INVESTIGACIÓN


Que ven cuando nos ven


Por Carolina Thibaud.


Que ven cuando nos ven
La mirada de los otros nos limita, nos define, nos alienta. ¿Por qué es tan crucial en nuestro devenir cotidiano? ¿Actuamos de acuerdo con nuestros deseos o sucumbimos ante el deber ser? Los especialistas debaten.

La mirada paciente de una madre, el brillo cómplice en los ojos de un amigo de la primaria, el ceño fruncido de la profesora de Matemáticas en cuarto grado. Hay miradas que lo dicen todo y que, a lo largo de la vida, nos marcaron, nos definieron, nos animaron, nos limitaron. Hubo de aliento y de desaprobación, cálidas y distantes. Están las que recordamos para siempre y las que olvidamos o supimos ignorar. Más allá de cualquier categoría, la mirada del otro estuvo siempre. Es que el escrutinio de los otros no se toma vacaciones. Nos persigue cada vez que nos miramos al espejo y acecha en cada esquina cuando nos sentimos inseguros. Pero, a su vez, nos empuja a superarnos, nos ayuda a definirnos y nos regala momentos de encuentro. Estos “otros” son padres, hermanos, compañeros de trabajo o amigos de toda la vida, pero, también, son completos desconocidos que opinan en la red social de turno sobre nuestro nuevo corte de pelo, el arbolito que compramos para Navidad o lo que hicimos el verano pasado. 

Entre tantos “otros”, a veces resulta difícil encontrarnos con “uno”. ¿Cuánto de lo que hacemos y decimos responde a nuestras propias necesidades y deseos? ¿Cuánto es una adaptación a lo que suponemos que el resto espera de nosotros? Para el psicoanálisis, el Otro –así, con mayúscula– antecede al nacimiento: es la cultura y el lenguaje. Al nacer, el niño se encuentra con muchas y variadas representaciones de ese “Otro”, encarnado en la madre y el padre primero, y en abuelos, hermanos y amigos después. “Cuando hablamos, tomamos prestadas las palabras del otro. No hablamos con palabras propias”, explica Megdy Zawady, psicoanalista y docente de la Universidad de Buenos Aires. Y agrega: “Es en este sentido que el psicoanalista Jacques Lacan decía que ‘El deseo es el deseo del Otro’”. 

Por definición, somos nuestro entorno, nuestras relaciones, nuestro lugar en el mundo. Somos el resultado de esos miles de millones de palabras y miradas que nos fueron formando y lo siguen haciendo, a diario. “El infierno son los otros”, escribió el filósofo existencialista Jean-Paul Sartre a mediados del siglo XX. En la medida en que nos damos cuenta de que hay otro que nos mira, argumentaba Sartre, nos convertimos en un objeto visto por él, nos vemos a través de sus ojos. Y esto nos limita, nos hace menos libres. “Hay un momento muy importante en el desarrollo de un niño, al que nosotros nos referimos como el estadio del espejo. Es la etapa en la que el niño de entre seis y ocho meses se reconoce en el espejo. Cuando la madre le dice ‘Ese sos vos’, el niño interpreta ‘Ese es quien quiero que seas’”, explica Megdy Zawady. 

Convicciones y grupo

Queremos dedicarnos más tiempo a nosotros mismos, pero siempre terminamos corriendo a ayudar a amigos y familiares en dificultades. Queremos aprender a defender nuestras opiniones, pero muy fácilmente caemos en una posición de sumisión. Queremos tomar decisiones racionales, pero no podemos evitar actuar impulsivamente en situaciones de tensión. Vivimos tratando de ser eso que creemos que el resto quiere de nosotros. Y cuanto más se aleja ese ideal de nuestra naturaleza, más sufrimos. “En un extremo está la sobreadaptación, en la que uno es víctima del ‘deber ser’. En el otro extremo está la libertad, con el consiguiente temor a la soledad”, explica Gladys Adamson, doctora en Psicología y rectora de la Escuela de Psicología Social del Sur. “Son dos posiciones extremas, pero buscamos un intermedio: sentirnos libres, pero que el otro nos reconozca en nuestra libertad, nuestra singularidad, en lo que tenemos de especiales”, argumenta. 

Una rama de la psicología, la psicología social, se dedica a estudiar, específicamente, cómo nuestros pensamientos, sentimientos y conductas son influenciados por la presencia real o implícita de los otros. Varios estudios concluyen que tendemos a modificar nuestra conducta al enfrentarnos a un grupo que piensa distinto. De hecho, un famoso experimento del psicólogo estadounidense Solomon Asch demostró que estamos dispuestos a negar nuestras propias percepciones, solo por encajar con la opinión del grupo. “Aunque intentemos no prestarle atención, la mirada del otro está y nos afecta. Buscamos reconocimiento todo el tiempo. El niño le dice a la madre ‘Mirá como salto’, ‘Mirá como me zambullo’”, asegura Adamson. Pero a no desesperar, porque la interacción con un grupo puede ser utilizada de manera positiva. Experimentos empíricos constatan que el sentido de pertenencia a una agrupación aumenta el nivel de felicidad. “En un grupo, hay una búsqueda de ser aceptado por el otro y hay un miedo a ser rechazado. A medida que sus integrantes empiezan a conocerse, el grupo desarrolla toda su potencia creativa”, sentencia Adamson. 

Estas conclusiones pueden extenderse a cualquier conjunto social que comparte un objetivo en común: el grupo de médicos de terapia intensiva de un hospital, una familia, o un equipo de trabajo en una oficina. Varios estudios demuestran que, en grupo, corremos más rápido o somos capaces de resolver problemas simples de manera más rápida y efectiva. 

La búsqueda del equilibrio

La mirada, entendida como el lazo social mínimo, es el primer puente de conexión con el otro. La idea, por lo tanto, no es esquivar la mirada del otro, sino hacerle un lugar, sin perder nuestra singularidad. Lo complicado, como casi siempre, es dar con ese punto de equilibrio. Y lo más difícil de todo es que la búsqueda es constante: el trabajo de encontrarse a uno mismo y establecer una relación sana con los demás dura toda la vida.

“La calidad de vida del ser humano tiene que ver con la calidad de sus vínculos. Uno está en un estado de bienestar cuando siente que hay una buena comunicación y que uno es reconocido, ya sea en el seno familiar o en la oficina”, destaca Adamson. Entre el “deber ser” y el individualismo más absoluto, están nuestros vínculos… y nosotros. 

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