ENTREVISTA


El padre del musical


Por Belén Herrera.


El padre del musical
Pepe Cibrián Campoy siempre se anima a más. Después de haber logrado imponer el género musical como autor y director, ahora juega a ser el Quijote en El Hombre de la Mancha. Un artista que se reinventa todo el tiempo.

Se abre la puerta y allí está él: Pepe Cibrián Campoy. Sentado en una silla dentro de su camarín, frente al espejo, con camisa y pantalón azul, el padre del musical argentino nos invita a pasar. Cremas y lociones están desparramadas sobre la mesa. Fotos de él y de sus seres queridos decoran las paredes. Unas mantas de tipo hindú personalizan el sillón de dos cuerpos que sirve como living, mientras que un ramo de rosas rojas se destaca arriba de una mesa ratona. En un costado, su asistente, una amiga y su perro Quijote ofician de testigos de esta charla, que tiene lugar un par de horas antes de que Pepe se convierta en el Quijote de la Mancha sobre el escenario del mítico teatro Maipo.

Después de haber protagonizado Priscila, la reina del desierto, Pepe decidió redoblar la apuesta y protagonizar El Hombre de la Mancha junto a Raúl Lavié y Cecilia Milone. Apasionado, intenso y soñador, él es ante todo un hombre que hace lo que se le da la gana. Y eso se nota arriba y abajo del escenario. “Estoy muy eufórico porque cuando uno trabaja en una nueva obra es como cuando tenés un hijo que querés que sea sano y feliz. El éxito no siempre pasa. En el teatro, cuando se da un éxito es un milagro; no es dos por dos, es una alquimia muy particular que se da o no y está más allá de uno. En esta obra por suerte se dio y la gente responde delirada. Creo que sí, que la pieza es muy divertida, emotiva, muy conmovedora, que tiene muy buenas actuaciones y una música maravillosa, que es original. Se estrenó hace cincuenta años en Estados Unidos y esta revisión que he hecho de la puesta en escena a la gente le emociona mucho”.

–¿Por qué eligiste hacer El Hombre...?
–Es una obra que vi cuando era muy chico y siempre me pareció fantástica. La música, la historia, cómo ellos habían encarado el Quijote y lo que hacía el actor que interpretaba tanto a Quijote como a Cervantes. La presencia, esas melodías que él canta, y esos textos que, a la vez, también adapté a mi forma, pero básicamente están inspirado en ellos. Me parecieron fantásticos. Después de hacer Priscila, que era un personaje tan particular, tan diferente, pensé que esta obra era un desafío, sobre todo cuando ya la había interpretado gente tan talentosa. Pero me dije: “Yo voy a hacer la mía”. ¿Un poco osado? Tenía ganas de hacerla. Y como en general hago lo que me da la gana, lo que me gusta, se dio y lo hicimos.

–¿Cómo elegís las obras?
–En general, las escribo yo, salvo Priscila o esta que estamos haciendo. Pero por ahora voy a hacer obras de otros, voy a descansar un tiempo de tanto escribir. Estoy muy feliz actuando, me encanta, y no siento la responsabilidad de tener que escribir un texto. Prefiero que ya venga armadito y que yo haga mi adaptación, mi vuelo, mi poesía, mi forma y mi estilo, obviamente… pero que ya venga hechito. Al menos por ahora.

–Si bien nunca estuviste alejado de la actuación, desde Priscila se dio como un relanzamiento de tu carrera… 
–Pero son las causalidades de la vida. No pensaba que esto me iba a pasar. Me ofrecí para hacer el personaje de Priscila; no me llamaron. No me llamaron, no porque no me valorasen, sino porque les parecía un delirio; ¡cómo Pepe va a ser dirigido! Pero me ofrecí y mi rol fue el de actuar. Creo que cada uno cumple su rol y si lo acepta debe ser ese. Lo peor que puede pasar es tener que irte o que te echen; entonces, acepté ese papel. Y sucedió algo impensado en cuanto a críticas, premios y demás, cosas que nunca soñé. Fue algo más familiar, de historia de madre y padre actores. Me encantó y por eso ahora elegí esta obra. Supongo que va a durar bastante porque va muy bien, pero ya estoy pensando en cuál voy a hacer después de que termine esta, porque algún día terminará… A mí me gusta proyectar, creo que es una buena adrenalina, te mantiene vivo.

