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Vivir para contarlo


Por Mariano Petrucci.


Vivir para contarlo
Se cumplió una década del tsunami que azotó Tailandia. La colombiana Claudia Castillo sobrevivió a la catástrofe junto a su hijo. La tragedia la reinventó: hoy, es una fuente de inspiración para transformar cualquier situación en una oportunidad de crecimiento.  

A las diez menos cuarto de la mañana, el cielo se opacó por completo. El ruido de la primera vibración fue estremecedor, como si rugieran al unísono un grupo de gorilas furiosos. Claudia se asomó al balcón del bungaló en el que se hospedaba, ubicado en la falda de una montaña, y se le heló la sangre al ver cómo una pared gigantesca de agua se levantaba como un monstruo. Tenía la altura de un edificio de cuatro o cinco pisos, y se dirigía hacia ella a toda velocidad, arrasando con hoteles, restaurantes, palmeras… personas.
   
El domingo 26 de diciembre de 2004, el horror se adueñó de Tailandia. Uno de los tsunamis más devastadores de la historia se cobró la vida de más de 200.000 almas, según los datos de las Naciones Unidas. Ese día, Claudia Castillo, ejecutiva colombiana, se alistaba para recorrer en barco, junto a su hijo, algunos de los rincones más emblemáticos de este país del sudeste asiático. Esa masa acuática irrefrenable, que abarcaba de lado a lado la isla Phi Phi, no se lo permitió. 

“Quedé petrificada del pánico. Me asombró la fuerza de la naturaleza. Dios se enfureció. ¡Qué poder tan enorme! Era como el diluvio universal: la tierra quedó absolutamente sumergida. Los pensamientos me atormentaban: ‘Somos miniaturas en este mundo, todo puede cambiar y desaparecer en un instante, quiero decirles a mis hijos cuánto los amo y cuán orgullosa estoy por sus logros… ¿Viviré o moriré?’”, recuerda Claudia, ahora con la respuesta obvia, pero no por eso menos confortante.

Pasó una década, pero parece que fue ayer cuando se traslada hasta ese momento, que marcó un antes y un después en su hoja de ruta. Gerente exitosa en una empresa del sector farmacéutico, divorciada y madre de dos muchachitos veinteañeros, ¿quién puede sospechar que, de un segundo a otro, puede darse vuelta la taba? “Fuimos a Tailandia de vacaciones. Queríamos festejar la maestría en Finanzas de mi hijo mayor, Daniel, y el título de Administración de Empresas del menor. Originalmente íbamos a ir a Sídney, pero, a un mes de partir, optamos por conocer otro lugar, ya que Daniel había residido dos años en Australia. Faltando una semana para el viaje, mi hijo menor se bajó para ultimar su tesis de grado”, recuerda Claudia, confirmando que el destino determina cómo cae la moneda.

Los preparativos para visitar la paradisíaca Phuket se transformaron en la peor escena cinematográfica de catástrofes (en este caso, puede comprobarlo: lea el recuadro A la pantalla grande). Gritos ensordecedores, llantos, desesperación. Lucidez, a cuenta gotas. Así y todo, Daniel agarró a su madre del brazo, saltaron del bungaló y siguieron una orden: “¡Corran hacia las montañas!”. Por insólito que sea, Claudia no quiso desprenderse de sus valijas. Una ola sin compasión le pisaba los talones, pero ella no se deshacía de un equipaje que le quitaba energía para continuar. Daniel se ofreció a cargarlo. Un paso, dos, tres, y las voces que se escuchaban en off: “¡Súbanse a los árboles!”. Pero ya no había ninguno libre para ellos. 

Eludiendo malezas y matorrales, madre e hijo corrían hacia la vida, escapando de la muerte. Nunca una metáfora fue tan literal. Claudia llegó a una especie de refugio improvisado, pero, al girar su cabeza, no había rastros de Daniel. “Estaba desorientada, angustiada, mareada. Me invadió la impotencia, el remordimiento: creí que ‘Dany’ se había ahogado por no soltar las maletas. ¡Qué necia al preocuparme por eso! ¡Quería volver a ver a mi hijo! De repente, apareció, disculpándose por tener que arrojar el equipaje. Y nos fundimos en el abrazo más grande que nos hayamos dado jamás”, relata, conmovida. 
 
En la cima de una montaña mediana y atiborrada de culebras, Claudia permaneció veintiocho horas. Suficientes para codearse con el miedo, la incertidumbre, la esperanza, la gratitud, la solidaridad, la igualdad. “Éramos como cien hombres y mujeres, de nacionalidades y estatus económicos diferentes. Allí, eso no tenía relevancia: entre todos, organizamos un campamento y compartimos, por inaudito que suene, una botella de agua y un paquete de papas fritas. Como soy enfermera de profesión, empecé a limpiar y curar heridas. Se hizo una cola de gente que esperaba ser atendida por mí. Por su parte, ‘Dany’ se portó como un héroe. No solo me cuidaba, sino que fue muy generoso con los demás: les daba su ropa, los consolaba. Yo tenía un vendaval de sensaciones: me dolía en el corazón el rostro de los que habían perdido todo, y, por otro lado, ansiaba llamar a Bogotá para avisarle a mi hijo que estábamos a salvo”.

