ENTREVISTA


Música para el alma


Por Carolina Cattaneo.


Música para el alma 

La Orquesta-Escuela de Chascomús, una institución modelo, busca la inclusión social de más de quinientos chicos a través de la participación orquestal. Su creadora, María Valeria Atela, dice que allí aprenden a ponerse metas y descubren que pueden cumplir sus sueños. 

Es una tarde fría en Tecnópolis, al norte del Gran Buenos Aires, y algunos de los quinientos chicos de la Orquesta-Escuela de Chascomús interpretan un repertorio de canciones clásicas y populares. Están sentados sobre sillas de plástico, y muchos no llegan a tocar el suelo con los pies. Tienen la vista clavada en sus partituras y toda la atención puesta en sus instrumentos. Buscan dar con la nota más afinada, con la nota perfecta. Saben que cualquier equivocación puede romper la armonía del conjunto. Los dirige María Valeria Atela, de 38 años, la profesora de Música que hace dieciséis, y con apenas 21, montó la Orquesta-Escuela para chicos de los barrios más vulnerables de su ciudad, con una metodología que ella misma diseñó y que, con el tiempo, se replicó en más de veinte distritos bonaerenses y que hoy trabaja en red con unas cien orquestas infantiles y juveniles de todo el país, a las que llaman “núcleos”. 

Si sus músicos tocan el Carnavalito, por caso, ella acompaña el ritmo con un vaivén alegre del cuerpo. Mueve sus brazos y manos en ese código que solo comprenden los entendidos, que en este caso tienen entre 6 y 16 años. Más tarde invitará a los más pequeños del público a sumarse a tocar. El espectáculo termina con un happy blues, la gente aplaude, los músicos saludan y se esparcen rápido, antes de que el micro vuelva a su ciudad. A María Valeria se la ve cansada pero contenta. Para muchos de los chicos ese fue su primer concierto. Tal vez el primero de cientos. También, quizá, sus destinos hayan quedado orientados para siempre hacia una vida dedicada a la música.

De aquel espectáculo pasaron unos meses. Ahora es sábado por la mañana y la combi toma la autopista Buenos Aires-La Plata y luego la ruta 2. Serán 120 kilómetros hasta Chascomús. Campos,  bosques de eucaliptos, el parador Atalaya de las tradicionales medialunas se suceden hasta llegar, por fin, a esta ciudad de 35.000 habitantes. Para bajar en la Orquesta-Escuela alcanza con decírselo al conductor, así él detiene la traffic en el lugar preciso. Aquí, la Orquesta-Escuela goza de tanta popularidad como la laguna.

“Entrar con precaución. Obra en construcción”, dice un cartel en la puerta de un edificio de dos plantas que aún está sin pintar y al que hay que entrar pisando diarios. Allí está repleto de chicos y adolescentes. Un par de ellos juega al sol en un jardín trasero. Unos llevan atriles; otros, palillos de percusión. Un profesor enseña guitarra a un grupo de tres alumnos en una salita sin puerta. Una chica practica violín en un cuarto con puerta pero sin vidrio. Un albañil alisa el cemento de una escalera. El padre de un alumno entra con fundas de instrumentos que reparó en su taller de tapicería. 

Alguien dice que María Valeria Atela está por llegar y, durante la espera, Ana Belén Pavón, de 41 años, cuenta que ella desembarcó en la Orquesta-Escuela en 2010 y que desde entonces acompaña a su directora en la coordinación de la Orquesta y de la Fundación Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de la Argentina (SOIJAR). Ana Belén muestra entusiasmo cuando cuenta que el trabajo que se realiza allí tiene a la enseñanza musical gratuita como herramienta para promover la inclusión social de los chicos y adolescentes de los sectores más vulnerables de su ciudad. Que lo que guía a sus docentes, algunos de ellos exalumnos, es atraer a cada vez más niños hacia el aprendizaje para que, de ese modo, amplíen su universo cultural y humano y, según el interés personal, puedan forjarse una salida laboral. Para eso, van a escuelas, a clubes y a sociedades de fomento, y buscan despertarles la atracción con conciertos didácticos. Si alguno queda seducido por algún instrumento y decide inscribirse, gran parte de la misión está cumplida. Pero si ese chico o esa chica se anotó y por alguna razón no asiste a las clases, van a su casa, hablan con su familia, los llama la preceptora, el profesor, sus compañeros. “La idea es que vengan acá”, dice Ana Belén, en medio del sonido de trompetas, trombones y violines que llega desde distintas direcciones. “Si todos quieren venir, veremos dónde entran, pero es nuestro objetivo final”.

