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Magía marroquí


Por Revista Nueva.


Magía marroquí 

Dunas con cielos estrellados, medinas con callejones misteriosos, paisajes de películas, la inmensa Puerta Bab Bou Jeloud… Marruecos esconde rincones que transportan a otros lugares, otros tiempos. ¿La recorremos?

Las mágicas dunas en el desierto del Sahara, las encantadoras medinas y sus callejones que invitan a perderse en cada rincón, los músicos regalando notas tradicionales en la concurrida plaza Jamaa El-Fna de Marrakech. Eso –y mucho más– es Marruecos. Pero, en realidad, mi primera impresión no la tuve con ninguna de esas situaciones. Fue Houda, una simpática chica de Casablanca, una ciudad al oeste de este país africano, quien me abrió las puertas de su casa. Con ella aprendí a comer caracoles por las nocturnas calles de su ciudad, a beber té con menta, a descubrir las primeras olas del océano Atlántico desde este lugar del mapa, y, en especial, descubrí a una mujer dispuesta a romper las reglas establecidas por su sociedad. “Ese bar está lleno de hombres tomando café, pero si querés podemos entrar”, me dice, muy segura, en tono desafiante. También me cuenta de su proyecto viajero: “Daré una vuelta por toda América Latina durante un año”. 

Después de compartir con ella algunos días, tomé el tren hasta Tetuán. Tuve una especie de flashback cuando Abdul me acompañó mientras buscaba un buen lugar para dormir. Pero, más tarde, no tuve más remedio que visitar su cooperativa de artesanías, telas y objetos varios. Recordando mis experiencias por Egipto, muchos años atrás, fui claro: “Vamos a mirar, pero no te aseguro que compre algo”. Después de media hora de estar viendo hermosas alfombras y chilabas, sentí que era tiempo de continuar con el recorrido. Tenía la necesidad de fotografiar todo lo que estaba en la medina. Salí de allí con una sensación extraña: tal vez, porque el dueño del local se mostró enfadado porque no había comprado nada, o porque Abdul no paraba de pedirme un par de dírhams (la moneda local) como propina.  La tarde de Tetuán me hizo un regalo. Me dio la oportunidad de conocer a Mohamed, pescador, y a su hijo, estudiante de Medicina. Con ellos aprendí a jugar parchís, un tradicional pasatiempo marroquí, muy similar al ludo. Entre vasos de té, churros y charlas acerca de las invasiones extranjeras en Marruecos, la noche llegó sin pedir permiso. En poco tiempo, había sido testigo de distintas imágenes de un país; mientras regresaba al hotel, pensaba en las siguientes aventuras que estaría por descubrir…

Fez, la ciudad del encuentro

Cuando atravesé la inmensa Puerta Bab Bou Jeloud, comúnmente llamada “Puerta Azul”, supe que había entrado a la mezquita de Fez. Me propuse dos cosas:?encontrar el hotel que me habían recomendado sin la ayuda de algún falso guía, y dar con viajeros  con quienes compartir mis días. 

Mi primer desafío resultó tan divertido como cansador. Entre burros, vendedores de especias, callejones sin salida y locales de artesanías, encontré el Hotel Cascade. Mi segunda propuesta fue más fácil de lo esperado: no bien subí hacía mi cuarto, me crucé con “Toty”, una argentina que estaba de vacaciones por unos días junto a Sebastián, su novio. El horario de la cena nos invitó a continuar la charla en uno de los tantos puestos de comida. Decidimos ir en busca de un tajín kefta, una manera tradicional de cocinar la carne. Mi camiseta de la Argentina no pasó desapercibida y fue la excusa para sentarnos a compartir el resto de la noche, junto a Soledad y Ezequiel, una pareja de abogados que estaban hospedados en nuestro hotel. Nos fuimos a dormir con el plan de recorrer dos pueblos en las afueras de la ciudad. Uno de ellos, famoso por sus cuevas de piedras que algunas familias usan como vivienda y, a veces, como hotel.
Por la mañana nos juntamos en la terminal de taxis y la negociación para conseguir un precio razonable estuvo a cargo de Sebastián, que, como buen abogado, tenía habilidad para el diálogo. Nuestra primera parada fue en Sefrou, ciudad donde vivió Mullay Idris II mientras controlaba la construcción de Fez. Viajábamos relativamente apretados los seis en un auto donde pueden llegar a subir hasta nueve pasajeros. Al llegar a la medina, lugar que alojó a una de las mayores comunidades judías en Marruecos, no nos sorprendió la paz que había en el lugar, sino la discusión de dos mujeres en un mercado callejero. Probamos dátiles, ciruelas y damascos secos, sentados en el cordón de una vereda arbolada. Mientras tanto, veíamos pasar un día común en Sefrou. Después de conocer cada rincón de la ciudad, iniciamos la segunda parte del viaje: llegar a las cuevas de Bhalil.

