ENTREVISTA


“Sigo mis impulsos”


Por Revista Nueva.


“Sigo mis impulsos” 
Tomás Escobar causó una revolución al crear, con solo 20 años, el fenómeno y también polémico Cuevana. Cinco años después, vuelve a la carga con una plataforma que, a través de cursos on-line, tiene como objetivo renovar el método de enseñanza de las universidades.

Tomás Escobar nos cita en una oficina de estilo net en el porteño Palermo Hollywood. Es un espacio que expande su arquitectura en un dúplex de generosa superficie, a la que se suma una terraza de hormigón. Estamos en Acamica, el último invento de este sanjuanino que, a los 20 años (hoy tiene 25), creó Cuevana, aquel fenómeno mundial que abrió las puertas de la red virtual para ver cuantas series y películas se nos ocurriera. Entre paneles de cemento y algunas transparencias de colores, aparece un muchacho de look sencillo. Esta primera impresión se recorta en ese contexto moderno y pujante, un ambiente de trabajo informal, muy tipo Silicon Valley: la gente llega en jeans desflecados y zapatillas, con su bici plegable al hombro, casi todos conectados a audífonos que los trasportan a otro lugar. ¿Será que tanta prosperidad yuppie a la vista es producto de la era Cuevana, cuando el sitio virtual convocaba a alrededor de dos millones de usuarios diarios?    

Con una voz algo monocorde, Tomás aclara que Acamica está anclada en el edificio de Wayra, una aceleradora de proyectos, la incubadora de emprendimientos de Telefónica, a la que se vinculó en julio de 2013, convenciendo a propios y extraños de que inyectaran capital en su nueva ilusión. “Nos dan alojamiento en sus oficinas, y, además, realizan coaching y monitoreo en ciertas áreas del negocio para hacer crecer la propuesta. Hay diez emprendimientos en Wayra: Acamica es uno de ellos”, nos explica. Escobar aparenta ser más joven de lo que su documento denuncia. Luce como un muchacho muy ordenado y pulcro, cuidadoso de cada detalle. Pero él no se identifica con esta definición. “Más bien, soy lo contrario. A veces, por estar muy concentrado en lo que hago, desatiendo detalles mínimos, cosas chicas pero esenciales”. 

–¿Podés llegar a olvidarte de comer?
–Es raro, pero me puede pasar.

–¿Tenés a alguien que se ocupe de esos pormenores en tu vida?
–No. Hoy no.?En algún momento tuve, pero ahora me ocupo yo. Mi familia también me da una mano cuando estoy en un momento de inspiración.

–¿Qué te inspira para crear un sitio? 
–No soy metódico, sigo mis impulsos. Sobre todo, en la parte inicial, cuando percibís que una idea es distinta.

–¿Distinta porque te apasiona?
–Claro. Se da de la misma manera que cuando uno conoce a alguien: sentís como un flechazo, te pasa algo raro, aumentan las pulsaciones y no podés sacarte “eso” de la cabeza. Es amor a primera vista.

–Después de la emoción, hay que desarrollar la idea. ¿Cuánto demorás antes de presentarla en sociedad?
–Depende. Cuevana me llevó un mes. La gran ventaja del programador es poder implementar rápidamente el prototipo de una idea: es genial ver plasmado, casi de inmediato, algo que imaginaste. Y cuando además esa idea trasciende e impacta en otras personas, es muy movilizador.

–La pasión es la raíz de todo.
–Es que esa es la razón por la que hoy estoy metido en esto. Aportar al mundo un pequeño granito de arena, que a lo mejor le sirve a mucha gente, es una experiencia emocional que nunca antes había sentido. Acamica nació bajo esa inspiración. 

–¿Es otro amor a primera vista?
–Sin duda. Acamica es el resultado de esos instantes de inspiración. No llegó por casualidad: hacía tiempo que pensaba sobre las falencias de la educación formal. Yo estudiaba Ingeniería en Sistemas, en Córdoba; cuando de-sarrollé Cuevana, me di cuenta de que, resolviendo problemas del sitio, aprendía mucho más de lo que me daba la currícula universitaria. Entonces, decidí abandonar los estudios para concentrarme en mi plataforma. Claramente, la época del desarrollo y mantenimiento de Cuevana fue cuando más aprendí en mi vida.
 
