ENTREVISTA


La vida es ciencia


Por Mariano Petrucci.


La vida es ciencia ¡


Diego Golombek, uno de nuestros científicos más brillantes, es un apasionado por descubrir –y enseñar– ciencia en los actos cotidianos: desde el estornudo hasta la manera perfecta de hacer un asado. En su último libro se pregunta por qué creemos en lo que creemos.

En cuestionamiento científico que se precie de tal debe cumplir con dos requisitos: no debe agotarse en una respuesta, y no tiene que cerrar una puerta, sino abrir muchas otras. Diego Golombek agregaría una condición más: no hay temas excluyentes. Para este doctor en Biología, nacido en 1964, filosofar sobre el universo es tan relevante como bucear por los misterios de la sabiduría popular: ¿Por qué la carne es roja? Si nada se pega al teflón, ¿cómo se pega el teflón a la sartén? ¿Por qué, tras minutos de espera, encendemos un cigarrillo y aparece el colectivo? Para exterminar cucarachas, ¿es mejor el insecticida o la ojota?

Basta adentrarse en su labor en los medios o repasar las páginas de sus libros para notar cómo puede saltar de la seriedad a lo absurdo en un santiamén.“Aprender a hacer ciencia es también aprender a comunicarla –sostiene Golombek–. Hay dos versiones de la divulgación científica, ambas necesarias. Por un lado, está la tarea del periodismo científico: difundir la ciencia profesional. Por el otro, transmitir la ciencia como una actitud. ¿Qué significa esto? Tener ganas de saber de qué se trata. Sobre todo, habiendo constatado que la ciencia nos rodea en nuestra cotidianidad: el sueño, el bostezo, la música, un estornudo… ¡hasta hacer el asado!”.

En la actualidad, no es novedad la fanatización por la biología y la neurociencia. Mucho de esto se debe a los avances que se dieron en la materia y a la exposición de especialistas como Facundo Manes o Estanislao Bachrach. Golombek fue uno de los precursores de la explosión de esta movida, que tiene sus argumentos: “Está vinculada a que, en las últimas décadas, aprendimos muchísimo más del cerebro que en toda la historia –sentencia el director de la colección de libros “Ciencia que ladra” y líder de la ONG Expedición Ciencia–. De este modo, resulta inevitable que este conocimiento tienda a  diseminarse públicamente. Pero no es cualquier conocimiento: comprender al cerebro es entendernos a nosotros mismos. No hay nada más tentador que manejar más información sobre la memoria, las emociones, la toma de decisiones… En definitiva, por qué hacemos lo que hacemos”.

En su más reciente libro, Las neuronas de Dios, se hizo otras preguntas: ¿Por qué, en pleno siglo XXI, la mayoría de las personas siguen creyendo en algo o alguien superior, llámese Dios, meditación trascendental o espiritualidad? Así, vuelve a marcar los mojones de un recorrido imperdible: la ruta de nuestro cableado cerebral. ¿En qué lugar del cuerpo y de la mente se forjan las convicciones? ¿Nacemos “seteados” de alguna forma? 

“Ciencia y religión son antagónicos: una se basa en la evidencia y la razón; la otra necesita de la fe y el dogma. Los intentos de juntarlas suelen acabar mal, pero tal vez puedan mirarse y probar comprenderse un poco más. Lo que yo planteo es un punto de vista científico sobre la religión. Por primera vez, las ciencias naturales pueden estudiarla en vez de burlarse de ella”, define Golombek, investigador del Conicet y acreedor del Premio Nacional de Ciencia Bernardo Houssay y la Beca Guggenheim.

–Diego, ¿ciencia y religión no se llevan como perros y gatos? 
–Hay una coexistencia pacífica. Pensemos que el origen de ambas podría ser similar: el miedo a lo desconocido, la angustia por lo que no sabemos. Mientras que la religión ofrece respuestas, la ciencia se empecina en proponer preguntas e inquietarnos aún más en la búsqueda de desentrañar los enigmas de la naturaleza. 
 
–Científicamente, ¿por qué creemos?
–La hipótesis es que venimos “de fábrica” con propensión a creer en lo sobrenatural. Hay evidencias de que el cerebro está “cableado” con áreas que se activan específicamente durante experiencias religiosas, aunque siempre es complicado poder discernir entre lo innato y lo ambiental. 