Cuando arribamos, tuve la sensación de que los habitantes se habían ubicado para la foto ideal. Había un río con lavanderas, una plaza llena de niños jugando, y un bar en donde las mesas abundaban de clientes. Al único anciano que vimos pasar le preguntamos por las cuevas y nos hizo señas para que lo siguiéramos. Subimos escaleras estrechas y giramos entre casas pintadas con colores pasteles, hasta que llegamos a una cueva, su casa. De forma redondeada, nos acomodamos en lo que podríamos llamar “la sala de estar”. Compartimos té, terminamos nuestros últimos frutos secos comprados en Sefrou y escuchamos cantar a este anciano en distintos idiomas. Pero el humo constante de su pipa y el frío de la cueva nos invitó a retirarnos antes de lo pensado. Cuando volvimos a Fez, era de noche y el griterío de los vendedores había terminado. 

Hospitalidad marroquí 

“¿Cómo llegaste a Ait Benhaddou?”, me preguntó por mail un amigo. En ese pueblo se filmaron películas como Gladiador, Lawrence de Arabia o Moisés. Podría ser breve y decirle que fue haciendo dedo desde Skoura. Pero sería injusto con todos los conductores que me ayudaron a confirmar que la hospitalidad llega en el momento menos pensado. 

Cuando salí del hotel de Skoura, su dueño se sorprendía de que siguiera mi viaje a dedo iniciado en el desierto de Merzouga, casi en la frontera con Argelia. Me decía que enfrente estaba la terminal del ómnibus y que en media hora pasaba uno. Le agradecí la información, pero tomé mi mochila, una bolsa con mandarinas y me alejé del pueblo para tener la sensación de estar más cerca de mi objetivo.  El primer auto no tardó en llegar y me acercó lo necesario para encontrarme con un viejo Renault 4 que me trasladó hasta el próximo pueblo. Cuando la ruta se abrió en dos, no tuve más opción que bajarme. El vendedor de computadoras usadas seguía en otra dirección. El ruido de su caño de escape se apagó lentamente y me encontré con un camino donde el viento me obligaba a usar mi chilaba?(prenda que visten en todo Marruecos). A lo lejos, un par de montañas con nieve en sus cumbres me avisaban que me acercaba a una zona de bastante frío... 

El asfalto empezó a cobrar vida, como los taxistas que se aprovechan y piden tarifas desproporcionadas. Esperé hasta escuchar el ruido de un auto que se acercaba. Extendí mi mano y Omar frenó. Abrió la puerta y, en un perfecto español, me invitó a subir. Me preguntó como seguiría hasta Ait Benhaddou. Le respondí: “A pie”. Era domingo y su familia lo estaba esperando para compartir un almuerzo. Sin embargo, se tomó el tiempo de desviarse unos kilómetros para dejarme en la ciudad.  Después de sacar cientos de fotos de la famosa kasbah, decidí caminar los kilómetros que hay desde Ait Benhaddou hasta el pueblito de Temmdakhte. Esa mañana, el viento de frente soplaba tan fuerte como la soledad. Me costaba caminar, pero el deseo de llegar hasta su kasbah, la real –no las que fueron maquilladas para las películas de Hollywood– me seducía. 

Al llegar apoyé mi mano en la puerta de entrada y, mientras se abría, mis ojos eran testigo del paso del tiempo. Sentía que era transportado hacia otro lugar, como en el libro Las crónicas de Narnia. En segundos, apareció Fátima, una señora de mirada alegre y con ganas de conversar. Desde una ventana se asomó una niña, a la que le regalé uno de los globos que llevaba en mi mochila. Fátima me concedió una mañana especial: con ella y sus otros hijos disfruté de varias horas entre vasos de té, y rebanadas de queso y pan. Ante la falta de mi árabe y de su inglés, no hubo mejor idioma que el de los signos y códigos. Tras recorrer sus patios, algunos cuartos llenos de historia y mosaicos coloridos, me despedí de la única familia que habita y custodia ese milenario lugar. Otra vez en la ruta. Apoyé la mochila en el asfalto, y miré en dirección hacia El-Jadida, rogando que alguien me levantara. Después de una espera breve, paró un camión. Entre curvas y paisajes casi irreales, Rachid, el conductor, me contó de su vida. Casado y con tres hijos, maneja su camión desde hace varios años; no le gusta el fútbol y su debilidad es la música bereber. Antes de que me bajara se preocupó en saber si necesitaba algo más. 

Entre parlantes de música a todo volumen y el perfume a comida casera que venía del mercado, clavé los ojos en mi último destino del viaje. La medina de El Jadida y su cisterna portuguesa, aquella donde se filmó una escena de la película Otelo. Viajando por Marruecos degusté el sabor del tajín y sus variedades, aprendí sobre invasiones y conquistas. Asimilé nuevas palabras en árabe, y descubrí que la voz de los rezos de las mezquitas no son grabaciones, sino la vocación del muecín, el responsable de pronunciar las oraciones cinco veces al día. Hay algo que volví a confirmar viajando: la hospitalidad como común denominador. Tal vez sea un pescador quien te ayude a cruzar ese río, un campesino con su tractor que te lleve hasta el próximo pueblito, o un empresario en su auto último modelo quien te acerque algunos kilómetros en el mapa. Así, entre ciudadelas de origen europeo, dunas con cielos estrellados, medinas con callejones mágicos y paisajes de películas, transité por los caminos de Marruecos. Cerré los ojos mientras el avión despegaba y recordé, de manera inevitable, la frase de Cesare Pavese: “No se recuerdan los días, se recuerdan los momentos”. 

Más información:
www.unviajerocurioso.com

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