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La vida sigue aquí


Por Aníbal Vattuone.


La vida sigue aquí 
Pedro Algorta, sobreviviente de la tragedia de los Andes, escribió un libro sobre aquella impactante historia que conmovió al mundo en 1972. Precisamente, el 22 de diciembre se cumple un nuevo aniversario del rescate. “Cada uno quería sobrevivir: nos dimos cuenta de que alcanzaríamos esa meta solo a través del grupo”, recuerda.

Es curioso. Pedro Algorta mueve el vaso con su mano, y los hielos que están dentro también se mueven con fuerza. Lo llamativo son esos hielos. Y no en esta Buenos Aires que se derrite (aquí los hielos se bendicen). Lo raro es que, hace cuarenta y dos años, a Pedro lo rodeaba una cantidad infinita de hielo. El frío y la nieve lo acompañaron durante más de dos meses en la cordillera de los Andes. A él y a sus compañeros del trágico y mítico vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya. Allí, Pedro consumó lo que para el mundo fue inverosímil: vivir. 

“Más allá del accidente en sí, del que tengo recuerdos muy borrosos, el momento más duro fue el alud. A los veinte días de estar en los Andes, nos cayeron toneladas de nieve que nos sepultaron, y murieron ocho de nuestros amigos. Eso fue para mí lo peor: ese instante lo recuerdo nítidamente. Lo pasé muy mal, estuve a punto de morir”, cuenta Pedro, con mesura. Pensar que ahora está plácidamente aquí, muy cómodo en el living de su casa, cuando estuvo tan angustiosamente “allá”. Hoy, Pedro cree oportuno volver a repasar aquella etapa. Por eso, escribió un libro: Las montañas siguen allí. “Estuve treinta y cinco años tratando el tema de los Andes como algo privado. Hice mi vida normal, formé mi familia, y siempre con los Andes guardado en la mochila. En mi casa tampoco hablábamos constantemente de lo ocurrido. Yo no lo ocultaba, pero nadie me preguntaba nada. Nunca. De hecho, hubo una época en que necesité no tocar el tema. No estaba listo. Hasta que me di cuenta de que tenía algo para decir. 

Todo lo que se había escrito o las películas que se filmaron –por más que algunas estén bien hechas y cuenten la verdad– no me representaban. La manera en que viví aquellos setenta días es personal, como lo es para cualquiera de los que pasamos por eso. Y sentía que lo tenía que escribir, que era un buena oportunidad para abrir la mochila”, esgrime Pedro. Y advierte: “Mi libro es un testimonio donde cuento lo que pasó en una forma muy sencilla. Tiene bastante detalle, ya que me parecía necesario para que efectivamente se entienda por lo que tuvimos que atravesar. Pero sin adjetivos; simplemente narrar lo que ocurrió. Y destacar la enorme capacidad que tenemos los seres humanos para recuperarnos de una tragedia”.

–¿Por qué Las montañas siguen allí?
–Regresé al lugar del accidente hace dos años, por segunda vez y con mi mujer. No pensaba volver, pero se dio la oportunidad y fui. Lo que encontré fue justamente eso: que las montañas seguían allí. Yo era otro y mis compañeros también. Pasamos por otras vicisitudes, por otras “montañas”, pero aquellas, donde nos perdimos, seguían allí… y seguían igual. No tenían un ápice de distinto, pero nosotros sí. Me imaginé, entonces, lo pequeños que somos, lo frágiles, y que algún día nos vamos a ir de esta tierra… y las montañas van a seguir allí.

–¿Qué otras sensaciones tuvo?
–Me impresionó la montaña, el silencio, cómo hicimos para sobrevivir setenta días en ese lugar tan inhóspito, donde la vida no es bienvenida, ya que a cuatro mil metros de altura hay nieve, hielo, rocas… y nada más. Solo  en contacto con las manifestaciones vitales más básicas. Me dio una gran alegría haber salido de allí y valoré aún más lo que hicimos a los veinte años. A veces me olvido de lo que tuvimos que pasar.

