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Jazz Piazzollano


Por Mariano Petrucci.


Jazz Piazzollano
Nació en Mendoza, vivió en Barcelona y ahora se destaca en Nueva York. El compositor y pianista Emilio Solla es uno de los mayores exponentes del “tango-jazz”. Su último disco estuvo nominado para los Grammy. En breve, podremos disfrutarlo por estos lares.

Mientras nos responde, Emilio Solla se toma un cafecito en Astor Place, un rinconcito neoyorquino que le cae como anillo al dedo. Es que este mendocino, egresado del Conservatorio Nacional de Buenos Aires, es uno de los compositores y pianistas más respetados de la era post-Piazzolla. Astor Place, entonces, se transforma en un guiño. Un guiño que, a su vez, le hace La Gran Manzana en su totalidad, porque, aunque se queje de que perdió la tranquilidad, la buena comida y el poder ir en bicicleta a todos lados, fue allí donde ganó exigencias y desafíos. 

“En este país, conocí  gente que siempre había admirado, como Paquito D’Rivera. En este campo, el nivel aquí es altísimo, lejos de cualquier otro lugar en el mundo. Permanentemente tenés que estar dando examen. Eso es excelente, ya que si en algún momento creés que llegaste a algún lado, al día siguiente aparece un húngaro de 25 años que te pasa el plumero, y lo convocan a él para el puesto. Acá sos uno más... ¡Y eso ya es un gran logro! Está fenómeno dormir la siesta, pero acá no se puede”, sentencia entre sorbo y sorbo. 

Pulirse constantemente tiene su rédito. En su caso, significó empezar a codearse con fueras de serie, como el cubano D’Rivera, y convertirse en uno de los mayores exponentes del “tango-jazz”, esa corriente que fusiona las armonías e improvisaciones propias de la música norteamericana con los ritmos propios de nuestros pagos. “Son etiquetas, ¿no? Aunque, humildemente, considero estar dentro de ese grupo de colegas que están empujando ese estilo en diversas direcciones con una calidad razonable en la escritura y la interpretación”, desliza sin falsa modestia.

“Siempre sale algo si uno se ocupa de que salga. Siempre”, solía repetir el maestro René Lavand, con esa cadencia al hablar tan magnética. Con paciencia de escultor, Solla se ocupó, en treinta años de trayectoria, de moldear este presente alentador. Una muestra: el año 2015 arrancó con una nominación al Grammy en la categoría “Mejor álbum de jazz latino”, por Second Half, su más reciente disco, sofisticado y maduro. Lo grabó con su noneto, La Inestable de Brooklyn, una orquesta que formó en 2010 y con la que ya lleva más de sesenta conciertos por Estados Unidos. “Es mi séptimo material de estudio, donde combino tango, folclore, ritmos latinos, jazz y música de cámara de tradición europea. Al fin y al cabo, son mis influencias, que van desde Johann Sebastian Bach hasta György Ligeti, pasando por Keith Jarrett, Chango Farías Gómez, Maurice Ravel, Ígor Stravinski, Led Zeppelin, Egberto Gismonti, Los Beatles, Borges, Cortázar, Picasso, Diego Capusotto, Akira Kurosawa y muchísimos más”, se define.  

–Decir “Piazzolla”…
–Es decir: “Gracias, Gran Jefe, por emocionarnos profundamente y por mostrarnos hacia dónde se podía ir”.
El rumbo de Solla se fue amasando en los membrillares de Chacras de Coria, un pequeño pueblo enclavado en el norte de Mendoza. Recuerda: “Esa provincia es mi relación con el folclore, es una siesta donde nos metíamos a robar uvas en la vid de atrás de la casa... Es la memoria de mi padre ingeniero, que ayudó a diseñar el sistema de acequias de la ciudad”.
Julio César Solla, contrabajista de jazz, le abrió las puertas a este universo mágico, en noches de peñas en las que se quedaba dormido deleitándose con Mercedes Sosa, Ariel Ramírez o Jaime Torres. “No sé qué es lo que me despertó el bichito, pero a los 8 años les comenté a mis padres sobre mis ganas de intentar con el órgano. Y?me inscribieron en el Conservatorio Nacional en la carrera de piano. ¡Todavía sigo corriendo! Espero poder tocar decentemente antes de morirme” (ríe).

–¿Por qué el jazz, Emilio?
–Por las armonías, y porque tenés que crear continuamente, saltar al vacío, arriesgar, jugar, sentir... ¡Qué divertido, Dios mío! ¡Ah! Y te podés equivocar de nota sin que ningún profesor te grite. ¡Qué alivio! 

En la década del ochenta, Solla lideró el multipremiado sexteto Apertura (elogiadísimo por el propio Piazzolla). Después, fue el turno de emigrar hacia el Viejo Continente: en 1996 se radicó en Barcelona. ¿Por qué? “Vamos por partes: curiosidad por un lado; pero, más importante aún, tenía la necesidad de buscar retos que me quedaran ‘grandes’, para ‘agrandarme’ yo. Léase: estudiar más, esforzarme más, ser mejor. Por otro lado, todo era demasiado bonito cuando comencé, para poder soportar la debacle cultural de los noventa. Un horror. Me prometí que si se volvía a votar al mismo gobierno, me iba. Y me fui”, cuenta. 