–¿A qué te referís con evidencias?
–A que, gracias a análisis de imágenes cerebrales, se identificaron áreas que se activan durante el rezo, durante una “conversación” divina, un ritual o una experiencia mística. La estimulación de estas áreas puede producir experiencias espirituales en las personas. Hay algo más particular todavía: cuando estas áreas cerebrales se descontrolan, como en el caso de determinados tipos de epilepsias, pueden ocasionar visiones de algo superior o espirituales. De hecho, es muy posible que los más grandes místicos hayan sido epilépticos. 

Tiempo al tiempo 

Al Golombek adolescente le tiraba la literatura, el arte, el teatro, el periodismo (cuentas pendientes que fue –y va– saldando); sin embargo, en los ochenta, terminó sentadito en un aula en la que se dictaba una carrera científica. Al comienzo, no se entusiasmó. El “clic” fue una palabra, un concepto: tiempo. Y se obsesionó. “A todos nos da tortícolis el tiempo. Observar una estrella que, quizá, no existe más… ¡Hace cosquillas en el cerebro! –dice–. Cuando me explicaron que nosotros mismos somos relojes andantes, que hay un tiempo dentro nuestro, no pude dejar de perseguirlo”.

La neurobiología se transformó en una debilidad. “Hay un pedacito del cerebro que mide el tiempo y le notifica al cuerpo qué hora es. Es lo que denominamos comúnmente ‘reloj biológico’ –grafica–. Para que sea verdaderamente útil, tiene que ponerse en hora con el mundo. ¿Cómo? Principalmente, a través de estímulos lumínicos. Lo que nosotros analizamos es qué le dice la luz al reloj biológico, cómo hace para cambiarle las agujas. Así descubrimos varios de los mecanismos de sincronización de este reloj, incluyendo uno que se puede activar con sildenafil… el compuesto del Viagra”.

Que lo disparatado se le cuele una y otra vez es pura coincidencia… o no. Lo cierto es que comprobó que este fármaco ayudaba a los hámsters a “curar” el jet lag –la desincronización por atravesar husos horarios hacia el este o hacia el oeste–. Por esto, recibió, de parte de la Universidad de Harvard, el premio IgNobel. “La ceremonia es como estar en una obra de Les Luthiers. El premio se otorga a investigaciones que, primero, te hacen reír y, después, pensar. Está presentado así, pero detrás de esto hay años de trabajo, hipótesis… ciencia en serio. El metamensaje del galardón es: ‘Los científicos también se ríen; más aún, se ríen de sí mismos’”.

–Hablando de autocríticas, en 2011 declaraste: “En la Argentina, la educación en ciencia es deficiente”. 
–Sigo opinando lo mismo. Como mucho, se enseñan hechos de la ciencia, pero es muy raro que la escuela motive a reflexionar científicamente. No asumimos lo imperioso que es esto, no solo para fomentar vocaciones en ciencia y tecnología, sino para cualquier cosa que emprendamos en la vida. Hay una frase que repetimos y que es verídica cien por ciento: un individuo de hace uno o dos siglos no entendería absolutamente nada si entrara hoy a un quirófano; en el aula, por el contrario, se sentiría totalmente a gusto y en terreno conocido. 

–¿Nos mienten los expertos en educación cuando se jactan de que hay nuevas metodologías de enseñanza?
–No, pero en el aula siguen dándose clases magistrales, memorísticas, poco interesantes. Vale la aclaración: no sucede lo mismo en el ámbito universitario público. En general, la formación de nuestros egresados en ciencia es bastante buena.

Dónde seguirlo 

Amén de sintonizarlo en la pantalla chica, a Golombek puede leerlo en uno de los tantos libros que publicó; la mayoría, científicos: Demoliendo papers, El nuevo cocinero científico: cuando la ciencia se mete en la cocina, Cavernas y palacios, y Sexo, drogas y biología (y un poco de rock and roll). 
También despuntó el vicio de escribir cuentos en Así en la tierra.

Experiencia Religiosa 

En Las neuronas de Dios, Golombek ex-plica por qué la fe y la creencia tienen un efecto ansiolítico. “La religión arroja respuestas irrefutables sobre cuestiones existenciales. Eso ayuda a mitigar la angustia que nos despierta lo desconocido. De hecho, en las escalas que intentan medir la felicidad, las personas religiosas suelen puntuar más alto. Al mismo tiempo, la religión ofrece una causa común, un reconocimiento mutuo y un sentido de solidaridad que genera una mayor seguridad y cohesión social”.

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