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Paradiso italiano


Por Mariano Petrucci.


Paradiso italiano 
Cinque Terre es uno de los parques naturales más hermosos del mundo. Está conformado por cinco pueblos que conjugan calles pintorescas, casitas coloridas y acantilados que dan al mar. Recorremos este rincón de la Liguria, declarado Patrimonio de la Humanidad.

Suave, esponjosa, abundante, con el típico aceite de oliva en su justa medida. Una plaga de aceitunas pelea cada milímetro con los granos de sal gruesa y las hojas de romero. El paladar es una fiesta en la puerta de La Cambusa, donde amasan la auténtica –y una de las mejores– focaccia italiana. Damos fe no solo nosotros, sino la nube de glotones que se agolpan en este local donde la “maxipizza” tienta hasta al más carnívoro. 

No vinimos a Manarola para testear el arte culinario italiano, pero, si ese hubiese sido el motivo, bien justificados estarían los kilómetros acumulados. Vamos a contar cómo fue realmente: si bien algún avezado viajero nos lo había mencionado al pasar, fue señor Google quien nos sorprendió. En esas navegaciones sin rumbo, apareció una imagen que se asemejaba a un cuadro, una pintura hecha y derecha. Botón izquierdo, clic, y esa maqueta perfecta no era otra cosa que la realidad: Cinque Terre existía. 
La Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad, allá por 1997. El título hace justicia: se trata de uno de los parques naturales –y nacionales– más hermosos del planeta. No exageramos. Para comprobarlo, hicimos el esfuerzo –que repetiríamos con gusto– de aterrizar allí para atestiguar lo que las fotos insinuaban: un paisaje con una belleza panorámica incalculable, una riqueza cultural que penetra los poros, y un testimonio de cómo el hombre supo adaptarse a un terreno escarpado.

Búsquese una excusa para parrandear por Europa –seguro la encuentra–. Camine por la romántica París o la imperial Praga, pero dibuje el itinerario de tal manera de desensillar en este rincón de la Liguria, cuya ciudad más conocida es Génova. Le aseguramos que los puertos genoveses tienen su no sé qué, pero para recorrer Cinque Terre lo recomendable es hacer base en La Spezia, adonde llegamos manejando un “fitito” canchero, bordeando el mar de Liguria (im-per-di-ble). Desde allí, se puede partir a los cinco pueblos antiguos que lo conforman: Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore. 

Espíritu valiente mediante, nos propusimos hacer la excursión en un solo día. Eso sí: nada de volantes, ya que a Cinque Terre se accede por tren o por barco (los de bolsillo profundo anclan lanchas y lujosísimos yates). Una vez allí, el tránsito es exclusivamente peatonal –o casi, porque algunos automóviles ingresan hasta determinados estacionamientos–. La opción del ferry es la más seductora, pero depende de la suerte: si las aguas amanecen bravas, el servicio (habilitado de abril a octubre) se suspende. Ley de Murphy: adivine qué sucedió. 

El tren tiene el encanto, por ejemplo, de hacer una cola generosísima para sacar el boleto especial que nos permite bajar en cada pueblo, desandarlo y subir a la formación siguiente para el próximo destino (el “pase” caduca a las seis horas de su primer timbrado; en ese lapso, puede utilizarse cuantas veces sea, siempre en la misma dirección). Todas las estaciones son similares: austeras, floridas, y con los pueblos a escasos pasos. Nuestra aventura comienza con la parada más alejada de La Spezia: Monterosso. 

