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La cama grande


Por Tamara Smerling.


La cama grande
Los hábitos y los estilos de crianza van cambiando con los años. Últimamente se ha hablado mucho del colecho. Algunos especialistas apoyan esta práctica porque dicen que favorece la autoestima, y otros se oponen. Una modalidad que genera polémica.

En (casi) todas las épocas hubo distintos modelos, métodos y formas de criar a los chicos. Hasta hace solo treinta años, era impensable para los pediatras que existiera otra forma de dormir a los bebés que no fuera boca abajo. Más tarde se descubrió que lo ideal era, justamente, todo lo contrario: boca arriba. Sin embargo, en lo que siempre se estuvo de acuerdo, era en que los bebés debían dormir en su propia cuna y, a partir de los seis meses de vida, en su propio cuarto. El riesgo de dormir en la “cama grande” era alto: los padres, en el cansancio de la madrugada, podrían aplastar a sus hijos o, sin darse cuenta, apoyar una almohada sobre el bebé. Ahora, la posibilidad de acceder a una cama “familiar” parece no estar lejos. Los partidarios de esta modalidad, llamada “colecho”, aseguran que los animales duermen con sus crías hasta que ellas están capacitadas para desplazarse solas. O que el colecho se practicó hasta el siglo XIX, cuando las casas tenían un solo dormitorio. Y también que, en los lugares donde hay temperaturas bajo cero, los padres duermen con los  niños para mantenerlos bien abrigados durante toda la noche. 

Algunos integrantes de la farándula comentaron a algunos medios que eran partidarios del colecho. Paula Chaves, por ejemplo, es una ferviente defensora de esta práctica y se animó a compartir la cama grande con su pequeña Olivia. Grisela Siciliani, Nicole Neumann y Natalia Oreiro apoyan la “crianza con apego” que incluye la lactancia materna de manera prolongada, alzarlos todo lo que se pueda y no escatimar respuestas a cada pedido o necesidad del bebé para evitar que sufran.

La psicóloga Silvia Feitelevich, especialista en niños y adolescentes, asegura que no tiene una posición única en relación con esta modalidad. No está a favor, ni en contra; solo asegura que hay que tener en cuenta algunas circunstancias: “Me parece que tiene relación con la edad del bebé, las características de cada una de las familias y el entorno del pequeño. Es decir que, por ejemplo, el colecho no tiene las mismas implicancias en un bebé de tres meses que en uno de un año, pues los últimos tienen una mayor autonomía, necesitan más lugar para moverse con libertad durante el sueño y ya no suelen tomar el pecho o la mamadera durante la noche. También existen otras variantes: hay grupos familiares que no disponen de una cama para cada hijo, por lo que dormir con el/los padre/s puede ser necesario y una forma de estar protegido. Una situación similar puede darse en lugares donde hace mucho frío y la posibilidad de calentar el ambiente es escasa, por lo cual el calor humano es fundamental”. Sin embargo,  la especialista subraya que si las condiciones se acercan a las ideales, lo recomendable es que los padres logren una separación gradual y sistemática del bebé pues, a la larga, esto también resultará beneficioso para la pareja. “La recomendación puede aplicarse incluso a familias monoparentales como una manera de fomentar la autonomía de los hijos”.
Los partidarios –encandilados por la corriente– aseguran que el colecho favorece la lactancia materna (por las tomas nocturnas), aumenta los episodios del sueño REM (lo que disminuye los episodios de apnea de sueño, que son muy peligrosos para los bebés), reduce el riesgo de hipoglucemia, disminuye la frecuencia del llanto, y potencia el vinculo afectivo entre los padres y los hijos. ¿El objetivo? Se supone que los chicos saldrán más seguros e independientes, y se ahorrarán años de terapia en el futuro. Sin embargo, los detractores sostienen que los bebés prematuros (que pesan menos de 2,500 kilos) tienen más riesgos de asfixia, que es muy peligroso dormir con un bebé en un sillón o en un sofá, que la asociación entre el sueño y la presencia de los padres puede dificultar que los chicos después lo concilien en las siestas o a la hora de ir a dormir sin sus padres, o que la vida sexual de la pareja se resienta con la pérdida de la intimidad. 