En dieciséis años ya pasaron unos 1500 chicos, y muchos de ellos tocaron en teatros como el Colón. Hoy, todos los sábados, asisten a la Orquesta-Escuela unos 280 alumnos, pero la cantidad de chicos a los que llegan es mayor, porque sus profesores tienen presencia permanente en todas las escuelas urbanas primarias y en muchas secundarias de todas las localidades de la ciudad, de modo que su matrícula supera los 500 alumnos. “Orquesta Preinfantil María Elena Walsh”, dice un cartel al lado de la puerta de un aula pequeña repleta de niños pequeños, tan pequeños que aquello parece una sala de jardín de infantes. La “María Elena Walsh” es una de las formaciones de la Orquesta-Escuela. Las otras son la Orquesta de Nivel Inicial Guastavino, la Sinfónica Gianeo y la Sinfónica Ginastera. Entre todas abarcan a chicos de 3 a 25 años. También tienen un ensamble de percusión, una camerata de cuerdas, una banda, un coro y una escuela de guitarra criolla. En la Orquesta de Nivel Inicial se produce el primer toque de magia: “Un chico, si nunca tocó un instrumento, lo hará automáticamente ese día. Después de cinco clases, pasará a la Sinfónica Gianeo y participará del proceso pedagógico que incluye clases personalizadas, talleres de familias de instrumentos y lenguaje musical”, detalla Ana Belén. Cuando llegan sin saber de música, se sienten en igualdad de condiciones; no importa de qué barrio vengan ni a qué se dediquen sus padres.

La integración es la columna vertebral sobre la que se apoya el sistema. El 80% de los chicos que participan de él proviene de poblaciones que de otro modo no podrían acceder a una propuesta de esas características. A su vez, ese 80% vive en contextos distintos: van a buscarlos a escuelas con padres obreros, a escuelas que tienen familias numerosas, a escuelas que están alejadas de la ciudad. El otro 20% proviene de una inscripción abierta. Así, convergen realidades sociales heterogéneas en un lugar donde, para pertenecer, solo hay que practicar con disciplina los instrumentos. 

En dieciséis años, el proyecto tuvo varios hitos. Uno de ellos fue cuando, en 2004, el Maestro José Antonio Abreu, creador del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela –modelo a nivel mundial– eligió a la de Chascomús como “semilla” de su sistema en la Argentina, y desde entonces se generó una relación fluida en la que se intercambian conocimientos y recursos. El otro fue en 2005, cuando la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires tomó la experiencia de Chascomús como modelo pedagógico para crear un programa provincial a través del cual se crearon más de veinte orquestas. El programa sigue existiendo y es el que financia el sueldo de los más de treinta docentes de la Orquesta-Escuela de Chascomús. El salario del equipo que trabaja en la coordinación de las actividades de la Orquesta, los materiales didácticos o los instrumentos se cubren con el apoyo de la Municipalidad local, de la Asociación de Amigos de la Orquesta-Escuela y de padrinos que colaboran.

