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Lo primero es...


Por María Alvarado.


Lo primero es...
Dos familias se desprendieron de todo para cumplir el sueño de viajar por el mundo. Amén de disfrutar, tuvieron que ingeniárselas para generar recursos y que los chicos no abandonen los estudios. Cómo lo hacen.

Mientras dedicamos nuestra energía a tejer un entramado de “seguridades”, que van desde estudiar y conseguir un trabajo hasta ahorrar para comprar una casa, la vida se escapa silenciosa. Sin tiempo para pensar y trabajar en nuestros sueños, ignoramos aquellas cosas que, quizá, pongan todo “patas para arriba” al arrancarnos de la zona de confort, pero que despiertan, llenan de adrenalina, de ilusión.  Al menos esto le pasó a Herman Zapp (46) hace catorce años. “¿Quién soy yo?”, se preguntaba Herman. Y encontró la respuesta al concretar su mayor anhelo: recorrer el mundo de la mano de su mujer, Candelaria (44). “Somos nuestro sueño. La responsabilidad más grande que tenemos es la de ser felices”, dice. Y aconseja: “No cuides que tu vida dure mucho, sino que tenga gusto a vivida. Para eso hay que arriesgarse. No hay que dejarse llevar por la corriente, sino nadar a nuestro estilo. Y, si hace falta, hacerlo a contracorriente”. 

Hace más de una década que esta pareja vive otro estilo de vida. Para agregarle más pimienta y heroísmo, lo hacen en un Graham Paige de 1928. En las travesías, Herman y Candelaria fueron papás de Pampa (12 años; lo tuvieron camino a Alaska), Tehue (9; nació en la Argentina), Paloma (7, en la isla de Vancouver) y Wallaby (5, en Sídney). “Ellos recorren caminos de un mundo que no los deja de sorprender, caminos que los llevan a vivir los años más felices de sus vidas –desliza el mayor de sus hijos–. Pasamos por la India, y ahora estamos en África. Vamos lento, ya que el auto no es muy rápido, pero sabemos adónde vamos. ¡Vamos por nuestro sueño!”.

Si cree que se trata de millonarios excéntricos, se equivoca. Los Zapp viajan con lo mínimo indispensable, y dependen de la buena voluntad de las familias que los reciben en sus casas. “En la ruta nos paran, nos preguntan qué estamos haciendo y nos invitan a sus hogares. Otras veces, acampamos en parques nacionales o campings”, explica Candelaria. El resto de los gastos los solventan con la venta de acuarelas que ella mismo empezó a pintar, y con la recaudación de su libro, Atrapa tu sueño. 

La experiencia de los Zapp es inspiradora, pero no estuvo exenta de cuestiones que tuvieron que resolverse. Por ejemplo, la educación de los niños. “La escuela es muy necesaria, pero creemos que la educación familiar –esa que muchos padres dejan de lado por falta de tiempo– es todavía más importante. En varios países, la familia está en extinción. Y no hay tesoro más lindo en la vida que poder tener una”, define Herman. Y prosigue: “La mayor enseñanza que les puedo dejar a mis hijos es que crean en sus sueños. Hoy, la educación se centra en el ‘de qué vas a vivir’, olvidándose por completo del ‘para qué vivir’. Amor y sueños: eso es lo que hay que enseñar, lo demás son detalles. A mí me encanta dar charlas a chicos, porque ellos nos preguntan si nadamos con delfines, si estuvimos en el Everest, si vimos elefantes… Cuando el público es de gente grande, solo se enfocan en la piedra en el camino, en el dinero, en cómo conseguimos los repuestos… El único repuesto que nunca voy a conseguir es el repuesto para mi vida. Día que no viví, día que no recupero jamás”.

En lo que se refiere a lo curricular, los niños cumplen con el Servicio de Educación a Distancia (SEAD), un programa del Ministerio de Educación, orientado a hijos de argentinos que, por diversas razones, residen en el exterior temporalmente. “El año se divide en cuatro etapas con bimestres: a través de una página on-line, los chicos ingresan y hacen actividades”, explica Candelaria, quien oficia como maestra de sus hijos: “Imprimo todas las tareas para ir trabajando con ellos: un día vemos Matemáticas, otro Lengua... Hay fechas de pruebas y antes de esa fecha tienen que terminar todos los temas que abarca. Las evaluaciones las hacen en las distintas embajadas por las que vamos pasando”.  