–¿También tiene que ver con los recuerdos? Como si una parte suya estuviera ahí, siempre… 
–(Piensa). En ese aspecto, las montañas están conmigo. Es decir, hubo un Pedrito joven que lo pasó muy mal, que tuvo hambre, frío, al que se le murieron los amigos, y que pudo hacer el duelo por ellos. Sin embargo, eso no me impidió hacer mi vida. Por caso, jamás tuve una pesadilla. Eso tiene que ver con el tema de “colocar la montaña en la mochila”: hay que caminar y avanzar con una mochila pesada, ya que uno no se puede olvidar de cosas que, de un instante a otro, vuelven a aparecer. Pero lo nuestro es notable, ya que, precisamente, vivimos normalmente.

Con una tijera invisible, Pedro corta la charla. Es un break exacto. Volverá con el libro, el suyo, el propio, el que reposa en su mesita de luz. El que está lleno de pos-it… Y nos lee: “En alguna ocasión he hecho referencia a una historia que escuché del monje benedictino Anselm Grün. Dijo que los hombres, cuando les sucede algo grave, pueden tener tres reacciones. Una es no poder resolverlo y quedarse enredado al pasado, trabajando sobre una herida que no cicatriza y permanece abierta, en la búsqueda de culpables y en la búsqueda de, por qué no, justicia. Esta postura, por más que en ocasiones sea correcta, no sana, no permite dar vuelta la hoja y mirar hacia adelante. Lo otro que podemos hacer es intentar olvidar lo inolvidable y vivir como si no hubiera pasado nada, sin reconocer que, de hecho, sí nos pasó algo y que, tarde o temprano, esa herida se manifiesta. Y la tercera es hacer como las ostras, que cuando reciben una herida, como un grano de arena que las penetra, se concentran sobre esa herida, en ese grano de arena, para transformarlo en una perla y ofrecerla al mundo. No se quedan anclados a ella y pueden ofrecer esa herida a los demás. Es una parábola muy hermosa. Yo por mucho tiempo he buscado esa perla, sin saber dónde estaba, preguntándome qué tengo para ofrecer. Finalmente, creo que la encontré: mi perla es nuestra resiliencia; es, justamente, esa capacidad que nosotros hemos tenido de haber resistido sin rompernos y haber podido hacer una vida normal después de haber sobrevivido a los Andes”.

–¿Recuerda cuáles eran los pensamientos que rondaban por su cabeza antes del accidente? ¿Qué sentía en el avión, con qué soñaba, con qué ilusiones viajaba a Chile?
–Estaba yendo a visitar a una novia. Anteriormente, había vivido tres años en Chile. Ese era el objetivo del viaje, amén de acompañar a mis amigos que iban a jugar al rugby. Cuando todo pasó, mi novia tenía otra pareja.?Claro, yo me había muerto…

–Increíble…
–Sí… Un problema… Medio complicado. (Pedro se ríe con ganas).

–¿Su novia era chilena?
–Sí, yo terminé la secundaria en Chile.

–¿Qué fue del equipo de rugby tras el accidente?
–Somos dieciséis. Todos nos queremos mucho. Nos encontramos, cada fin de año, en Uruguay, para celebrar la vida. Ahora son reuniones multitudinarias, ya que también van nuestros hijos con nuestros nietos. No somos todos íntimos amigos; tenemos nuestras diferencias, como todo grupo humano. 

–Al momento del rescate, ¿recuerda en qué situación estaba tanto el grupo como usted? ¿La resistencia colectiva todavía era fuerte al día setenta?
–Nosotros nunca nos abandonamos, siempre luchamos para sobrevivir. Buscamos mil caminos y cometimos mil errores, pero siempre nos levantamos. Es cierto que estábamos mucho más débiles y flacos, y se nos habían muerto tres compañeros. Pero teníamos a Roberto Canessa y Fernando Parrado, que hacía diez días que caminaban por los Andes. Sentíamos que eso se tenía que acabar. Hasta el clima era otro: hacía más calor, había un deshielo, el avión, que era donde dormíamos, se movía… No íbamos a poder durar mucho más tiempo ahí.

–¿Siempre tuvo la esperanza de que iba a sobrevivir? ¿Nunca lo contrario?
–Sí… Nunca pensé que me iba a morir. Es cierto, era una posibilidad, pero pensaba que podíamos salir, que podíamos vivir un día más. Era estar focalizado en el presente, en lo que pasaba, en estar bien cada minuto… Así avanzamos hasta llegar al final. Si nos hubiesen dicho que en setenta días nos vendrían a buscar, seguramente estaríamos muertos, ya que era imposible soportar esa cantidad de tiempo. Sin embargo, de un día a la vez, nosotros llegamos al final.