–¿Qué dijeron tus padres cuando decidiste dejar la carrera?
–Trataron de convencerme de que cambiara de idea. Algunos de mis amigos me decían que estaba loco, que un título es imprescindible, que Cuevana estaba bien para divertirme un rato, que aflojara un poco con la compu y me dedicara a estudiar…

–No lograron convencerte.
–En mi opinión, hoy en día, un título no sirve para nada si no sos innovador. Por lo menos, así es en mi área. Además, hay empresas que ni te lo piden: solo miden lo que sabés hacer.

–¿Nunca te arrepentiste de haber largado la carrera?
–Para nada. Justamente, fue esa experiencia, muy enriquecedora en varios aspectos, la que explica el salto que di profesionalmente. Lo que después me inspiró para emprender Acamica. 

–¿De qué se trata Acamica?
–Es una plataforma educativa interactiva, donde ofrecemos cursos y carreras, como desarrollador y programador web. Son carreras pensadas para los tiempos que corren. Todo lo que ofrecemos en el sitio no se encuentra en el sistema tradicional. Las carreras formales, especialmente las referidas a lo tecnológico, carecen de la dinámica necesaria para estar en consonancia con la velocidad del mundo actual. ¿El problema? El tiempo que demanda cualquier cambio en el programa de estudios convencional. En Internet, eso no pasa. Muta automáticamente, no tiene freno. 

–¿Te parece que la educación virtual puede llegar a reemplazar a la formación tradicional?
–Ya lo está haciendo. La flexibilidad y la adecuación a necesidades particulares son méritos fundamentales de las plataformas. La mayor falencia del sistema tradicional es que resulta muy punitivo fallar en la vocación. Te dicen: “¿Cambiás de carrera? ¡Qué bajón! Vas a perder dos años”. Realmente, no te alientan a probar lo que te gusta. En cambio, aquí es totalmente al revés. Aconsejamos: “Probá, fijate qué te gusta y seguí ese camino, que se bifurcará en otros caminos. En seis meses, si te ponés las pilas, podés terminar cualquiera de nuestras carreras. Además, te ayudamos a insertarte laboralmente”. En la actualidad, la demanda en la Argentina no se termina de cubrir. La firma Global, por ejemplo, requiere, todos los meses, gente para trescientos puestos de trabajo… Y no encuentra respuesta.

–Con esa posibilidad, se podría encarar el problema de los “jóvenes ni-ni”, que no trabajan ni estudian.
–¡Claro! La tecnología te da una oportunidad única. Además de la oferta local, hoy tenemos desarrolladores free lance que trabajan para China, la India, Japón… y les pagan en dólares. En los próximos diez años se viene un cambio social muy fuerte. Si proyectos como Acamica progresan, vamos a romper los procesos y tiempos tradicionales de formación y de trabajo.  

¿Tenías el mismo entusiasmo cuando empezaste con Cuevana?
–Era un entusiasmo de otro tipo. No tenía la experiencia que me dio ese emprendimiento, que, además, comenzó como un hobby. No pensaba que con una idea y mi computadora  trascendería más allá de mi cuartito de estudiante en Nueva Córdoba. Vivía en una casa que alquilábamos con dos amigos sanjuaninos... 

–¿Qué recordás de aquel comienzo?
–Por aquella época estaba fanatizado con series de televisión, como Lost. Encontrarlas en Internet era bastante difícil, se complicaba reproducirlas. Como entendía de esas cosas, me propuse hacerlo más sencillo. ¡Así empecé! Se lo pasé a amigos para que lo probaran, y les encantó. Uno se retroalimenta de los usuarios, y Cuevana se difundió muy rápido, sobre todo en San Juan y también en la ciudad de Córdoba. Fue una vorágine casi inmediata: se esparció por todos lados gracias al “de boca en boca”. Fue un desafío muy grande. Trataba de inventar una estructura que soportara ese tráfico: la concurrencia de miles de usuarios al mismo tiempo. 