El viaje también es una excusa para enseñarles a los chicos los contenidos escolares. “Si estamos aprendiendo sobre carnívoros o herbívoros, y visitamos un parque nacional, vemos cómo un ciervo come pasto y, luego, cómo un chita agarra el ciervo, y, después, cómo el leopardo le roba el ciervo. Los chicos ven con sus propios ojos cómo es la cadena alimentaria –explica Candelaria–. Además, asistimos a museos de ciencias, de dinosaurios, paleontológicos… Aprovecho y les doy la clase ahí mismo. Yo me encargo de seguir lo curricular y adapto el viaje al programa educativo; Herman se ocupa más de lo práctico. Por ejemplo, si en la orilla de la playa están fabricando barcos de madera, se acerca y les explica a los niños por qué el barco tiene determinada forma, cómo es el material utilizado, por qué no se hunde”.

Los niños Zapp tienen su escolaridad al día. El SEAD otorga al alumno el certificado de aprobación del año o período que completó, con validez para cualquier institución educativa. “En los tres meses que estuvimos en la Argentina, fueron al colegio, en el grado que les correspondía. Ingresaron sin ningún problema. El de primer grado y el de cuarto estaban al mismo nivel que los compañeros; el de sexto estaba más avanzado que los chicos de su edad. Ahí me di cuenta de que les estamos enseñando bien”, ríe, orgullosa, Candelaria. Y coincide con que lo más valioso es concientizarlos sobre el “sentido de la vida”. “Lo que deben aprender es que tienen que confiar en que pueden lograr todo aquello que se propongan. Una vez incorporado ese concepto... ¡el mundo es de ellos! Durante nuestros viajes, cada uno tiene una responsabilidad: eso les da confianza, ya que se dan cuenta de que son capaces de hacer cosas por sí mismos”.  

Un secreto más de la receta Zapp. “Hay que tratar de no pensar ni planear tanto. Cuanto más planeás, más miedos aparecen. Y eso nos paraliza. Haciendo camino al andar, todo fluye. Lo que parecía difícil no lo es tanto, y uno se va animando a hacer cosas que nos parecían impensadas. Todo tiene solución”, concluye Candelaria.

Sana inconsciencia

Los Walker también se animaron a salirse del camino marcado y apostar a la familia. La pareja quería viajar por el mundo, pero el proyecto se fue posponiendo “para cuando los chicos sean grandes”. Hace un par de meses, mientras tomaban mate en una plaza, decidieron “jugársela” y pasar del dicho al hecho. En marzo, salieron desde Buenos Aires a bordo de una combi VW, modelo 1980. Destino final: Filadelfia, sede del Encuentro Mundial de las Familias (22 al 27 de septiembre), al que asistirá el papa Francisco.  

Los protagonistas se presentan de este modo: “Somos Carmín (2), Mia (5), Dimas (8), Cala (12), Noël y Catire. Una familia argentina. No somos hippies, pero amamos la libertad. Tenemos una vida ‘normal’: trabajos, colegios, casa, buenos amigos… Una linda vida. Como tantos, corremos para llegar a fin de mes, hacemos malabarismos para cumplir con la movida diaria, organizamos salidas y vacaciones. Vivimos muchos años en Barcelona, una experiencia increíble que nos permitió hacer amigos. Hace unos meses, decidimos que era momento de salirnos del tablero y jugarnos por un nuevo sueño”.

“Siempre decíamos que no teníamos tiempo para los chicos; por eso, nos decidimos. Es como un regalo para los seis. Creemos que vamos a aprender un montón. Dedicaremos un año a estar juntos, conociendo gente, lugares… Disfrutar”, introduce Noël, la madre del clan. Y continúa: “La noche previa a concretar la compra de Francisca, como apodamos a nuestra combi, nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio. Metidos en la cama, con la plata lista para el pago, le dije a Catire: ‘Pero esto es un disparate. ¿En qué momento nos metimos en este delirio?’. Él me miraba desconcertado. Creo que, en el fondo, pensaba que nunca iba a suceder. Todos los miedos se me vinieron encima. Con una retórica perfecta, enumeré razones para dar de baja el viaje. Irrefutable: había que cancelar. En la oscuridad, sentimos el peso de la desilusión. A las 6.30 sonó el despertador. Me di vuelta y le dije: ‘Comprémosla igual; de última, la vendemos’. La película en blanco y negro pasó a color. Y el ambiente volvió a impregnarse de esa adrenalina que acompaña los proyectos que emocionan. Horas más tarde, Francisca estaba estacionada en la puerta de la casa”.

