ENTREVISTA


Más allá de los sueños


Por Aníbal Vattuone.


Más allá de los sueños
Las charlas motivacionales de Daniel Cerezo se convirtieron en un suceso: allí alienta a no renunciar a los deseos y pelear por ellos. Músico, psicólogo, gerente codiciado y conferencista de lujo, superó una infancia difícil con su filosofía: nunca dejar de creer.   Hay personas que se apasionan por el universo de las negras y las corcheas, otras crean talleres y dan charlas, están las que estudian la psiquis del hombre, y las que encabezan una compañía. Daniel Cerezo es todo eso junto: es músico, psicólogo social, gerente y orador en empresas privadas, centros comunitarios y escuelas de barrios humildes. 

¿De qué habla allí o en aquella charla con la que impactó en TEDx? De cómo generar oportunidades y vínculos entre instituciones y comunidades de diversos orígenes. De que todos tenemos la capacidad de ser líderes de nuestro propio proyecto. Del futuro, ese que tuvo que aprender a moldear en una infancia colmada de carencias. Daniel lo logró y con creces. Y al son de Gladys, “la bomba tucumana”.  
“Viví en un contexto bastante vulnerable. La música era un canal que me ayudaba a ‘perderme’ y a olvidarme un poco de lo que pasábamos con mi familia. En el barrio se escuchaba mucho a Gladys. Me hice fanático de ella, de su ritmo tropical, de lo que transmitía: hablaba de las raíces, de que, a pesar de todas las dificultades, podemos ser alegres”, confiesa Cerezo. 

Nacido en 1982 en San Juan, desembarcó en la ciudad de Buenos Aires para alojarse, junto a sus padres y sus cinco hermanos, en el garaje de una tía. El papá murió y los Cerezo quedaron en la calle. Daniel ya lo contó en reiteradas ocasiones: usurparon un terreno en una villa y levantaron una casa; a los 5 años hacía changas para ayudar económicamente a su madre; sus cenas eran pan y agua. “Mi mamá sostiene que la pobreza se puede vivir con dignidad. Si teníamos que salir a conseguir algo, era siempre con respeto: bañados e impecables. Para Zulema los valores están antes que nada”, define como buen hijo orgulloso.

Ahora estamos en la localidad de Boulogne, casi al límite con Villa Adelina, en la provincia de Buenos Aires. Cerezo es afectuoso, ofrece mate y galletitas, y nos presenta a los empleados de la empresa Las Paez. El lugar es amplio, la gente, casi teenager y se respira mucha armonía. Allí es gerente de “Felicidad y Cultura”. Así como lo lee. Él lo explica: “La cultura en una empresa es clave, y esa cultura hay que cuidarla. De eso me encargo yo. La empresa no es más que una institución que nuclea personas; por lo tanto, nosotros nos referimos a ella como una comunidad. Todos somos parte de un gran proyecto, que tiene como objetivo lo comercial, claro. Pero, paralelamente, hay otro fin: que las personas que integran esta comunidad sean felices. Que puedan trabajar en un lugar confortable, que haya un buen clima laboral, que sientan que forman parte de algo y que no son meramente empleados. Cuando hay tensión en algún sector, voy y veo qué es lo que pasa”.

La claridad mental la heredó de Liliana Alpern, su mentora musical, académica y espiritual en el centro comunitario donde pasó su niñez. Ella le enseñó a tocar el piano porque: “Podés aprender eso y mucho más”. “‘Lili’ fue mi madrina, mi ángel de la guarda. Una vez le agradecí todo lo que hizo por mí y ella me contestó que nunca debía olvidar todo lo que yo le había dado a ella. Nosotros tocábamos con los palitos chinos y ella nos hacía creer que éramos Beethoven. Si todos tuviéramos una Liliana Alpern dentro, este mundo sería distinto. Dar no significa regalar lo que nos sobra, sino entregar nuestra alma. Construir con el otro lo mejor que esa persona tiene. Por eso, cuando ‘Lili’ me propuso ser maestro, le respondí: ‘¿Qué puedo enseñar yo?’. Fue fulminante: ‘Para dar no hace falta tener algo en los bolsillos. Hay que tener ganas de dar’. Ahí me cambió la cabeza”.

El alumno se convirtió en profesor, coordinó y dirigió centros culturales, generó múltiples ONG, y unió a casi dos mil niños de escuelas católicas, judías y musulmanas para que juntos cantaran por la paz en el bicentenario argentino. Asiduamente lo convocan para que brinde charlas motivacionales o para que integre la cartilla de docentes de alguna institución. Tiene la agenda apretada: es miembro de las fundaciones Crear vale la pena y Responsabilizarte, y encabeza una consultora, CreerHacer, que tiende puentes entre las empresas, las organizaciones sociales y el Estado. “La idea es acompañar. Facilitarles las cosas a quienes quieran hacer un cambio y mejorar su calidad de vida. En vez de ayudar, hay que intercambiar conocimiento; así, de uno u otro modo, compartiremos aprendizajes”, dice.  

Familia y amigos
 
Otro de los puntos para resaltar en su hoja de ruta fue su trabajo con presos, inculcándoles lo valioso que es imaginar y planificar el día después de la cárcel. “A través de la asociación civil Inicia, empezamos a difundir en ese ámbito la palabra ‘liderazgo’. ¿A qué apuntábamos? A que uno tiene que ser el líder de su ‘proyecto de vida’. Cada joven debe tener una oportunidad. A pesar de lo que uno pudo haber hecho, siempre está la posibilidad de cambiar, de arrepentirse. Tal vez, a quienes estaban allí les faltó un entorno positivo”, reflexiona.  

