablemente necesario?
“Siempre hay signos y síntomas de que un equilibrio se está fracturando.  La angustia y la ansiedad, muchas veces escondidas en insomnio, necesidad de sedantes, chocolates o bebidas, la mayoría de las veces anuncian que estamos frente a la necesidad de un cambio”, explica Moreno. “Resta saber qué cambio, en qué parte de nuestra vida, con qué intensidad y hacia dónde queremos conducirlo”.

Aquí es donde entra en juego la palabra “crisis”, prólogo de muchos –sino de todos– los giros de timón que se presentan en la vida. 
“Toda crisis nos coloca ante un horizonte diferente, ante un paisaje nuevo que podemos transitar, o no. El motor de la crisis es su hambre de cambio, la búsqueda de un nuevo equilibrio. Si es el anterior, no será el mismo: mantendrá la identidad, pero redefinida; si es otro, construirá un sistema nuevo, con otra identidad”, asevera Jorge Daniel Moreno. 

Lo importante es elegir qué queremos hacer con ese sacudón: si meternos debajo de la cama o transformarlo en algo productivo. 
“Siempre elegimos, aun cuando nos refugiamos en un rincón o cuando nos agarramos fuerte de los bordes de la barca y cerramos los ojos para no ver hacia dónde nos está llevando”, sentencia Moreno. Sin embargo, advierte: “Lo importante es que la decisión tenga una intención; elegir un rumbo para orientar nuestro andar. El rumbo organiza nuestras acciones en virtud del deseo. Luego, el trayecto no es lineal, pero lo importante es el norte”. 
“Tenemos que redescubrir nuestros deseos naturales y dotarlos de curiosidad, cuestionamientos, exploración e investigación”, recomienda Gerver. 

La otra almohada

Quienes nos acompañan son los primeros testigos del cambio. Y si bien, muchas veces, se mueven como mentores y compañeros, otras tantas pueden no comprendernos o no estar de acuerdo con el nuevo paso. 
“El cambio personal impacta en nuestros contextos sociales. Hay cambios personales que nos alejan de algunos amigos y nos hacen tener otros y, por supuesto, que impactan en nuestras parejas. Claro que hay cambios y cambios: ‘Me hago vegetariano’ es una cosa, ‘Salgo del placar’ es otra.  De acuerdo con su dimensión, todo cambio incide en nuestras parejas, porque nos redefine tanto como redefine pautas del acuerdo de la relación”, explica Moreno. El mayor problema se da cuando la innovación, por su significancia, pone en juego a la relación en sí misma: “Ciertos cambios modifican un vínculo y pueden llevarlo hasta el límite mismo de su existencia. Lo que hay que tener en cuenta es que nos constituimos en lo que somos y también somos en tanto nos relacionamos”, advierte el especialista. 

La pregunta es: ¿cómo descubrimos qué priorizar cuando un deseo de cambio se manifiesta, pero pone en peligro a la pareja? Moreno nos da una respuesta: “El deseo es una guía; aunque parezca un poco antipático, también lo es lo construido y, por qué no, el deseo de conservar. Los dos horizontes que se abren son el deseo de mantener y también el de explorar otras posibilidades. No hay bueno o malo en un camino o en el otro; hay, eso sí, mayor o menor satisfacción, mayor o menor bienestar, y quizás esos sean los nortes de la brújula”. Para detectar hacia dónde se quiere girar el timón, es fundamental encontrarse con uno mismo y sentir qué necesidades son las que se imponen. Sin embargo, también hay que dejar entrar al afuera y entregarse a la exploración. Como propone Gerver: “Salga, conozca gente nueva, pruebe comida nueva, viva experiencias nuevas… Desafíese todos los días. No necesita ser algo grande. Redescubra la manera de pensar de cuando era niño. Continúe preguntando: ‘¿Qué pasa si…?’ Muchas veces, pensar en lo desconocido nos da más miedo que la realidad y no debería ser así”.

Inspirarse en los más chicos* 

Una de las razones por las que los niños pequeños son tan buenos para aprender es porque no se dan cuenta de que equivocarse está mal. Como resultado de la presión, a medida que crecemos, intentamos cada vez menos hacer cosas que no sabemos o que no controlamos. Así, nos volvemos menos creativos y curiosos, porque desafiamos cada vez menos nuestro pensamiento. Y esto lleva a los hábitos que hacen que muchos le temamos al cambio.
*Por Richard Gerver, autor de El cambio, editorial Conecta.

Congelar el presente*

Pensemos en el territorio de una pareja e imaginemos que todo será igual, que podemos congelar un momento y hacerlo eterno. Interesante, ¿no?  Por supuesto que sí. ¿Quién no ha coqueteado con esta idea? Ahora imaginemos que lo logramos, que podemos hacer del presente un futuro siempre igual. ¿Monótono?, quizá. ¿Aburrido?, quizá. Porque un presente eterno, por mejor que sea, nos enfrenta a la pérdida de otras posibilidades, que acaso nos conduzcan a otros presentes mejores. Un momento de suma felicidad, congelado en el “para siempre”, puede resultar, a la postre, abrumador. En esas dos sensaciones oscila el cambio: tiene los colores del deseo y también del temor. En función de eso es que queremos que ocurra, pero también que no ocurra.    
*Por Jorge Daniel Moreno, autor de Crisis. Cómo y cuándo cambiar, Ediciones Paidós.


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