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Menos es más


Por Dolores Gallo.


Menos es más 
Más estímulos en la infancia no significa mejores resultados. Tenemos que lograr que los niños se asombren más, porque es el asombro el que mueve al conocimiento. Esto es lo que afirma la investigadora Catherine L’Ecuyer.

¿Por qué no llueve hacia arriba?”, le pregunta un niño a su mamá en la plaza; otro llama a gritos a la suya, mientras se tira por enésima vez del tobogán al grito de: “¡Mirá, mamá!”. Los pequeños se asombran por las pequeñas cosas que los rodean, y es ese asombro el que los lleva a investigar y aprender. Sin embargo, muchas veces estas preguntas nos incomodan, nos fastidian. Es que no tenemos tiempo para frenar en cada esquina a mirar cómo pasa el agua por la alcantarilla… Vivimos apurados y queremos que los chicos se muevan a nuestro ritmo. “Cada vez más se programa a los chicos para un sinfín de actividades que los aparta del ocio, del juego libre, de la naturaleza, del silencio, de la belleza. Muchos niños se están perdiendo lo mejor de la vida: descubrir el mundo. Un ruido ensordecedor acalla sus preguntas, las estridentes pantallas saturan sus sentidos”, se lamenta Catherine L’Ecuyer, autora del libro Educar en el asombro. “Es imprescindible devolverles a los niños su infancia. Debemos respetar su naturaleza, sus ritmos, su inocencia”, asegura la experta. 

–¿Cómo definirías el asombro, y por qué creés que es tan importante? 
–Tomas de Aquino decía que el asombro es el deseo de conocer. Hoy nos preocupamos porque los niños no aprenden al ritmo esperado y no se motivan. En ese contexto, el “deseo de conocer” tiene mucha relevancia.

–¿Qué es lo que les provoca asombro a los niños?
–La belleza. En un contexto de distracción, la belleza también se convierte en algo especial porque “atrae”. No me refiero a la belleza cosmética: esta fascina, no asombra. Hablo de la belleza metafísica, la que perdura en el tiempo y que no está sujeta a modas. La buena noticia es que esa belleza se encuentra en todas las cosas. Decía Tomas de Aquino: “Hay belleza en todas las cosas existentes”. Lo que ocurre es que hay grados distintos de belleza y la sensibilidad es clave para poder captar el grado de belleza que hay en las cosas. Por eso, la primera cualidad de una madre, de un padre, de un educador es la sensibilidad. Hay estudios que lo confirman: el mejor indicador del buen desarrollo de un niño es la sensibilidad de su madre. 

–¿Los adultos tenemos la posibilidad de estropear o fomentar la capacidad de asombro de los niños? 
–No creo que ningún padre se dedique a “matar” la capacidad de asombro de sus hijos. ¡Eso es imposible! Pero una forma de no respetarlo es darle todo lo que quiere, sin brindarle la oportunidad de desearlo. El asombro es algo innato, todos nacemos con él. Tampoco se trata de inculcarlo, sino de respetarlo. Y si no se respeta, entonces, se pierde. ¿Cómo se logra? Respetando los ritmos del niño, su inocencia, sus etapas, su sed de misterio, de belleza, de silencio, no saturando los sentidos, fomentando el juego libre, el contacto con la naturaleza. 

–¿Qué ocurre si les damos más estimulación de la que necesitan? 
–Se pueden volver hiperactivos, inatentos, impulsivos o distraídos. Hay estudios que lo confirman; entre ellos, algunos sobre el efecto pantalla. Además, cuando adelantamos etapas del crecimiento, ponemos a los niños en una situación de frustración que podría repercutir sobre su autoestima y crear una espiral de fracaso que puede afectar el desarrollo futuro. Con las tecnologías, los padres tienen a veces la falsa creencia de que si no les ponen un mouse en las manos a los 2, 3, o 4 años, se quedarán atrás. Pero a los niños que son nativos digitales no les pasará eso. El aprendizaje de un nativo digital es extremadamente rápido, y la gran mayoría de las tecnologías actuales no existirán cuando ellos lleguen al mercado laboral. Habremos perdido tiempo y recursos valiosos invirtiendo en enseñarles a utilizar herramientas a una edad en que estaría mucho mejor invertir su tiempo en otras actividades que los ayuden a ser creativos, ingeniosos y capaces de adaptarse al cambio. 

–Muchos padres creen que para que sus hijos triunfen deben aprender un sinfín de actividades. ¿Qué opinás?
–Si hablamos de la etapa infantil, esa postura nos viene de una mala interpretación de la literatura neurocientífica. Más no es mejor, y no es cierto que lo que no se hace durante los primeros tres años luego no se recupera. Esas creencias son “neuromitos”. Mientras los niños tienen la cabeza y la agenda ocupadas en actividades extraescolares, en montones de deberes y en metas de todo tipo, no tienen tiempo para pensar en lo que les corresponde en esa etapa tan preciosa de la infancia: estar con sus seres queridos, jugar, imaginar, descubrir por sí solos, sin prisa. 

–¿Entonces, qué es importante durante esa etapa?
–Más importante que un bombardeo de estímulos es el vínculo que desarrolla el niño con su cuidador. El apego se consolida a partir de estar con el niño y de atender sus necesidades básicas. Los estudios confirman que la sensibilidad del cuidador es el mejor indicador del buen desarrollo del niño. El cuidador sensible atiende las necesidades básicas y eso favorece la creación del vínculo. Por lo tanto, lo que marca la calidad en una escuela infantil no es que enseñen chino y chelo, o que usen iPads, sino que los maestros tengan sensibilidad y que haya pocos niños por aula y por maestro. Las ratios son claves.

