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Inolvidable Einstein


Por Carlos Adrián Maslaton.


Inolvidable Einstein 
Un museo en Suiza homenajea a una de las mentes superlativas del siglo XX. Allí, el público puede adentrarse en la vida íntima y profesional del físico alemán Albert Einstein. Visitamos sus rincones más emblemáticos.

La ironía, y no la energía, es la fuerza motriz del universo. El hombre que manifestó un tajante rechazo al culto a la personalidad tiene un museo en la ciudad suiza de Berna, dedicado por entero a honrar los frutos de su prodigioso cerebro. Se trata de Albert Einstein (1879-1955), el físico alemán que cambió la manera de comprender el cosmos, el creador de la teoría de la relatividad. Einstein deploraba la idolatría. Y esa es la broma: quien abjuró de ser adorado como un líder carismático tiene un museo dedicado a preservar su memoria. El Museo Einstein está infiltrado en el segundo piso del Museo de Historia de Berna, y visitarlo es un viaje simbólico a los momentos centrales de la vida de ese científico revolucionario, pacifista, amante del yatching y del violín, que supo autodefinirse en estos términos: “Lo fundamental en la existencia de un hombre de mi especie estriba en qué piensa y cómo piensa, y no en lo que haga o sufra”.  

El recorrido por las distintas salas está pensado para una duración de noventa minutos, pero ese lapso resulta insuficiente para adentrarse en su vida. Su madre, Pauline Koch –revela uno de los paneles explicativos–, sentía temor porque el bebé Albert tenía un cráneo inusualmente alargado. Su miedo de que no fuera normal tenía asidero: jamás lo fue. Niño prodigio en matemáticas, a los 16 años se postuló para ingresar al Politécnico de Zúrich (obtuvo un “rechazado por falta de recursos lingüísticos” e ingresó recién al año siguiente), y, en 1905, con apenas 26, conmovió con su teoría de la relatividad especial el suelo newtoniano sobre el que alzaba la física moderna. 

Paso a paso

En el pasillo de acceso al museo se exponen unos pequeños paneles digitales en los que, en un loop obsesivo, se muestran diversas facetas del físico, con temas como la relación de Einstein con el pacifismo, la religión, el socialismo y las mujeres (fueron cinco las esenciales, y de una de ellas se sospecha que era una espía soviética que lo llevó como docente a la Universidad de Princeton tras el ascenso de Hitler al poder en Alemania). El ingreso a la primera sala está antecedido por una escalera rodeada de paneles espejados en los que se proyectan distintas imágenes: Einstein joven; ya anciano y clásicamente despeinado; tocando el piano; rodeado de colegas en un laboratorio; y con la mirada soñadora clavada en el infinito. En 2005, al cumplirse cien años de la publicación de la teoría de la relatividad, el Museo de Historia de Berna le dedicó una exposición especial que convocó a casi cuatrocientos mil visitantes. Las autoridades del museo advirtieron el filón y convirtieron la exhibición en un espacio permanente bajo el nombre de Museo Einstein, que comprende un predio de mil doscientos metros cuadrados, que cobija más de quinientos objetos originales y réplicas, material fotográfico y fílmico sobre el científico, y un interesante recorrido virtual por el cosmos, que explicita los aportes de Einstein a la física teórica.

Apegado a un código de honestidad sin privilegios, el museo no oculta las aristas menos amables del genio venerado. Por ejemplo, se exhiben las cartas que evidencian que cuando se extinguió el amor por su primera mujer, Mileva Maric –a quien conoció en las aulas universitarias–, el trato que el científico le dispensó fue humillante: “No esperarás muestras de afecto” o “Saldrás de la habitación o el estudio cuando te lo ordene” eran algunas de las frases que reflejaban su actitud despótica. También están las postales que intercambió con su prima y siguiente pareja, Elsa Lowenthal.  Uno de los sectores impregnados de extrañeza es el que exhibe la réplica del cuarto de la pareja Mileva-Albert: hay un camastro entre dos mesitas de luz y almohadones dispuestos sobre el acolchado en los que se proyectan fragmentos de las ardorosas cartas que intercambiaban cuando la pasión entre ellos se encontraba en su apogeo. De hecho, tras graduarse como profesor en Matemáticas y Física, en el verano de 1900, Einstein estuvo desocupado durante dos años, hasta que consiguió un puesto en la oficina del Registro de Patentes de Berna. 

Hay, además, algunas perlas notables, como la minuciosa recreación de un almacén en la Alemania previa a la ominosa noche del nazismo, cuya irradiación infame aparece reflejada en diferentes sectores del predio, a través de films que muestran el abyecto antisemitismo en los discursos de Joseph Goebbels, o las fotografías del espanto en los campos de exterminio como Dachau, o una caricatura de un periódico germano, de comienzos de la década del treinta, en la que aparece Einstein pateado por un bota militar y conminado, sutilmente, a emigrar de Alemania por su origen judío. También se puede acceder a una réplica de una pequeña sala de cine (con cartelera y todo) donde se proyecta, ad eternum, El ángel azul, el film clásico protagonizado por la actriz Marlene Dietrich.  Además de objetos personales (en una vitrina descansa, paralizado en las doce y cinco perpetuas, un modesto reloj que el Premio Nobel de Física le dejó en herencia a su hijo Hans Albert), manuscritos y la edición original de la teoría de la relatividad, lo que abunda en el museo es el silencio. Absortos visitantes deambulan de una sala a otra, admirados de que alguien pudiera ser tan inteligente y, al mismo tiempo, no perdiera esa compostura de muchacho accesible, con una mirada pícara en sus años de juventud, tiznada en los años de la vejez por la pesadumbre de haber visto, quizá, demasiado.

En otro salón hay cuatro pequeños paneles montados sobre una pared, ante los que el visitante puede sentarse y aprender, en pasos accesibles, el ABC de la teoría de relatividad (¡ilusiónese sobre las posibilidades de su cociente intelectual por unos módicos 18 francos suizos!). Hay visitantes con rostros analíticos, dotados de perseverancia o, simplemente, con excelentes notas en Física I y II, que escuchan las explicaciones, abstraídos, como si efectivamente entendieran. Algunos de ellos, inclusive, entienden.  Einstein, como es sabido, no carecía de sentido del humor, y ese aspecto no queda sin reflejar en su santuario de Berna. Se exhibe una carta de un ignoto llamado  Stanley Murray, quien la envió a la Universidad de Princeton luego de que, en una entrevista en la que le consultaban sobre cuál era el estado de situación de la ciencia en 1954, Einstein respondiera: “Si pudiera volver a empezar, me haría plomero”. Sagaz, Murray, dueño de una empresa de plomería, recogió el guante. En su misiva le propuso aunar potencialidades: Einstein aportaría su faz de célebre intelectual, y Murray, su oficio. La compañía pasaría a llamarse “Einstein and Stanley Plumbing Co.”. 

No se sabe si el genio retrucó esa humorada feliz, pero si conservó aquella carta fue porque él mismo estimaba la ironía como un arma delicada y eficaz. De hecho, dejó testimonio escrito de ello: “A lo largo de mi vida he podido comprobar cómo el ser humano rara vez alcanza la tragedia y sí, a menudo, la tragicomedia. Hoy odiado, mañana olvidado, pasado mañana elevado a la santidad. Lo único que nos queda es el sentido del humor, y no lo perderemos mientras todavía respiremos”. Una de las mentes superlativas del siglo XX conoció el odio y la santificación. Pero el olvido, como lo demuestra este museo suizo, seguirá resultándole esquivo. 

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