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Todos bailan


Por Mariano Petrucci.


Todos bailan 

Ritmos nuevos, gimnasias afines, programas de TV, espectáculos a montones y cada vez más entusiastas que desean mover el esqueleto. Por qué se resignificó la cultura del baile. Entretelones de una disciplina en auge. Habrá que agradecerle al Zumba, al Pole Dance, a las bachatas de Romeo Santos, al boom de la danza tanguera… o a San Tinelli. Al fin y al cabo, qué más da. Lo empírico es que, por estos pagos, el baile se fortaleció. Comprender por dónde viene el tiro es complicado. Para muestra basta el vertiginoso fenómeno del K-Pop en nuestro país. Según el Centro Cultural de la Embajada de Corea, los fanáticos ya son más de veinte mil. 

Por lo que hay que sentirlo, no intentar entenderlo. En la Argentina, la cultura del baile se resignificó. A punto tal que se entrelaza con iniciativas que, a priori, no le rozan tan de cerca, como la que organizó la Red Solidaria. Ciento cincuenta ciudades se acoplaron a “Bailemos todos”: imagínese a cientos y miles de individuos sacudiendo el esqueleto para concientizar sobre la relevancia de ser solidarios. “El baile siempre convocó, pero, últimamente, hay como un furor alrededor de él. Organismos y academias confirman que hay un creciente interés por esta disciplina. Salió de ese lugar reservado para uno pocos: cada vez más personas incursionan en diferentes géneros. Y se vencieron prejuicios: los hombres no tienen pruritos en hacer danza jazz, y los jóvenes rompieron ese mito generacional y se animan al tango”, diagnostica la licenciada en Psicología María Gabriela Fernández Ortega. “Hay una sólida demanda por parte del público. En la Universidad Nacional de las Artes idearon una especialización en comedias musicales. Y los institutos de danza árabe, de flamenco y de salsa, explotan de concurrentes”.

Lo que dice Fernández Ortega se puede constatar en el caudal de matrículas de alumnos que se apilan en las secretarías de los centros de baile. Por mencionar a una de las más afamadas, la Escuela de Tango de Mora Godoy registra, de 1998 a la fecha, más de setenta y cinco mil estudiantes. “El baile trasciende fronteras, no importa el idioma que hables. La movida es tan gigante que, hoy por hoy, las grandes vedettes del tango son los bailarines. ¿Por qué? Porque complejizaron el género: muchos exponentes tienen sus orígenes en el ballet, el jazz, el folclore, las acrobacias, las telas… Y eso enriquece al ritmo”, define Godoy.  Sergio Pujol, historiador, ensayista y docente, es el autor del libro Historia del baile. Allí escribió: “Para los argentinos, el baile nunca fue algo menor. Y conserva intacto su poder de seducción. En todas las disquerías hay una sección ‘Dance’. El rock, incluso en sus versiones alternativas, se deja bailar. Hay discos de las orquestas clásicas de tango, que antes se escuchaban por nostalgia y ahora por apetencias bailables. Lo más llamativo de la permanencia del baile es ese fuerte contraste entre su franqueza corporal y la tendencia a la virtualidad como rasgo distintivo de los tiempos posmodernos. Cuando es cada vez mayor el número de personas que eligen comunicarse con el otro mediante una pantalla líquida, el baile emerge como un latido del pasado que no ha podido ser apagado”. 

1, 2, 1, 2, 1, 2 

El baile encontró un ribete para refrendarse como una moda que acumula más adeptos: la salud. “En tiempos de estrés, el baile fomenta la sanidad física y mental. Ponemos en juego músculos que ni sabíamos que existían. Se segregan endorfinas, hormonas diseñadas para producir calma y placer”, aporta Fernández Ortega. Consagradas como Reina Reech o Laura Fidalgo opinan en la misma dirección. “El músculo se tonifica y logramos un cuerpo fibroso y delgado. Más allá de cualquier danza, los precalentamientos y la elongación ayudan a trabajar la musculatura. Por otro lado, es más divertido que hacer bicicleta fija o caminar en la cinta”, desliza Reina. Fidalgo agrega: “Es un ejercicio físico completo. Te armoniza”. Repasemos: renovar las energías, liberar tensiones, aumentar la autoestima, burlarse del sedentarismo, afinar la agilidad y la coordinación, entretenerse. Y lo mejor de todo: su carácter democrático, ya que no distingue edades. De hecho, en el Estudio de Danzas y Arte Reina Reech se puede empezar ¡desde los tres años! 

Los seguidores del Pole Dance y Zumba no son tan chicos. Pero son muchos. Hasta hay quienes están haciendo campaña para que, próximamente, las destrezas en el caño sean consideradas un deporte olímpico (aquí hay escuelas en San Juan, Santa Fe, Chubut, Neuquén, La Rioja, Entre Ríos, Tucumán, La Pampa, Mendoza, Santiago del Estero, Córdoba, Salta y Buenos Aires). En noviembre pasado, nuestro país fue sede del mayor campeonato sudamericano de Pole Dance & Pole Sport, donde participaron más de cien atletas. En esta edición, la séptima, hasta sumaron una categoría para quienes pasaron la barrera de los cuarenta. Uno de los promotores fue la Art Dance Studio Pole Dance, pionero de la actividad por estos lares desde 2007. ¿Cuántos inscriptos tiene? Más de mil quinientos. “Los progresos se notan rápidamente, con solo tres meses de entrenamiento. Su notoriedad se debe a que están desapareciendo los tabúes respecto a su origen”, aclara Mara Latasa Saloj, su directora.