–¿Nunca contrataste gente para que pudiera ayudarte con todo eso?
–No. Nunca se constituyó como empresa. Era simplemente un dominio y “algo” que andaba con un servidor. Esa es la magia de Internet: era un caos al que trataba de darle un orden. Como no había nada constituido legalmente, tampoco podía operar.

–Estabas preparado para los problemas que tuviste con la Justicia?
–Sí, mi alerta meteorológico me previno: era consciente de que se venía un huracán. Mi papá, como hombre de negocios y contador, ya me había dicho que tenía que rodearme de abogados. A fines de 2011, HBO Latinoamérica inició la primera causa penal en contra mío como autor intelectual y director de Cuevana. El argumento: presunta violación de la ley que protege la propiedad intelectual.

–Hay una tensión entre los derechos de autor y la posibilidad de tener acceso libre a los productos culturales…
–Yo soy muy respetuoso del artista y del propietario de los derechos. De hecho, tuvimos pedidos expresos de que un contenido –una película, por ejemplo– no fuera incluido en las listas del sitio. Y acatamos eso. Pero aclaro: Cuevana no alojaba nada. Tenía índices donde estaban los videos, los films, etcétera… Lo que hicimos, en realidad, fue ordenar lo que ya existía. Soy un gran creyente de aquellos que trabajan creando contenidos, pero, paralelamente, pienso que hay que apostar a buscar nuevos caminos. La idea es encontrar negocios que miren al futuro y beneficien tanto a los creadores como a los usuarios.

–¿En qué quedo el juicio que Telefónica le inició a Cuevana cuando ya había alcanzado los 15 millones de usuarios mensuales.
 –(Piensa unos segundos). En realidad, hubo una iniciativa legal por parte de Telefe, que forma parte del grupo, si bien se maneja por separado. Pero al final nuestros abogados hablaron y no se llegó al juicio. Existieron, sí, muchos rumores.

–Es decir que estarías libre de culpa desde el punto de vista legal.
–Si bien hace unos años hubo denuncias, ninguna prospero. Cuando Wayra –del grupo de Telefónica– nos incluyó en sus proyectos con Acamica, le pareció una ventaja tener al inventor de Cuevana. 

–¿Y qué pasó con Cuevana?
–No la vendí y no está activa. No tengo nada que ver con Cuevana 2.

-¿Te imaginás trabajando en algo que no sea en el mundo virtual?
–No, para nada. Es lo que siempre me gustó. A los 14 años empecé con mi primera página web, Harryfanáticos.com, que inventé en la Pentium 3 que tenía en casa. La mantuve tres años, la perfeccioné y se hizo bastante famosa. Más tarde, me volqué a armar juegos con Flash para divertirme con mis amigos. 

–¿Qué te da alegría?
–(Breve silencio). Responder es más difícil de lo que pensaba. Supongo que hacer lo mío, y que, a la vez, tenga un buen impacto en el mundo.

El proyectoAcamica, con un promedio de cinco mil usuarios, es una plataforma de enseñanza que Tomás Escobar realizó junto a Juan Badino, Gonzalo Orsi e Ignacio Puig Moreno. Desde octubre de 2014, ofrece veintitrés cursos (algunos gratuitos, otros que cuestan diez dólares mensuales) que componen la carrera de desarrollador: sitios web, aplicaciones y juegos, entre otros. La idea le valió un premio del prestigioso Massachusetts Institute of Technology (MIT).

Quién es Tomás Escobar

Sanjuanino que, con 20 años, creó en una habitación cordobesa Cuevana, el sitio de streaming de películas y series que alcanzó los quince millones de usuarios mensuales. En 2011 creó Musicuo, una plataforma para escuchar música on-line, con la que llegó a los dos millones de usuarios. Su presente es Acamica.

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