–Destacas la importancia del silencio. ¿Por qué?
–¿Cómo logramos que los niños vivan más en silencio? Decía Heidegger: “Sin el silencio, el hombre estaría echando fuera de sí lo que más caracteriza a la persona, que es su capacidad de reflexión”. ¿Qué ocurre cuando los niños dejan de pensar? ¿Tiene sentido el aprendizaje sin capacidad de reflexión? Tenemos que dejar de darles todo masticado. En vez de responder a sus preguntas, a veces está bien devolverles su preguntas: “¿Y tu que crees?”. Y en ese momento ocurre lo que todo el sistema educativo está intentando lograr desde hace años: ¡que los niños se ponen a pensar!

–¿Por qué es tan importante que pasen tiempo en la naturaleza?
–La naturaleza es la primera ventana de asombro. En contacto con ella, ellos se dan cuenta de que no son la medida de todo lo que los rodea, que hay cosas que los superan. Es bueno ir al bosque en un día de lluvia, ya que hay animales que se dejan ver, que normalmente no encontramos en un día de sol, como los caracoles; y además el olor y los colores son diferentes. Los niños aprenden a través de los cinco sentidos, no a través de “fichas” y de imágenes que pintan “dentro de la línea”.

“La naturaleza es la primera ventana al asombro. En contacto con ella, los niños se dan cuenta de que ellos no son la medida de todo lo que los rodea, que hay cosas que los superan”.

–Los niños de ahora no están acostumbrados a aburrirse. ¿Deberíamos dejarlos aburrirse más? 
–El aburrimiento puede ser bueno o malo. El aburrimiento malo es producto de la sobreestimulación. El niño sobreestimulado está acostumbrado a niveles de estímulos cada vez más altos; el resultado es que la vida cotidiana lo aburre. En cambio, el aburrimiento bueno sirve como preámbulo del juego. Cuando un niño no tiene nada que hacer, entonces, se inventa un juego y de allí brota la creatividad.

–Y en los adultos, ¿cómo está la capacidad de asombro? ¿Cómo podríamos recuperarla?
–Mirando, observando a nuestros hijos. Mirándolos como tales, no como “adultos inacabados”. Es asombroso un niño. Su inocencia, su confianza, su alegría... Todo eso es un milagro que nos ha de asombrar. 

–Las madres viven con la sensación de que no tienen tiempo. ¿Cuál sería tu consejo? 
–Hacer una buena “poda”. Nos pasamos muchas horas comprando cosas que no necesitamos para estar a la altura de las familias que nos rodean. Y ellos hacen lo mismo mirándonos. Por lo tanto, entramos todos en una especie de espiral de consumismo frenético que nos deja poco tiempo para lo esencial. Trabajamos y compramos, trabajamos y compramos. Estoy exagerando, pero sé que me entienden. Si le preguntamos a un niño de 3 o 6 años si prefiere irse con unos desconocidos de fin de semana a la playa en un hotel cinco estrellas con un montón de juguetes y de pantallitas, o bien estar con sus padres paseando, no hay duda de cual será su respuesta. Los niños quieren pasar tiempo con sus padres; lo demás es prescindible.

“El niño sobreestimulado está acostumbrado a niveles de estímulos cada vez más altos. El resultado es que la vida cotidiana lo aburre. En cambio,el aburrimiento bueno sirve como preámbulo del juego”.

–Vivimos apurando a los niños para no llegar tarde. Al colegio, a un cumpleaños, a una comida… ¿Qué tenemos que hacer? ¿Deberíamos desterrar la palabra “Vamos”?
–Los niños son caracoles. No pasa nada por enseñarles a ponerse los zapatos con un cierto ritmo cuando se lo pedimos. El problema surge cuando los niños dejan de vivir en el momento y están siempre al remolque de las prisas. Por ejemplo, un niño preguntaba a su madre: “Mamá, ¿cuando estaba comiendo en el colegio, dónde tenía que estar?” Su madre le dijo que no entendía la pregunta. El niño siguió: “Claro, cuando estoy cenando me dices que tengo que cepillarme los dientes, y cuando me estoy cepillando los dientes me dices que tengo que estar en la cama. Entonces, cuando estoy comiendo en el colegio, ¿dónde tengo que estar?”. Los niños viven en el momento, una cualidad preciosa de la que podemos aprender los adultos. ¡Tenemos que ayudar a nuestros pequeños caracoles a ponerse los zapatos con ritmo, pero sin robarles el momento presente!

Catherine L’Ecuyer es canadiense, nació en 1974, y tiene cuatro hijos. Estudió Derecho y tiene dos másters, uno en Negocios y otro en Investigación en Ciencias Sociales y Jurídicas. Trabajó como abogada en Montreal y en España, es consultora y formadora de empresas.

¿Niños aburridos? 

Para averiguar si un niño sabe aburrirse y utilizar los momentos en que no tiene nada que hacer como preámbulo del juego, Catherine recomienda la prueba del aburrimiento. “Las vacaciones, los días de fiesta, los fines de semana son buenos momentos para observar a nuestros hijos en entornos en que no hay actividades estructuradas, ni sobreestímulos externos. Dejémoslos jugar libremente unas dos horas con sus hermanos, sin juguetes, sin colchonetas, sin pantallas, sin bicicletas, en espacios abiertos en la naturaleza, y observemos cómo se desenvuelven. ¿Se entretienen solos, imaginándose nuevos juegos, o bien se aburren y experimentan ansiedad, hiperactividad?”.


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