Tierra uno y dos 

Monterosso, que data del 1200, es singular dentro de Cinque Terre. No solo porque es el pueblo más grande, sino porque es el que más se diferencia a nivel arquitectónico. Tan es así que hasta consta de una parte “moderna”. La denominada Fegina es una zona balnearia, custodiada por una estatua gigante del dios Neptuno. Circular por allí es tropezarse con farolitos porteños y edificaciones invadidas por una vegetación que cumple a rajatabla con los siete colores del arcoíris. Aquí mandan las estructuras hoteleras que se posicionan frente a una playa estupenda, enclavada en una cadena montañosa que impone respeto. Las escolleras y las sombrillas –una pegada a la otra– nos hacen sentir un poco (un poco, nomás) en casa. Consejo: si es de los tiene debilidad por la arena –bueno, aquí son piedras–, aproveche, ya que en los pueblos restantes no gozará de esta extensa escenografía.  

Después de estar al sol como lagartos, nos dirigimos al casco tradicional, a través de un túnel donde acordeonistas amenizan el paseo a pura canzone napoletana (Funiculì, funiculà!). Allí nos da la bienvenida el campanario de la iglesia parroquial San Giovanni Battista, que se destaca por sus rayas horizontales en blanco y negro. El corazón de Monterosso se diseña con calles estrechísimas, construcciones sobre colinas labradas a viña y a olivo, y pendientes pronunciadas. Las agujas del reloj del campanario marcan las 13.30, y el olorcito a pesto genovés logra despertarnos el apetito previo cruce a Vernazza, fundada doscientos años antes que Monterosso. En el tren no cabe un alfiler. No somos originales en saltar de un pueblo a otro. Están los audaces que unen los cinco a pie, por el sentiero azzurro, que se extiende, aproximadamente, doce kilómetros. No es nuestro caso.

Menos turístico que Monterosso, en Vernazza se palpa cómo viven los cinco mil habitantes que se desparraman por las cuatro mil hectáreas que tiene Cinque Terre. Las radios suenan como la voz de un italiano que se precie de tal: alto. Las vecinas, que se hablan de una ventana a la otra, cuelgan la ropa en sogas que van de balcón a balcón. Dominadas por un ritmo lento, ninguna de ellas se muestra preocupada por “urgencias”, como si el Wi-Fi conecta o no. Nosotros sí. Otra vida.  La plaza principal alberga a la iglesia Santa Margarita de Antioquía, que parece flotar sobre la costa. Con aires de castillo, su dorada cúpula nos deja espiar Vernazza desde otra perspectiva. Y despedirnos.

Tierra tres

Lo dijimos: estos pueblos marítimos lindan con las estaciones de tren. Pero Corniglia es la excepción a la regla. Son varios los que prefieren evitar los casi cuatrocientos escalones que hay que sortear para arribar a esta localidad citada en el Decamerón de Giovanni Boccaccio. Pero al que quiere celeste… Bebida refrescante en mano, le ponemos onda. Un, dos, un dos, y nos detenemos unos minutos en los descansos, miradores preparados para reponer energías y anticipar lo que se viene: Cinque Terre en altura.

Corniglia son pasillos angostos, de paredes elevadísimas que dan la sensación de venírsenos encima. Los negocios no se caracterizan por vidrieras mayúsculas, por lo que prendas, plantas, fotografías y souvenirs penden de esas mismas paredes pedregosas. Pero Corniglia también es amplitud, pese a ser el pueblito más pequeño por estos pagos. De repente, doblando una esquina o al final de uno de esos pasillos ceñidos, se abre un telón imaginario que revela esa porción maravillosa del Mediterráneo. En estas terrazas, el mar y el cielo se confunden: ¿dónde empieza uno y dónde es que termina el otro? 
Estamos a cien metros de altura. A lo lejos, se avizora, diminuta, Manarola. Pero no nos podemos retirar sin visitar el oratorio de los Disciplinados de Santa Catalina y el santuario de Nuestra Señora de las Gracias (restauración de una capilla medieval).  