Analicemos Zumba. Practicada por quince millones de personas en casi doscientos países, combina movimientos de fitness con baile de ritmos latinoamericanos (salsa, merengue, cumbia y reggaetón). Es decir, permite cumplir con una rutina aeróbica y, paralelamente, disfrutar de una dance-party (así como lo lee). Los especialistas afirman que, por clase, se pueden quemar mil quinientas calorías. Habrá que preguntárselo a Michelle Obama, Victoria Beckham, Jennifer Lopez, Rihanna o Shakira, expertas en la materia.

Gomazo súbete

Picos de 28.4. Ese fue el rating máximo de la última final del Bailando por un Sueño. Para la televisión actual, un hitazo (la noche siguiente, ya sin Marcelo Tinelli en la grilla, ningún envío de El Trece superó los 11 puntos). ¿A dónde apuntamos? Polémicas al margen, el certamen que premió en el 2014 a Anita Martínez y al “Bicho” Gómez instaló al baile en la pantalla chica. Y en el debate en la charla de café. Y en la cantidad de entusiastas que fantasean transformarse en un Maximiliano Guerra o en una Eleonora Cassano. 

“Se puso en la vidriera una pasión popular. Al ver ciertos programas masivos, la gente se dio cuenta cuánto estaba presente el baile en sus vidas, en su ADN. Fue testigo de cómo personajes que no eran bailarines profesionales podían recorrer la pista y hasta coronarse en una competencia: eso le dio confianza a quienes creen que pueden bailar y gozar con este arte. Yo lo comprobé con señoras a las que se les encendió esa llamita interna, y dejaron la comodidad de su casa para anotarse en un gimnasio. O con las madres que llevan a sus hijas a un instituto de danza”, sostiene Mariel Abraham, bailarina, coreógrafa, directora y creadora de Play Urbana (escuela de danzas urbanas). Conferencista en convenciones nacionales e internacionales, prosigue: “Showmatch, por citar un caso, les dio exposición a coreógrafos y bailarines. Los puso ‘delante de cámara’, con un rol que nunca habían experimentado en la televisión. Pero, a su vez, se conoció más en cuanto a términos y estilos de danza. Obvio, no todo es color de rosa: esto se alterna con frivolidad, peleas, mediáticos y chusmerío. Eso es un imán para un show de este tipo, pero el baile se terminó imponiendo, ya que es más atractivo que todo lo demás”.

El argentino está atravesado por el baile. Lo estuvo en la época colonial, en esas tertulias donde primaba el minué, o cuando el candombe ganaba las calles. Lo está con la nutridísima cartelera que tienen, esta temporada estival, plazas como Buenos Aires, Mar del Plata, Carlos Paz y San Luis, con espectáculos como Stravaganza, Priscilla o Pasional. “El baile recobró su significado en nuestra sociedad porque aparece como una forma de transmitir sentimientos, brillo, despliegue técnico, alegría”, concluye Judi Kovalovsky, quien, amén de ser parte del staff de Tinelli, Susana Giménez, Nicolás Repetto, Aníbal Pachano y Miguel Ángel Cherutti, se encargó de la puesta coreográfica de Carlos Baute durante su gira por nuestro país. Vaya si tiene razón.

Al gym*

Hombres y mujeres de todas las edades eligen el baile como una forma alternativa de entrenamiento. Existen varios factoresque justifican esta tendencia: sus beneficios físicos, el ambiente divertido y que no hace falta experiencia previa. Ya son varios los gimnasios que incorporaron las clases de diversos tipos de baile. ¿Más alternativas que están de moda? Zumba, Aero Dance y Free Dance, ideales para quienes buscan bajar de peso y quemar calorías. Son pocas las actividades que logran que la gente vuelva al gym o que se mantenga por un período prolongado: el baile es una de ellas. Disfrutar, mover el cuerpo, compartir, cantar, son algunas de sus claves.
*Por Laura Abramowictz, coordinadora de Técnica de Baile en Megatlon

Al son del 2x4 

“El baile en el tango es un encuentro entre cuerpos, misterioso y silencioso. Hay una demanda internacional muy importante, considerando que este género es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La danza colaboró maravillosamente para que eso sucediese”, sentencia Fernando Soler, creador de Señor Tango, uno de los lugares más emblemáticos de la Ciudad de Buenos Aires. Este viejo almacén de ramos generales construido a comienzos del 1900, con techos abovedados, columnas de hierro y pisos adoquinados en quebracho colorado, es un reducto donde bailarines, entre otros artistas, le sacan “viruta” al escenario. En consonancia con el fenómeno actual, Soler eligió como acompañante a la bailarina y vedette Andrea Ghidone. “Lo que se viene a futuro son espectáculos tangueros al estilo Cirque du Soleil. Tangos cantados… y bailados”, nos adelanta Soler.

Un poco de historia*

La singularidad de la pasión argentina por los bailes sociales hay que buscarla, por un lado, en la emergencia de un baile local, el tango, de pronta expansión internacional (ya en 1913 los europeos lo bailaban más que cualquier otra danza de origen americano). Por otra parte, en la receptividad respecto a músicas extranjeras que, en cierto modo, se aclimataron a la realidad nacional con suma rapidez. Estoy pensando, principalmente, en aquellos bailes que acompañaba el jazz (fox trot, charleston, swing), el rock and roll –que se bailó con particular fruición entre mediados de los cincuenta y mediados de los sesenta– y lo que nos llegó de la propia América Latina –la rumba, el bolero y, en menor medida el samba y el baion brasileños–. Luego hubo fenómenos que impactaron mucho pero duraron poco, como el twist. Por supuesto, mientras todo esto sucedía, no se dejaron de bailar las danzas folclóricas. En los últimos años, la música electrónica y la cumbia parecen ser dos extremos de los bailes sociales,con marcas de clase bastante definidas. 
*Por Sergio Pujol, autor del libro Historia del baile.


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