ENTREVISTA


“No aprendí a jugar amistosos”


Por Alejandro Duchini.


“No aprendí a jugar amistosos” 

Para la vida, la misma filosofía que para la cancha. Fabricio Oberto pone todo después de retirarse del básquet: es empresario, dirigente, periodista, roquero y padre. El legendario integrante de la “Generación Dorada” se confiesa a corazón abierto.

Al borde de los 40 años, Fabricio Oberto –basquetbolista emblemático, integrante de la llamada “Generación Dorada”– prefiere no detenerse en el calendario. Tras dejar el profesionalismo, no cesan sus proyectos. Recorre el país dando charlas, cumple funciones dirigenciales en la Confederación Argentina de Básquetbol (CABB), maneja su propia bodega, le pone garra a su banda de rock, Uneven, sigue al frente con dos proyectos periodísticos, y, además, es padre de Julia, de 9 años. Pero hay más: sueña con escalar el Aconcagua. Esa es su deuda personal.

Oberto transmite en cada frase cierta informalidad agradable, acompañada de esa tonada cordobesa que delata su origen en Las Varillas. No tiene pose de estrella y la sonrisa es una constante. Lleva una barba de varios días que con su corte de pelo de raya al costado le da cierto aire a Julio Cortázar; tan alto como él, tan flaco como él. Oberto comenta que todavía le faltan varias lecturas “cortazarianas”. Otra deuda personal. “¿Así que me parezco a Cortázar? –replica–. Una vez entrevisté a Juan Sasturain y me llevó a recorrer la Galería Güemes. Me contó que allí transcurría la historia de “El otro cielo”, el cuento de Cortázar. También me llevó a Parque Lezama y recorrimos los mismos lugares que se describen en la novela de Ernesto Sábato Sobre héroes y tumbas. ¡Las ganas que me dieron de leer muchos más libros de ellos!”.

–¿Te gusta la lectura?
–Leo todo lo que puedo. Ahora estoy tratando de elegir textos cortos, que sean rápidos, porque estoy en mil cosas a la vez. Y como no tengo tiempo de buscarlos yo, elijo libros que me recomiendan. Soy de marcar: me gusta leer con una lapicera en la mano y escribir en las páginas. Creo que esa es la vida del libro.

–¿Cómo pasás tus días?
–En las charlas que hago por el país, en la bodega que tengo en Catamarca, en estudiar música, haciendo cosas con la CABB, en la radio Vorterix, con el programa Bestias mediterráneas, que transmitimos con José Palazzo desde Córdoba. En unos meses arrancaremos otra temporada de Lado Oberto, por TyC Sports. Pero lo que más quiero es compartir las horas con mi hija. Trato de tenerla siempre conmigo: así es como la llevo a reuniones, a charlas, a recitales...

–¿Te pesan los 40?
–No, porque sigo con proyectos. No le doy importancia a la edad. Tengo unas ganas enormes de hacer; ¡todo está por hacerse! Estudiar música es algo que me mantiene vivo, como llevar adelante las otras ideas. Las charlas, por ejemplo, me ayudan a sentirme bien: hay muchos chicos a los que se les puede transmitir lo que uno vivió. No quedarse en el pasado es una forma de vida. Todos mis compañeros de la “Generación Dorada” siguieron el mismo camino. Una medalla no te da derecho a nada.

–¿Cuesta no creérsela cuando se tiene trascendencia pública?
–Yo no me creo ni me creí nunca ningún personaje, ya sea cuando entrenaba, o al entrar a la cancha. Lo que tuve, sí, fue confianza, basada en el trabajo y la práctica. Pero esa confianza nunca fue de la mano de una súper autoestima. Siempre necesité trabajar ese aspecto mío. 

–¿De qué manera lo trabajaste?
–Pasándome horas y horas entrenando. Para que dejara de practicar tuvieron que decirme “Mañana no vengas, tenés día libre”. Un deportista entrena la mente, amén del físico. Estar sentado mientras sabía que podía mejorar aunque sea una milésima me llevaba a presionarme.

–¿Por qué?
–Supongo que se debe a que el atleta de elite tiene un virus del que hay que curarse porque, de lo contrario, llega un momento en el que uno cree que puede hacer todo. Hasta planeé subir el Aconcagua, pero puse los pies sobre la tierra y no lo hice. 

–¿Qué te hizo desistir?
–Que tenía un compromiso importante con el básquet. Quizá sea algo que salde próximamente.

–¿En qué quedó aquella arritmia de que te operaste?
–Me controlo. Gracias a Dios, no recaí. Tuve una ablación, aunque puede pasar que me hagan dos o tres. Por ahora, voy bien.

–¿Seguís haciendo ejercicios?
–Entreno, pero el ritmo ya no es el mismo. De todos modos, siento que estoy mucho mejor cuando entreno que cuando no hago nada. Por eso no paro de entrenar: corro, voy al gimnasio… Llegué a correr diez kilómetros de un tirón, pero sufro ese esfuerzo en las articulaciones, así que ahora me quedo en tres o cuatro. En el último año me desenchufé un poquito de eso de estar tan al límite: el alto rendimiento no es tan saludable.

–No suele hablarse de las consecuencias de la actividad física extrema.
–Hacer deportes es bueno, pero tres o cuatro veces a la semana. Nosotros entrenábamos todos los días y lo máximo que se podía. Hoy tengo la espalda con principio de hernia en muchos lados; gracias a Dios no se nota tanto y puedo seguir haciendo cosas, pero... Entreno porque me mantiene en un centro, tanto en lo psicológico como en lo físico. Cuando juego al básquet con amigos, me esfuerzo un montón, pongo todo en cada partido, porque no aprendí a jugar amistosos. Es como si estuviese en la final de un juego olímpico.