Usted dijo alguna vez: “Cada uno tiene sus montañas; lo que pasa es que la mía ha sido pública”. ¿De verdad cree que la suya es una experiencia comparable a muchas?

–…Pedro recoge otra vez el libro. Le encanta Ernest Shackleton. “¿Conocés la historia de Shackleton? Él estuvo dos años de un iceberg a otro, junto con cuarenta personas. Hasta que pudo salvar a su tripulación. Algo impresionante. Yo digo –recita textualmente–: ‘La experiencia de Shackleton y su gente me impresiona más que la nuestra, ya que yo estuve en los Andes y no en la Antártida, y sé que lo nuestro se puede hacer. Probablemente, si le contáramos a Shackleton nuestra historia, quedaría impresionado por nuestra capacidad de sobrevivencia, y pensaría lo contrario’”.

–¿Es en esos momentos límites donde se nota la esencia de cada uno? 
–Creo que la esencia personal se percibe en cualquier lado. Lo que sí es cierto es que nosotros estábamos en una situación donde no estaban presentes muchas de las pautas culturales del mundo actual.?La moraleja: tenemos que ser humanos, estemos donde estemos. 

–Pedro, ¿cuánta importancia tuvo la fuerza individual y, especialmente, cuánto la fuerza grupal?
–La fuerza grupal se construye desde la individual. Cada uno quería sobrevivir. Lo que pasó es que nos dimos cuenta de que solo alcanzaríamos esa meta a través del grupo. Debíamos estar unidos. No trabajábamos en grupo por generosidad, por amor, o lo que sea… ¡No había otra salida! 

–¿Qué enseñanza le dejó la experiencia en los Andes?
–Me cuesta resumirlo en un mensaje. Lo mío es una vivencia, un testimonio. No hay una frase. Lo único que puedo decir es que, ante la adversidad, hay que caminar.

–Usted defiende la frase “Se puede continuar”. ¿Siempre pensó así o la vida lo volvió más fuerte?
–Yo no soy más fuerte que otros, soy una persona vulnerable. Por eso digo que es muy bueno que hayamos vuelto a ser muy parecidos a lo que éramos antes. Los dieciséis que salimos vivos de los Andes somos hombres comunes y corrientes. No fuimos tocados por una varita mágica que nos protegió del resto de los dramas de las personas. Al contrario.

El accidente

El 13 de octubre de 1972, el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya se estrelló en la cordillera de los Andes. Había cua-renta pasajeros (entre ellos, el equipo de rugby Old Christians, formado por alumnos del colegio Stella Maris) y cinco tripulantes. Sobrevivieron dieciséis. El 21 de diciembre de aquel año, después de días de caminar buscando ayuda, Nando Parrado y Roberto Canessa encontraron a un huaso chileno. 
El 22, el rescate se ponía en marcha.

Se habla cuando se puede

¿Cómo tomaba la gente su pasado como pasajero de aquel vuelo? Pedro contesta: “Quedaban azorados, les producía un shock muy fuerte; por eso mismo yo no lo contaba. La gente no está preparada para tamaña emoción. Cuando volaba por encima de la cordillera de los Andes, trataba de identificar algún lugar parecido al que nosotros estábamos. Ahí sí, automáticamente, me afloraba el tema y necesitaba hablarlo con quien tenía al lado. Claro, la persona se cambiaba de asiento, ya que no soportaba semejante tensión. Incluso hoy no hablo en cualquier lugar ni permanentemente; mis amigos me matarían…”.

El después 

Revela Pedro sobre los sentimientos posteriores a aquellos días andinos: 
“Al día siguiente ya había otra montaña que subir. Así es la vida: hay que subir montañas. Por eso, rescato la capacidad de volver a vidas parecidas a las que íbamos a tener. Como si no hubiésemos tenido el accidente de los Andes. Podría decir que aprendí la relevancia de la naturaleza, de los pájaros, del amor, la felicidad, pero en el fondo no lo sé, no estoy seguro. A mí siempre me gustó la naturaleza, la familia, una buena charla. Me gustaban antes y después de haberme caído en los Andes. Así que yo soy el que más o menos iba a ser”.

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