La travesía, según sus cálculos, se extenderá por siete meses aproximadamente. “Hacemos trayectos cortos, a una velocidad máxima de ochenta kilómetros por hora. La idea es bajar el ritmo y viajar despacio para poder disfrutarlo más”, anuncia Noël, quien, como Catire, renunció a su trabajo (amén de que vendieron su auto y devolvieron la casa que alquilaban). 

El blog americaenfamilia.com les cae como anillo al dedo no solo para compartir su experiencia, sino para pedir la colaboración de la gente. “Para financiar el proyecto estamos usando nuestros ahorros: vendimos todo aquello que no necesitaremos en estos meses. Parte de la experiencia pasa por aprender a caminar más livianos –afirma Noël–. Tenemos pensado alojarnos en casas de familia o parroquias. No bien publicamos el blog, la gente nos fue contactando para recibirnos. Son muchos los que nos están ayudando. Tenemos amigos que nos regalaron kilómetros de nafta, uno de los pasajes de vuelta, o las cuatro cubiertas, que había que cambiar”.

¿Y los niños qué opinan? Noël responde: “Están encantados, miran el mapa felices. Para ellos es una aventura: dormir en la combi, ir hasta los Estados Unidos… ¡en auto!”. Como los Zapp, la escuela la seguirán a distancia, para así  poder presentar el certificado a fin de año y retomar las clases en 2016. “Los dos más grandes estudian en el camino. En el colegio nos dijeron que nos quedemos tranquilos, que es muchísimo lo que aprenderán en el viaje, sumado al programa de educación a distancia. Tienen actividades que se ‘cuelgan’ en un campus virtual. Después, a mitad y a fin de año, tienen que mandar los exámenes de puño y letra por correo. Debemos seguir un temario con todo lo que hay que estudiar. Requiere mucha disciplina, ya que nadie te controla hasta el día de la prueba. Además, traje libros para ir leyéndoles, algunos en inglés”.

La vuelta desde Filadelfia será un volver a empezar… Y una nueva aventura. “En un principio, volveremos en avión y embarcaremos a Francisca. Pero todo está muy verde, porque todavía no tenemos el presupuesto para eso. Qué haremos a nuestro regreso es toda una incógnita. Son muchos los miedos, pero si querés tener todo controlado, no hacés nada. Tenemos fe de que algo surgirá. Hay una frase del Papa que nos encanta y que es un poco nuestra filosofía para este emprendimiento: ‘Dios me dio una dosis de sana inconsciencia’. Nos sentimos muy identificados porque nuestro viaje es una inconsciencia muy sana”. 

Viajar livianos, llegar lejos 

Candelaria Zapp comparte uno de los principios de enseñanza que aplica con sus hijos: “Cuando los chicos quieren un juguete nuevo, si podemos lo compramos, pero hacemos lo siguiente: para que tenga un lugar en el auto, tienen que desprenderse de uno viejo. Es un ejercicio constante que implica no acarrear cosas que no necesitás realmente. No hay que apegarse a lo material.
 
Nos tocó estar en países muy desarrollados, como Canadá, Estados Unidos, Australia o Japón. Allí, los chicos tienen súper cuartos con muchísimos juguetes; en algunos casos, con habitaciones exclusivamente de juegos. Nuestros hijos tienen sus juguetes en dos cajones y un canasto. Por lo tanto, en esos destinos pensaron que lo de ellos no era mucho, pero cuando estuvimos en África o la India, donde los chicos tienen un solo juguete hecho de chapitas o alambre, sintieron que tenían demasiado. Así, aprendieron a valorar lo que tienen”.

Qué es el SEAD

Desde el Ministerio de Educación explican: “El Servicio de Educación a Distancia atiende los requerimientos educativos de los hijos de argentinos que residen temporariamente en el exterior. Brinda educación primaria y secundaria, para posibilitar la práctica del idioma nacional, mantener el sentimiento de pertenencia al país de origen y facilitar la reincorporación al sistema educativo argentino cuando regresan al país”.

A través de un campus virtual, se puede acceder a actividades y autoe-valuaciones; también, a la orientación y el apoyo de los profesores.  El período de cursada por grado/año completo tiene una duración de ocho meses como mínimo, organizado en cuatro bimestres. Los alumnos deben realizar cuatro evaluaciones (una al final de cada bimestre), que se remiten por correo electrónico. Una vez aprobadas, se emite un certificado de aprobación con validez nacional, para poder acceder al sistema de educación común en todas las jurisdicciones del país. 

Más información: portal.educacion.gov.ar

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