–En tu charla en TEDx, mencionás la palabra “riqueza” e, inmediatamente, nombrás a tu familia. ¿Por qué lo hacés?
–Porque es el sostén de cualquier persona. Y cuando digo familia, no me refiero, exclusivamente, a los parientes de sangre. La familia también son los amigos. Tengo muy en claro que soy lo que soy por mi familia y por todos aquellos que me rodean. Por los que formamos parte de CreerHacer, por mi madre, mis hermanos, por mi mujer, Soledad, por mis hijos. No hay que creerse el personaje: cualquiera puede ser Daniel Cerezo. Lo que yo expongo en mis charlas le puede pasar a cualquiera. Hubo gente que vivió situaciones mucho más complicadas que la mía. Y hay quienes nadaron en la riqueza, pero experimentaron mucha más pobreza que yo. No tuvieron la dicha y la fortuna de haberse cruzado con quienes yo tuve la dicha de  toparme en el camino.

–Remarcás lo de “proyecto de vida”. ¿Es una forma disimulada de decir: “Apuesten por sus sueños”?
–Sí. Liderar tu “proyecto de vida” es confiar en tus sueños. Hay que luchar para ello, y no quedarse solamente en el pensamiento del sueño individual: si hacés que sea colectivo, es mucho más sencillo alcanzarlo. “Toti” Flores tenía una frase genial: “Cuando con otros somos nosotros, se puede cambiar el mundo”. Estoy cien por ciento de acuerdo con eso. El problema es que vivimos en una sociedad sumamente individualista.

–Fuerte para concluir…
–¿No es así? ¿Quién se acuerda del equipo de la Argentina en el Mundial 86? ¿Y de los jugadores suplentes? Todos recordamos a Diego Maradona. Y si bien su labor fue decisiva, además había alguien que atajaba, otro que defendía y estaba el que pasaba la pelota. Es cultural.

–¿Sí? ¿Cómo es eso? 
–Los Beatles fueron, son y serán Los Beatles, por más que después John Lennon o Paul McCartney se hayan destacado. En la Argentina, Soda Stereo es Gustavo Cerati y Los Fabulosos Cadillacs es Vicentico. La nuestra es una sociedad donde se nota cada vez más el individualismo. Lo colectivo se pierde. Esto le hace mucho daño a nuestro pensamiento…

Filosofía Cerezo 

“En Las Paez llevamos adelante un programa que denominamos ‘Viernes flexible’: si se cumple el objetivo de fabricación, el último viernes de cada mes no se trabaja. Al principio fue difícil, ya que no faltaba quien me decía: ‘Y si quiero venir, ¿me pagan horas extra?’. 

Yo les respondía: ‘No. Si vos querés venir, hacelo, ya que las puertas van a estar abiertas. Pero vas a ver que tu hijo se va a acordar más de ese viernes que pasaste con él que de lo que podrías haberle comprado por las horas extra que trabajaste”, confiesa Daniel. Y prosigue: “La felicidad no pasa por la plata. Obviamente, hay gente que lo pasa mal y necesita el dinero, pero ese no es el camino. ¿Cuál es el camino? Darle herramientas para que se capacite. Tenemos otro programa, que se llama ‘Construyendo comunidad’. El año pasado le modificamos y arreglamos la casa a un chico. Quedó instaurado que, una vez al año, vamos a elegir un hogar para mejorarlo. Ya se anotaron el 98% de los empleados”.

Mensajes 

Daniel rememora las charlas en TEDx: “Es espectacular que alguien en doce o quince minutos te pueda transmitir una idea que logre movilizarte. Fue un aprendizaje para mí: me permitió comprender que los seres humanos somos muy complejos, y comprobar que desde la diversidad se puede construir. Mi mensaje fue: ‘Cualquiera puede ser una Liliana Alpern’. Es decir, cualquiera puede cambiarle la vida a otra persona. Otro mensaje que mandé es que tenemos que preocuparnos y ocuparnos por no llevar adelante una vida pobre. Obvio, eso va más allá de nuestra economía”.

Recuerdos 

Con solo 17 años dio su primer concierto en la Biblioteca Nacional. Cuando terminó, Zulema se le acercó y le confesó: “Yo soñaba con tocar el piano”. Él le contestó: “Mamá, ¿por qué nunca me lo dijiste?”. “No quería que tu sueño fuera el mío”, completó ella. Daniel hoy cuenta: “Cuando empecé a estudiar piano, no sabía cómo decírselo a mamá. Estaba seguro de que se iba a enojar. Pero ella me dijo: ‘Vos podés estudiar todo lo que quieras, siempre y cuando te comprometas con ello’. No podía creer lo que escuchaba.

Hace poco mi hermano subió a Facebook una foto de una Navidad en la que mamá me regaló un teclado chiquito. En la foto estamos los tres hermanos, los dos restantes con muy mala cara, ya que debían compartir el obsequio. Mi hermano escribió un comentario: ‘El único que estaba feliz era el gordo’. Me puse a llorar cuando pensé todo lo que mi familia sacrificó por mí. Ellos guardan cada artículo mío que se publica: se sienten orgullosos. Para mí el orgullo pasa por otro lado: por resistir tantos años y haber tenido mucha fuerza en los momentos más críticos de nuestras vidas”.

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