–En ese futuro proyecto, ¿te seguís imaginando como actor?
–Sí por ahora. Reconozco que es agotador, sobre todo en este papel. Elijo personajes para los que hay que ser un campeón olímpico de resistencia, de movimiento... no paro. Son papeles muy intensos, y yo naturalmente soy muy intenso, pero trato de que mi intensidad sea controlada. También he descubierto que menos es más. A veces lo chiquito es mucho más interesante y más difícil. Cuando un mal actor tiene que hacer una escena chiquita, si la hace mal, queda muy feo. Creo que lo que más me gusta es poder jugar con los diferentes climas, con las sensaciones.

–¿Te imaginás dentro de otro género?
–Lo hablaba con María, mi amiga, que me decía por qué no hago una obra de texto. Puede ser. Por ahora me gustaría encontrar otro musical, pero puede ser una obra de texto. Me gustaría algo muy comprometido, muy interesante de llevar a cabo.

–¿Sentís que reinventaste tu carrera?
–Sí, claro. La vida siempre me reinventa. Es un privilegio. Muy poca gente puede hacerlo. Por eso soy un hombre muy afortunado. Me lo gano; no me lo regalan. Hay mucha gente que lucha tanto como yo y no tiene esa suerte. Yo la tengo, gracias a Dios. Pero siempre el esfuerzo parte de uno. Nadie te regala nada. Porque aunque te lo regalaran, si no tenés el talento, da igual. Si tu pareja te pone como cabeza de compañía y te compra un teatro y a la gente no le gusta la obra, no va a ir aunque se inviertan millones de dólares en publicidad. 

–¿Qué te dejó Priscila, la reina del desierto?
–Una alegría inmensa. Un recuerdo entrañable. La disfruté mucho. Más allá del dolor físico, del cansancio, porque era agotadora, la disfruté mucho. Fue un placer.

–¿Te sentís un poco el Quijote?
–Sí, absolutamente. Creo que soy un Quijote. Y que en el mundo, en general, los que trabajamos y tenemos ideales peleamos contra molinos de viento, que son tantos en nuestra sociedad. Es un país en el que peleamos con molinos de viento todo el tiempo; estamos acostumbrados y cumplimos nuestros sueños en general a través de la lucha. Entonces, siento que soy un Quijote porque soy un luchador, un idealista, una persona que no cesa de pelear. Cada vez mis molinos son más gentiles, pero eso se da a esta edad después de tanta lucha y dereconocimiento por parte de la gente, de los medios... Eso es algo que lleva tiempo. Y cuando llega a esta edad, ya estás viejo, pero ese no es mi caso todavía (risas).

–¿Creés que en los últimos años se dio como una especie de auge de los musicales?
–No. Eso es mentira. No resurgió nada. El musical surgió conmigo y sigue conmigo. Depende del dólar si vienen los norteamericanos o no vienen. Ellos traen esas cosas, que son clones, que están muy bien para allá, como El fantasma de la ópera o La novicia rebelde. Las traen exactamente igual, tenés que mover el dedo igual, mirar para el mismo lado, pero las idiosincrasias en el mundo no son iguales. Los anglosajones no se mueven; en cambio, no-sotros nos movemos mucho. Pero como no los dejan, los actores están todos muy incómodos.

–¿Tampoco sentís que la gente esté más predispuesta a ver el género?
–Creo que el público argentino es exigente y está dispuesto a ver buenos espectáculos. No importa si estos pertenecen al género musical o no.

–¿Por qué no ves televisión de aire?
–Porque está siempre (Marcelo) Tinelli. Y están los que hablan de Tinelli, y después los que hablan de los que hablan de Tinelli. No tengo ganas de ver eso. A mí no me gusta; no es que esté mal o bien, sino que no me gusta. Tampoco me gusta ver los noticieros porque siempre te muestran la misma violencia. Nada es lindo, nada es agradable. ¿Para qué? Si las series son divinas. No veo que en la televisión de aire haya grandes unitarios, como los que había antes... Diana Álvarez o el extraordinario Alejandro Doria hacían genialidades.

–¿Con qué soñás?
–Con seguir viviendo bien. Con eso sueño. La vida me ha dado todo. Lo que quiero y más de lo pensado.

En dupla 
Hace treinta años, más precisamente en 1983, Pepe Cibrián Campoy se asoció con Ángel Mahler, para realizar el musical Calígula. En 1991, estrenaron en el Luna Park su mayor éxito: Drácula. Más tarde le siguieron El jorobado de París, Las Mil y una Noches, El fantasma de Canterville, Dorian Gray, el retrato, Otelo y Mireya, entre muchos otros. Hoy presentan en el teatro Maipo El Hombre de la Mancha, basado en el clásico de Miguel de Cervantes Saavedra. Pepito Cibrián se pone en la piel del Quijote, Raúl Lavié interpreta a Sancho Panza y Cecilia Milone hace el papel de Dulcinea.

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