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“El deseo es el motor de nuestra vida”


Por Mariano Petrucci.


“El deseo es el motor de nuestra vida”
¿Hacemos lo que queremos o lo que debemos? En su más reciente libro, Daniel Fernández propone trazarse metas, ignorar los obstáculos externos, despojarse de los prejuicios y cuestionar los mandatos. A días del  año 2015, reflexiones para caminar hacia la felicidad.

Usted no será feliz. Ni en 2015, ni en 2020. Al menos, no completamente. Vamos a explicarlo: dentro de no-sotros, hay una fallita estructural que nos hace convivir con cierto grado de insatisfacción perpetua. Digamos que entre lo que perseguimos y lo que luego terminamos obteniendo, suele no haber coincidencia total (ni cóncava ni convexa, Roberto Carlos). Insaciables, procuramos más. Pero no pongamos el punto final aquí. No podemos hacerlo a tres días de levantar la copa, cuando renovamos nuestras aspiraciones para 2015. Advierta el “al menos” y el “suele” del párrafo anterior. Eso significa que no todo está perdido ni que debemos entregarnos a la buena de Dios. No. Amerita esta época del calendario renovar esas esperanzas que nos auguren mayores albricias. 

Según los especialistas, hay dos primeros pasos para lograrlo. Uno, amable, accesible: ser conscientes de nuestros propios deseos. El otro puede atravesarnos de norte a sur y de este a oeste: ¿Estamos haciendo con nuestra vida lo que queremos o, simplemente, lo que se supone que tenemos que hacer? Esta misma pregunta se hizo Daniel Alejandro Fernández para su libro ¿Serás lo que debas ser? “Me tomé el atrevimiento de poner entre signos de interrogación la famosa frase de San Martín para cuestionar los mandatos que nos rigen. Debemos ser tal o cual cosa para satisfacer… ¿a quién? Si es para buscar complacernos a nosotros mismos, habrá que enfocar los cañones no tanto en lo que debemos, sino más bien en lo que deseamos. Y nunca es tarde para darnos cuenta de esto”, destaca Fernández. Y profundiza: “No importa la edad que tengamos ni qué circunstancia estemos atravesando, todos apuntamos a ser felices”.

Para este licenciado en Psicología, el deseo ocupa un papel central. De eso depende, incluso, la salud mental. Dice Fernández: “Todo lo que se reprime genera síntomas, hasta en el cuerpo. Por eso, el deseo debe ser como un faro a seguir, ese al cual tendríamos que llevar nuestra embarcación. Para graficarlo más sencillo todavía: el deseo es como esa zanahoria que se coloca delante del burro para que la alcance. Tal vez nunca lo haga, pero habrá de avanzar. El deseo es el motor de nuestra vida. Es lo que nos hace ponernos una meta, y después otra más. Así vamos creciendo, asimilando experiencias, y capturando pequeños y grandes momentos felices”.

–¿Es tan determinante trazarse metas?
–¡Es imprescindible! Quien no tiene una meta está sin rumbo; por lo tanto, terminará en algún lugar que no buscó. Al no tener una línea de llegada, uno vive en piloto automático. Hay que conocerse, ponerse en jaque. Es crucial que tengamos proyectos a corto y largo plazo. Pero que sean nuestros, nuestros de verdad. Porque hay un riesgo mayor: confundirnos con las metas de otras personas y hasta tomarlas como propias.

–Daniel, ¿cómo es eso del hilo invisible que une los obstáculos externos con los internos? 
–Parto de la hipótesis de que la mayoría de los obstáculos externos son la proyección de un obstáculo interno. Es decir, si esos obstáculos externos se presentan como tales, bloqueando nuestro andar, es porque algo a nivel interno lo valida, lo consiente. No hay que dejar que cobren tanto poder: no es el afuera lo que más entorpece nuestro avance, sino lo que en nosotros lo permite. Tengo un ejemplo.

–A ver… 
–Recuerdo a un joven que se quejaba porque su jefe lo maltrataba. Argumentaba que eso no le ocurría a sus otros compañeros. Que lo atosigaba solo a él porque lo había “tomado de punto”. A la vez, mi paciente afirmaba que esto ya le había sucedido en otros empleos. ¿Cómo evitaba este obstáculo? Renunciando. Obvio, esto no disolvía el problema, dado que aquello que no se soluciona ni se enfrenta correctamente puede volver a repetirse. ¿Entonces? Había que dar con la tecla: el obstáculo interno. ¿Cuál? Su dificultad para poner límites, para hacerse valer y respetar, para hacerles frente a los demás. Si resolvía eso, que tenía como raíz una bajísima autoestima, lo de afuera ya dejaría de ser un inconveniente para él porque habría aprendido a manejarlo. Un obstáculo externo es una excelente oportunidad para juzgar qué tenemos que ver nosotros, íntimamente, con ello.