Tierra cuatro 

Manarola, que se presume el pueblo más veterano de todos sus colegas, es Cinque Terre en su máxima expresión. Los poetas definieron a este punto cardinal como “una colmena en la roca, un nido de gaviotas sobre las olas”. Cada una de sus casitas incrustadas en las piedras ostenta un color distinto, que nos remite a Caminito o a los conventillos de La Boca: amarillo, rosa, beige, verde alimonado, gris… ¿Quién será el dueño de esa ventanita que da al vacío y desde donde se contempla el infinito? Amén de la focaccia en La Cambusa, sus restaurantes son fantásticos, por el nivel gastronómico y porque muchos de ellos están a unos cuantos metros de la tierra firme. Con la Via Belvedere ocurre algo semejante: arranca sobre el llano y, mientras avanzamos, se transforma en un precioso balcón que concluye en una plaza panorámica, cuidada al extremo y repleta de postales marineras. Desde arriba se divisa cómo, entre las rocas, se forma una agitada piscina natural. Aquí no hay playa como en Monterosso: estamos a mar abierto y hay que tener una noción de nado. El agua, cristalina y no tan templada, tira con fuerza. No es para cualquiera, pero es un placer de los dioses.  

Tierra cinco 

Para ir a Riomaggiore optamos por un trekking, ideal para secarnos la malla. En la misma estación de Manarola, tomamos la Via dell’Amore, un sendero que une las dos ciudades. El día ya no está en pañales, así que puede que esté cansado de tanto trajín. No se angustie, la distancia tan solo supera el kilómetro… y vale la pena. Construida como una ruta alternativa cuando tendieron las vías del tren, el paso de los años hizo que cayera en desuso. Los lugareños la convirtieron en una atracción: las parejitas pululan por allí, enganchando en las barandas los candados con sus nombres grabados. Tampoco faltan las referencias a héroes de la mitología romántica, grafitis y esculturas alusivas al amor.

El trayecto por el acantilado culmina y descubrimos a la oriental Riomaggiore. En su entrada, se luce un enorme mural ilustrado con trabajadores haciendo sus quehaceres, demostrando la cotidianidad que, otrora, tuvo esta comunidad pesquera. No es el único, y cada uno guarda una magia particular. Se da una curiosidad: las paredes descascaradas nos hacen reflexionar sobre que Riomaggiore sea, tal vez, el pueblo más descuidado de Cinque Terre. Pero eso no le quita un ápice a su guapura; quizás, hasta consigue el efecto contrario. 

El calor no agobia, pese a que el sol estival no da tregua hasta las nueve de la noche. Es un excelente momento para acomodarnos en algún recoveco de su acotada costa, y degustar un helado de chocolate, que no es amargo sino amarguísimo (no es una leyenda la exquisitez de los helados italianos). Alzamos la mirada y en más de una vivienda flamea la bandera verde, blanca y roja. Aquí, en estas tierras que dejan sin aliento, la gente sonríe. Como el señor que nos ofrece un bote para lanzarnos a altamar. Nos hace dudar, pero en menos de media hora pasa el último tren que nos devuelve a La Spezia. Nada es para siempre, pero ¿quién nos quita lo bailado?  

Tips de viaje

•La Spezia: Se sitúa a 150 kilómetros de Florencia y a 230 de Milán. 
•El barco: Tiene el mismo sistema de boleto que el tren. Se detiene en cada pueblo, y uno puede subirse al ferry siguiente para partir al próximo destino. Zarpa, principalmente, desde elpuerto de La Spezia. Se saltea Corniglia, que no tiene acceso al agua. 
•Idea para visitar Cinque Terre: Ir en barco, unir caminando algún pueblo con otro, y regresar en tren.  
•Buceo: Cinque Terre es un área marina protegida, donde se puede descubrir la riquísima flora y fauna que se encuentra debajo del agua. Para ello, lo mejor es Riomaggiore y Monterosso.
•Portovenere: A 13 kilómetros de La Spezia, también fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Si va en barco a Cinque Terre, pasará indefectiblemente por aquí. Si no, puede acercarse en ómnibus o en auto (no llegan trenes). De cualquier forma, no se arrepentirá. 
Consejo: almuerce o cene en los barcitos que hay en la costa, mirando al mar.

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