La psicóloga Mónica Cruppi considera que se trata de una moda nociva para la salud de los bebés y los niños: “Hoy aparece como tendencia o producto cultural, en la crianza de los bebés, la lactancia a demanda, estar full time con los hijos y dejar que los pequeños duerman con sus padres, es decir, ‘el colecho’. Esta última situación es bastante controversial y opuesta al pensamiento psicoanalítico que postula todo lo contrario”. Cruppi considera que, al nacer, el bebé ya distingue a su madre, la reconoce por el olor, los latidos y la voz. La cercanía de ella le otorga, justamente, la confianza y lo tranquiliza para enfrentar a su medio ambiente. “Esta relación está centrada en el ritmo que imponen las mamadas, los cuidados y el amor, por lo que todos estos elementos irán organizando la mente del niño y lo moldearán en un futuro no muy lejano. El pequeño conocerá el mundo que lo rodea y lo estructurará en su psiquismo. Lo que caracterizará al pequeño en esta época de su vida es la extrema dependencia para poder sobrevivir, el gran desarrollo sensorial que le permite aprehender el mundo que lo rodea y su  indefensión. En estas condiciones se producirá lo que se denomina ‘simbiosis normal’ del recién nacido con sus madre o con quien cumpla esa función. La simbiosis posibilita que el otro entienda y decodifique las necesidades del pequeño y las satisfaga, hasta que este se encuentre en condiciones de hacerlo por sí mismo; situación que se da a lo largo del desarrollo psicomadurativo y emocional del niño. Este proceso se denomina ‘de diferenciación e individuación’”.

El colecho, dice Cruppi, entre otras cosas, dilatará ese proceso que dará lugar a las nuevas funciones psíquicas del niño, “apegándolo así a lo viejo conocido”. La especialista considera que, si bien un grado de apego favorece el crecimiento de los hijos, todo lo que se produce en demasía, en cambio, obturará sus condiciones en un futuro.“Estas separaciones (entre el niño y los padres) son muy necesarias para el desarrollo de la individualización del niño. El bebé comenzará a tener cierta independencia y tendrá otro tipo de contacto con los adultos”. Por eso, Mónica Cruppi formula una pregunta a modo de conclusión: “En el dormir juntos se satisfacen necesidades emocionales. ¿La pregunta es de quienes? Si de los papás o de los chicos”.
 
Su autonomía

* Por Claudia Smaliroff
Es fundamental acompañar al niño orientando su creciente autonomía, a medida que su madurez biológica se lo va permitiendo, con hábitos y límites claros para todos. Esto también implica el poder acompañarlo cuando ya es momento de dormir en su habitación, sin invadirse espacios mutuamente. En los primeros meses de vida es importante la cercanía física, espacial, ya que el contacto es fundamental y determinante en la constitución del psiquismo y la maduración orgánica de los niños. Los hábitos cumplen un rol fundamental en la incorporación de los diversos aprendizajes básicos de convivencia, hábitos que van favoreciendo la construcción de autonomía, que a su vez posibilitará la autonomía de pensamiento. Un cuento, una luz tenue en un pasillo, un peluche, una canción de cuna, un pañuelito suave pueden resultar elementos útiles para que esa transición a dormir solo se viva de un modo saludable y necesario.
* Psicopedagoga

La cuna del colecho 

Unicef publicó un documento, “Compartiendo la cama con tu bebé. Una guía para madres que amamantan”, donde se advierte, entre otras cosas, que las camas de los adultos no están diseñadas para los bebés. Por lo tanto, para prevenir el recalentamiento o la sofocación o el hecho de quedar atrapado, a la hora de dormirse juntos hay que tener en cuenta ciertos factores. Para saber más del tema, puede ingresar en https://docs.google.com/file/d/0B9HTQoeyaBMpRGpHeDBRVlpJcFE/edit?pli=1 
Otros especialistas consideran que quienes deseen fomentar el colecho deben acostar al bebé en una cuna apropiada, que se adosa a la cama matrimonial y proporciona todas las ventajas del colecho pero sin dar lugar a riesgos.

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