Música, maestro 

Desde los 45 días hasta los 5 años, María Valeria Atela pasó mucho tiempo en el jardín de infantes municipal donde su mamá era directora, un jardín al que iban chicos de familias de bajos recursos. Tal vez esa experiencia en un mundo diferente al suyo y el tremendo sentido común que dice que tiene su padre, que fue gomero, luego mecánico y más tarde vendedor de autos usados, fue lo que sembró en ella su vocación pedagógica y social. Con respecto a la música, solo recuerda la atracción que le generaba el piano del jardín o cuánto disfrutaba de escuchar a su abuelo tocar el acordeón. A los 8 años entró al Conservatorio local. A los 15 comenzó a dar clases. Cuando terminó la escuela secundaria se quedó un año más en Chascomús y terminó el Profesorado de Música. Mientras tanto, trabajó en dos escuelas muy humildes. Cuando llegó a la Ciudad de Buenos Aires, se anotó en la carrera de Musicología en la Universidad Católica Argentina y dio clases en un colegio privado trilingüe de Palermo. “Pasé de chicos que no tenían nada a chicos que lo tenían todo. Entonces vi la otra cara de la motivación. Vi cómo la sencillez y el amor en lo que uno trasmite también son transformadores en otros contextos. La música es transformadora en todas las realidades”, dice María Valeria.   
                    
En su segundo año en Buenos Aires un profesor de la facultad le propuso implementar en su pueblo un proyecto de orquestas infanto-juveniles en el marco de un programa de la Secretaría de Cultura de la Nación. Aceptó el desafío. “No había lineamientos técnicos ni pedagógicos; me permití crear y recrear una modalidad de trabajo. Ahí usé una metodología específica y empecé con el proyecto”, cuenta. Lo hizo pensando en que ese método debía estar basado en una analogía entre el desarrollo personal y colectivo de los seres humanos y la participación en una orquesta. “En un proceso personal, nada tiene sentido si no lo construimos en el marco de un ideal de ciudadanía. Si te preocupás solo por tu desarrollo personal, y no entendés que todo lo que hagas bien o mal repercute en tu entorno, no hay una salida posible para nadie. Queramos o no, seamos conscientes o no, todos somos constructores de nuestra realidad. Es como en la orquesta: no hay forma de que no afectes bien o mal al todo. Eso mismo pasa con el mundo. Todos somos responsables”. 

El Programa Nacional se cayó y María Valeria le propuso el proyecto a la Municipalidad de Chascomús, que le dijo que sí. Una empresa privada local donó dinero para comprar los primeros instrumentos y en febrero de 1998 la Orquesta-Escuela ya estaba en marcha. A los cuatro meses, sus alumnos dieron el primer concierto.  Todo creció hasta tomar una dimensión impensada. En dieciséis años la Orquesta se mudó tres veces. Cambiaron algunas caras y pudieron renovar algunos instrumentos. En medio de todo María Valeria se casó y tuvo dos hijos, que hoy tienen 3 y 5 años. En la sede propia, tan anhelada por tanto tiempo y donde todo huele a cemento fresco, María Valeria dice que encontró la felicidad en ser puerta para muchos chicos. “Sé que hoy pueden proponerse una meta, soñar y saber que llevar a la realidad sus sueños implica esfuerzo”.

Pensar el presente, soñar el futuro

La inclusión escolar es un proceso mucho más grande que obtener una vacante; es un proceso en el que se construye el sentido de pertenencia e implica la construcción de ciudadanía. No es sencillo para los chicos sentirse parte de un grupo de pares. Un niño necesita crear lazos desde un lugar propio, con un rasgo que le permita vincularse a un grupo; eso lo orientará para relacionarse con los otros. Las orquestas infantiles y juveniles son un andamiaje excelente para atravesar ese proceso. “Soy chelista”, “Soy violinista” , dicen los chicos que pertenecen a orquestas. Son frases que muestran la construcción de un nombre propio que enlaza a un grupo y genera lugares de pertenencia: las orquestas juveniles permiten acercar la música a sectores sociales que fueron privados de ella, acercan sonidos que tal vez solo han escuchado a partir de ser parte de ellas. Los alumnos, las familias y sus barrios sienten orgullo de tener un hijo músico en su casa. La orquesta es un proceso de inclusión real que per-mite, a partir de la música, pensarse en un presente y soñar un futuro.

*Por Marina Lerner. Licenciada en Psicología, especialista en convivencia escolar. Coautora de Violencia, cómo construir autoridad pedagógica para una escuela inclusiva.

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