Y prosigue: “A Barcelona la sentí familiar desde el minuto uno. Y, paralelamente, encontré una ciudad donde el autobús se detiene para que la gente suba, y donde los conductores no te tiran el coche encima cuando tenés derecho a cruzar, ¿se entiende? Además, me editaron mi primer CD, y cuando concertabas una fecha a tres meses con un cachet ‘x’, ibas, la fecha se hacía, ¡el piano estaba afinado!, y te pagaban lo que habías acordado de antemano. Viniendo de Buenos Aires, era como aterrizar en Marte. Con los años, Barcelona fue el trampolín para recorrer Europa y Asia, a partir de mi tercer álbum, Suite Piazzollana”. 

No soy de aquí... 

“Cafecito, contestar mails, mirar gatitos que hacen piruetas en Facebook, enseñar, ensayar, componer para mí o para otros, hacer llamados, chequear la agenda, anotar veinte cosas para hacer y tener tiempo solo para diez, darle un abrazo a Paz –la mujer de mi vida–, ir al lavadero, cocinar, analizar esa obrita de Béla Bartók, o examinar los distintos pianistas de Troilo para robarles como loco. Cuando hay giras: subir a un avión, ir a un hotel, probar sonido, reír con la monada antes, durante y después del show”.

En Nueva York, donde reside desde 2006, Solla alterna su cotidianidad con sus trabajos con celebridades de la talla de Arturo O’Farrill, Chris Cheek, Edmar Castañeda, Victor Prieto, Jorge Roeder, Ziv Ravitz, Donny Mc Caslin, Jeff Ballard y hasta Billy Hart. Y, fiel a su costumbre, apunta los cañones hacia adelante. “Estoy ultimando un disco de tango tradicional, bailable, donde les rindo homenaje a las grandes orquestas. La idea es arreglar algunos clásicos y componer otros, pero siempre dentro de mi estilo. Creo que lo bautizaré Tributango. Lo grabo en junio con un cuarteto que estoy codirigiendo con nuestro compatriota Pablo Aslan: el New York Tango Quartet”, anticipa. Pero hay bastante más: “Estoy preparando la versión orquestal de mi Suite Piazzollana para trío de jazz y orquesta sinfónica, haciendo contactos con la Sinfónica Nacional y la de Mendoza para ir a presentarlo en la Argentina. En Nueva York lo estrenamos en octubre. Y, próximamente, iré a Chicago para mi concierto para gaita, piano y orquesta, comisionado por una gaitera gallega tremenda: Cristina Pato”.

–¿Cómo evaluás el futuro del género?
–Las generaciones nuevas son buenísimas: tienen una inventiva inusual, un lenguaje propio... Hay muchos compañeros formándose en el exterior y volviendo al país para compartirlo. En los viajes que se avecinan, me gustaría dar charlas o master classes.

–¿Tenés previsto regresar?
–Siempre vuelvo, ya sea para actuar o para visitar a los míos. Ya que me dan el pie, los invito el 24 de mayo al Espacio Le Parc, en Mitre y Godoy Cruz, en Mendoza, y el 27 al Boris Club, en Gorriti 5568, Ciudad de Buenos Aires.

–¿Un sueño por concretar?
–Amanecer cada mañana con la misma salud y alegría que hoy, sabiendo que me aguarda un día parar honrar la profesión que amo. O sea, se me cumple el sueño diariamente, y siempre es el mismo, pero diferente, porque los proyectos cambian. A mí no se me ocurre otra forma mejor de pasarme esta vida en este mundo; volvería a vivirla cien veces, conociendo tanta gente, tantos lugares... Tener la ilusión de que estás inventado una música que antes no estaba, y que alguien está sintiendo algo cuando la escucha... Impagable.

Second Half 

El disco fusiona jazz con sonidos de tango y folclore rioplatenses. A partir de exquisitas composiciones, surgen pasajes que van de la calma a la intensidad y la euforia, con el piano conectando los diferentes climas. Se destacan: “Llegará, llegará, llegará”, “Chakafrik”, “Para la paz”, “Suite Piazzollana (Part 1)”, “Esencia” y “Raro”. Dijo The New York Times: “El pulso contundente del nuevo tango de Astor Piazzolla se encuentra omnipresente en el ritmo majestuoso del pianista Emilio Solla”.

Recuerdos 

“Hubo momentos en mi carrera en los que sentí que todo tenía tanto sentido…”, reflexiona Solla. Y se entusiasma: “Cuento uno: estábamos con Paquito D’Rivera en el Jazz at Lincoln Center, en Nueva York. Cada vez que me subía al escenario, pensaba: ‘¿Cómo puedo yo estar tocando con este hombre? En ese tiempo, yo estudiaba cinco horas por día para poder estar mínimamente a su altura. Así y todo, llegaba con lo justo. Una noche interpretamos una obra mía que le encanta a Paquito: ‘Buenos Aires Blues’. En el solo de piano, yo me dejé ir con la música… Sobre el final, me pasa Paquito por atrás y me dice: ‘Joder, Emilio, ¡qué solo has metido!’. Increíble. ¡Sonrisa petrificada de idiota durante un mes! Todo el esfuerzo de tantos años, todos esos instantes donde creés que a nadie le importa lo que hacés, cobran significado y tomás envión para diez años más”.


Más información:
www.emiliosolla.com 

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