–¿Cómo ves a la distancia los logros de la “Generación Dorada”?
–Aquella selección comenzó con el sueño de alcanzar el lugar que tenían los Estados Unidos, Yugoslavia, Rusia y otros equipos que eran potencia mundial. Años después, estuvimos por encima de ellos. Ni el más optimista podría haberlo creído. Eso pasó porque se juntaron personas con el mismo objetivo y las mismas ganas. Todos compitiendo, pero, a la vez, ayudándose. No es que estábamos juntos siempre, sino que nos reuníamos cada diez meses. Sin embargo, hicimos historia. La relación sigue hasta hoy: a veces, parece que hasta viviéramos juntos.

–¿Por qué un equipo es campeón?
–Química. Química y ganas de emprender, de querer alcanzar algo. También hay que tener talento. Si Ferrari no hubiera tenido los pilotos que tuvo, no habría sido Ferrari. Pero hay que remarla siempre: no se sale campeón por suerte, sino por varios factores. A veces, se tiene un equipazo, pero no se es campeón.

–¿Qué más aprendiste de aquello?
–Se aprende lo que no hay que hacer. Salvando las distancias, uso las enseñanzas del básquet para mi banda de música. Si no repartimos el trabajo, no va. También aprendí que no se puede hacer nada sin respeto.

–¿Cómo te va con el rock?
–Este año tocamos en el escenario principal del Cosquín Rock, junto a bandas muy reconocidas. Siempre está –y estará– el rótulo de “A este grupo lo ponen porque toca el pibe que jugaba al básquet”. Por eso, estudio y espero que en cinco años me califiquen por lo que hago. Igual, está buenísimo tener críticas, porque significa que te empiezan a escuchar en serio. De todos modos, me doy cuenta de que, a veces, me dicen que sonamos bien, y sé que no. En la cancha pasaba lo mismo: uno nota cuando no hay fluidez o falta práctica. Hoy tenemos más de quince fechas oficiales; ojalá el año que viene sean más de cincuenta. 

–¿Qué te da la música?
–Muchísimo. En 2013 toqué con los Illya Kuryaki and the Valderramas, que son unos monstruos. Aprendí mucho de ellos. Verlos, estar a su lado, es acortar pasos. Son amigos. Un día me invitaron a un show de ellos: me pusieron delante del escenario y toqué. Creo que son tan buenos que arreglaron todo para que yo sonara bien. Me costó unos quince o veinte segundos mirar a la gente, pero al final me sentí bien. Inclusive Adrián Dárgelos, líder de Babasónicos, me dijo que había ido a alentarme. “Te alentaba cuando jugabas y también ahora que tocás”, me dijo. Son muestras increíbles de cariño, de respeto.

–En la charla mencionaste más de una vez la palabra “respeto”.
–Porque es fundamental, en todo sentido. Siempre trabajé para hacer las cosas bien, tanto en la cancha como en la música. Y escucho, que es lo que siempre te deja bien parado. Yo no vengo del palo musical, no tengo ningún familiar que se haya dedicado a la música. Este arte tiene el don de hacerle olvidar a la gente sus problemas. Al menos, por un rato. A nosotros nos pasaba eso con los partidos. Nos alegrábamos muchísimo cuando nos contaban que en el país nos veían a través de los televisores de las vidrieras de los negocios, y nos alentaban como si fuésemos la selección de fútbol. No lo podíamos creer. Mirá a dónde llegamos...

Ese amigo del alma 

–¿Les vas a decir a tus nietos que jugaste con Emanuel Ginóbili o él les va a tener que decir a los suyos que jugó con vos?
–Nooooo. “Manu” es una de las personas que más me hizo crecer en todos los ámbitos. Es de esa gente que te hacen mejor. Es tan simple como eso. 

–¿Cómo es su relación?
–Charlamos mucho. Cuando estamos un tiempo sin hablar, lo llamo y pasamos por un montón de temas en un ratito. Él no solo es bueno dentro de la cancha, sino también afuera: es pensante, culto, muy preparado. Con 37 años sigue jugando con un nivel increíble. No dejo de preguntarme cómo hace.

–¿Qué te respondés?
–Que sabe mantenerse. Siempre le busca una vueltita más al asunto, no deja de pensar en cómo superarse. Se cuida un montón. Sabe cómo optimizarse en la cancha.

Quién es Fabricio Oberto 

Pívot en el básquet, integró la selección argentina que logró la me-dalla de oro en los Juegos Olímpicos de Atenas (2004), el bronce en los de Pekín (2008), y el subcampeonato del mundo en Indianápolis (2002). Empezó su carrera a los 17 años, en Atenas, de Córdoba. Continuó en el Olympiacos Pireo (Grecia), TAU Cerámica (España), Pamesa Valencia (España), San Antonio Spurs, Washington Wizards y Portland Trail Blazers (Estados Unidos), y nuevamente Atenas, en el primer semestre de 2013, hasta su retiro, a mediados de ese año. En tierras españolas inició su carrera de guitarrista; hoy toca en la banda Uneven. También incursionó como conductor radial con De todo menos básquet. En la Argentina encaró dos proyectos periodísticos: Bestias mediterráneas, por radio Vorterix (se transmite desde Córdoba), y Lado Oberto, por TyC Sports. “La idea con Lado Oberto es volver a salir en septiembre u octubre. Tenemos muy buenas cosas en mente. Por otro lado, sentimos que la gente se enganchó mucho con Bestias mediterráneas, que sigue. Lo paso muy bien”, adelanta.

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