Responsabilizarnos

El exceso de autoexigencia, la culpa, el rencor, el miedo, los “no puedo”, el vacío existencial, la falta de voluntad, obsesionarse por gustarles a los demás, la tendencia a regodearse en el pasado y en el sufrimiento, la reiteración de situaciones displacenteras irresueltas… El 31, a la medianoche, hay que aprovechar el Año Nuevo y despojarse de esta mochila que cargamos sobre la espalda, aunque sea un tanto embarazoso. “Tenemos que hacernos cargo. No hay recetas mágicas, pero sí podemos empezar planteándonos quiénes somos y quiénes queremos ser. Hay que destrabar nuestros conflictos y dejar de caminar en círculos”, propone Fernández.

–Decirlo es fácil, Daniel…
–Sí, lo sé. Concretarlo es una tarea ardua, pero veámoslo distinto: ¡menos mal que es así! De lo contrario, no valdría la pena ni siquiera intentarlo. Si un objeto de gran calidad tiene un precio elevado, ¿por qué no habría de costar un cambio trascendental? Asumamos, de una vez por todas, que somos responsables de nuestra felicidad. Si estamos seguros de que nuestras metas son acordes con nuestros deseos, a la larga, disfrutaremos de ese camino, por complicado que resulte. Eso sí: hay que animarse, que no es poca cosa. A mí me preocupan aquellos que se sumergen en la queja constante, tratando de echarles la culpa a los otros… ¡Con los otros no podemos hacer nada! ¿Y si nos miramos al espejo y detectamos qué podemos modificar nosotros? 

–La mirada ajena, los prejuicios: son letales.?Casi que nos aniquilan.
–Los prejuicios son juicios anticipados, emitidos sin el conocimiento previo necesario. Por lo tanto, ¿qué tenemos que entender? Que están basados solo en nuestra fantasía y tienen grandes chances de ser erróneos. Así que, ¿por qué no nos libramos de eso? No les hagamos caso y veámoslos como lo que son: un problema que tienen esos otros, pero no nosotros. Asumir esa responsabilidad no solo es utópico, sino una pérdida de tiempo. Por supuesto, a todo el mundo le gusta agradar. A todos nos influye, en mayor o menor medida, la opinión del tercero. Pero quien base su vida en esa mirada ajena y, a partir de eso, tome sus decisiones estará condenado a la infelicidad. 

–¿Cuán autocríticos tenemos que ser?
–Lo suficiente para no culparnos, pero sí para responsabilizarnos. Yo diferencio la culpa de la responsabilidad. La culpa sirve solo para autoflagelarnos, para castigarnos sin propósito alguno. Basta con que alguien se sienta culpable para que su inconsciente se las ingenie –de alguna forma rebuscada– para propinarle un buen escarmiento. Lo mismo puede aplicarse a la autoexigencia desmedida: si las expectativas son altas, las posibilidades de frustrarnos serán mayores. 

–Hablaba de responsabilizarnos. 
–Sí, con eso me refiero a que debemos sincerarnos con nuestro grado de implicancia en eso que padecemos y que nos disgusta tanto. Por suerte, los seres humanos no somos árboles, así que podemos cambiarnos de lugar si algo nos incomoda mucho. Que el contexto sea el que se altere no es solo una posición cómoda: es infantil.

Mandatos

El médico psiquiatra y psicoanalista francés Jacques Lacan afirmaba: 
“El deseo es el deseo del otro”. A partir de esta frase, Fernández reflexiona: “Desde que nacemos, y aun antes, muchas expectativas recaen sobre nosotros. Al comienzo de nuestra vida, nuestros padres –los primeros ‘otros’– empiezan a proyectar en nosotros sus deseos. Así, los vamos incorporando; luego, la sociedad se ocupa del resto. Y nacen los mandatos. Nuestros deseos se adecuan a nuestra cultura de pertenencia. Quien se crió en una gran ciudad tal vez anhele comprarse un automóvil formidable. Quizás, un niño de la India sueñe con ser el dueño de su propio elefante. De lo que se trata es de cuestionar los deseos para determinar si queremos condicionarnos a ellos… o no. Y para ser felices, es preciso objetar el deseo ajeno. El que debe preponderar es el nuestro”.

Nuevo año: adiós pasado, a mirar el futuro*

Hay personas que se fijan a un sufrimiento antiguo, que no pudieron elaborar el duelo necesario. Están los casos de quienes viven prisioneros del rencor, no advirtiendo que sus efectos destructivos recaen sobre ellos mismos (por lo que continúan anclados a emociones de infelicidad). Otros tienen miedo de avanzar, se consuelan echándoles la culpa a “los otros” o al destino, refugiándose en una posición de víctima desde la cual puedan recibir compasión. Sentarse a esperar que un temor desaparezca es, simplemente,alimentarlo más. Por ello, no deben ser vistos como obstáculos sino como desafíos. Y si alguien siente que no puede, debe intentarlo igual. La dirección de la vida es hacia adelante: quedarnos detenidos contemplando el pasado nos alejará de cualquier posibilidad de ser feliz.
*Por Daniel Alejandro Fernández.  

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