La meta pasó a ser el aeropuerto de Bangkok, capital y ciudad más poblada de Tailandia. La travesía para regresar a casa demandó cinco días. Las imágenes repiquetean aún hoy en la mirada de Claudia: “Las calles eran una desolación: un sinfín de personas solicitando auxilio, otros tantos desplazándose como zombis buscando a sus familiares, cuerpos mutilados entre los escombros, el muelle agrietado, la fila de ahogados en la orilla de la playa… Era irónico: paralelamente, con Daniel estábamos exultantes de estar vivos. No teníamos nada: él solo un pantaloncito; yo, un biquini con un pareo… Pero teníamos todo”.

Caminaron horas y horas a la intemperie, a merced de un sol fulminante o una copiosa lluvia. Pidieron limosna para saciar ese hambre atroz y esa sed exasperante. Hicieron dedo hasta que los recogió un autobús y, luego, un camión que transportaba a obreros. “Accedimos al aeropuerto de Surat Thani; de allí volamos a Bangkok, donde conseguimos pasajes –separados, ya que no había cupos– para retornar a Colombia”. Fin de la pesadilla. ¿O no?

Las dos caras de la moneda
• Morir: “Cuando llegué al campamento, sentí que estaba muerta. ¿Cómo es codearse con la muerte? Se apoderan de ti el pánico, la angustia, y el tiempo parece detenerse. Pero, rápidamente, me invadió una claridad mental inusitada: comprensión de todo, ampliación de los sentidos… Me colmaron una paz y un amor inmensos”.

• Vivir: “Descubrir que mi hijo vivía fue un ‘clic’. El dolor de su aparente pérdida me cambió la forma de ver la vida, las perspectivas, las prioridades. Yo era controladora, perfeccionista; de alguna manera, necesitaba un tsunami”.

El después
Las esquirlas de un trance de semejante magnitud persisten en el tiempo. ¿Cómo reinsertarse en el ritmo frenético de la sociedad habiendo atravesado una experiencia traumática? Claudia lo sabe: “Los primeros tres meses fueron muy difíciles: soñaba con olas y gente ahogándose. Me embargaba la tristeza, la culpa… Me sentía culpable y desagradecida por estar viva. Cuando me topé con una estadística que decía que los sobrevivientes de tragedias terminaban internados en psiquiátricos, enfrenté mis temores y decidí dejar de ser víctima para pasar a ser responsable. Fue un proceso largo y fuerte, pero fascinante. Tomé conciencia de lo acontecido, y forjé nuevos hábitos y comportamientos. Ese trabajo interior me sanó”.

Renacer, resurgir, florecer. Claudia descubrió que también podía ayudar a sanar a otros. Como en el campamento en la montaña. Así es como su cotidianidad dio un vuelco de ciento ochenta grados: abandonó su puesto empresarial para convertirse en una speaker motivacional que brinda conferencias en Chile, Bolivia, Paraguay, Brasil, Uruguay y la Argentina. Su charla, bautizada “El tsunami de mi vida”, ahonda sobre cómo fortalecer el espíritu y cómo hallar en cada situación una oportunidad de crecimiento. “A través del coaching y otras técnicas, acompaño a particulares, gerentes y CEO para que alcancen aquello que persiguen. En Tailandia encontré mi verdadero propósito, mi leitmotiv: el servicio”, sentencia.

Uno de los temas que trata en las disertaciones coordinadas por la agencia Quan Corporate Experiences es la importancia del concepto de equipo. Claudia profundiza: “Cuando varias personas se unen e interactúan felices, los resultados son exponenciales. Para eso, tienen que estar enfocados en un objetivo común: no debe primar el ‘por qué’, sino el ‘para qué’. En este contexto, se genera un ambiente cooperativo, más que competitivo, donde lo colectivo prevalece sobre lo individual. Para ello, hay que asumir compromisos, obligaciones y funciones de liderazgo, desarrollar nuestros dones, y dominar el impacto de nuestras palabras y actos. Así, obtendremos la mejor versión de nosotros mismos”.

“Que el hombre sepa que el hombre puede” es el lema de Alfredo Barragán, uno de los cinco integrantes de la Expedición Atlantis (en 1984, cruzaron el océano Atlántico con una balsa a base de troncos). En Tailandia, Claudia se convenció de que el ser humano es capaz de superar sus propios límites. “Nuestros límites son mentales, emocionales, producto de un libreto que tiene su raíz en lo social, lo cultural, lo familiar. Nos amedrentamos ante los retos y desafíos, frente a lo desconocido. Preferimos descansar en aquello que no nos incomoda; nos estancamos. Deseamos un cambio, pero acabamos haciendo lo mismo. Es un círculo vicioso. Cuando comprendemos que nuestra mayor barrera es la forma en que contemplamos las cosas, y que dentro de nosotros tenemos un potencial inmenso, se nos abre un horizonte mágico. En él se nos manifiesta lo que siempre estuvo allí, pero nunca nos detuvimos a observar. Ese es el puntapié inicial para conquistar lo que queremos”, concluye.

A la pantalla grande
La familia española Álvarez-Belón también estuvo en Tailandia aquel fatídico 26 de diciembre. La desgarradora historia de María, Enrique y sus tres hijos –Lucas, Tomás y Simón– fue llevada al cine por otro compatriota: el director Juan Antonio Bayona. Lo imposible, protagonizada por Naomi Watts y Ewan McGregor, cuenta cómo sobrevivieron milagrosamente a la tragedia. Elogiada por la crítica, recibió múltiples premios.


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