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Leyendas en foco


Por Mariano Petrucci.


Leyendas en foco 

Spinetta, Charly, Fito, Pappo, Calamaro, Gieco, Cerati, Abuelo, Prodan, Solari… Ellos fueron retratados por Charlie Piccoli, fotógrafo emblemático del rock nacional

Miguel Abuelo lo eligió como su fotógrafo personal. La distinción –exagerada o no, ¡a quién le importa… ¡era Miguel Abuelo!– le abrió un sinfín de puertas a Charlie Piccoli. Así publicó sus primeras imágenes en diarios y revistas, ya que la petición del líder de Los Abuelos de la Nada era clara y contundente: la nota se ilustra con las fotos de Piccoli… o no se ilustra. Espere, que hay más: cada vez que el autor de “Himno de mi corazón” actuaba en televisión, lo llamaba por teléfono para pedirle que lo grabara en su VHS. “Yo le hacía una copia del casete, y él la venía a buscar a mi casa. Me preguntaba cómo había sonado… Un capo, Miguel”, recuerda Charlie, aún hoy sorprendido.

Sin querer queriendo, Piccoli se fue colando en el ambiente del rock. Pero no de cualquier rock, sino del rock fundacional de nuestro país, ese que aglomeraba entre sus filas apellidos que dejaron una huella profunda en el género: de Abuelo a Luis Alberto Spinetta. Bueno, de eso también puede dar cuenta Piccoli. “Debido a circunstancias astrales de las que soy incrédulo, conocí al ‘Flaco’, que vivía a la vuelta de casa, allá en Florida. Mi hermano estaba haciendo la colimba con Marianito López, que ya laburaba como su sonidista. Por afectos mutuos, pegamos tan buena onda que fui invitado varias veces a jugar al ping pong en la mesa que el ‘Flaco’ armó en su living. Después pasaba a visitarlo y a charlar, tratando de que mi fanatismo no interrumpiera mi amistad. Me llevaba diez años y escuchaba todos sus discos; para mí era muy loco que me diera bola”, escribe Charlie en el prólogo de Rock Argentino: Fotografías, un libro con más de trescientas instantáneas del período 1979-2010, que fueron exhibidas recientemente en el Centro Cultural Borges.


La primera vez “Otro acontecimiento especial para el rock vernáculo fue el concierto que compartieron Serú Girán y Jade en Obras. Una toma de Pedro Aznar con su bajo fretless en ese recital fue la primera foto que me publicaron en un medio gráfico: salió en marzo de 1982, en el Expreso Imaginario, ilustrando una nota firmada por Víctor Pintos”, confiesa Piccoli.

Casualidades/causalidades. De eso plagó su trayectoria quien comanda Cátedra Escuela de Fotografía y se desempeña como Director de Arte de la Fundación Miguel Abuelo. Porque para entender por qué abandonó la carrera de Arquitectura, hay que remontarse al final de su secundario, cuando a su hermano Ariel le regalaron una cámara fotográfica. “Era una Fujica réflex modelo AZ-1. En esa época, era un adolescente que concurría a cuanto recital de rock hubiera: eran mis salidas nocturnas de los fines de semana. No me perdía ninguno. El 7 y 8 de diciembre de 1979 se reunió Almendra en Obras. Saqué entradas para unos amigos, y para Ariel. Desde la cuarta fila, donde estábamos ubicados, o desde los pasillos llenos de gente, nos fuimos turnando para sacar fotos. Lamentablemente, salieron todas mal, por falta de luz, porque no se disparó el flash o porque alguna mano o cabeza se interpuso delante de la lente. Por suerte, se salvaron dos tomas: una de ellas está en la edición del libro”, comenta Charlie.

Lo que empezó como un hobby fue cobrando otro matiz. “Sacar fotos en recitales estaba buenísimo: los veía desde adelante de todo, casi arriba del escenario. Además, el público no era tan masivo, lo que me dio la oportunidad de vincularme con managers, periodistas y los músicos mismos. Encontré un nicho que no me era ajeno; me sentía integrado al espectáculo. Inconscientemente, ese placer se metió en mi vida. Estudiaba Arquitectura y ese era mi futuro… ¡Pero me sentía todo un roquero! En 1982, varios acontecimientos generaron pequeños cambios. Conseguí mi primera acreditación para un concierto en Obras”, rememora.

Lo bueno empezó después

La relación con Spinetta lo acercó a Rodolfo García, del Expreso Imaginario. Ya con su propia cámara (una Canon A1), lo contactó y le ofreció cubrir, de manera gratuita, el Bs. As. Rock IV. “Para 1986, ya me dedicaba permanentemente a mi rol como fotógrafo. Mi vida cambió de rumbo. Y yo, feliz”, destaca quien formó parte de las revistas Canta rock, Musiquero, Cerdos & Peces, La mano, Tren de carga, Rolling Stone y Rock & Pop, entre otras. 

Ahora, a su CV se le agrega el tan ansiado y esperado libro. “Siempre quise hacerlo. Tengo un archivo impresionante con material inédito que valía la pena compartir. Es un trabajo íntimo y cronológicamente desparejo. Hay imágenes a partir de 1979 y hasta el 2010, cuando el ‘Flaco’ presentó Spinetta y las Bandas Eternas en Vélez. Están todos los grupos y solistas que fotografié a lo largo de todos esos años. ¡Quedaron tomas afuera como para dos libros más! Creo que, con este proyecto, me hice un lugarcito en la historia del rock argentino. Eso es lo más valioso para mí”, define (con razón). 

No hay que ser clarividente para deducir quién fue su “modelo” predilecto. “Tengo muchísimas fotos preferidas, pero si tuviera que decidirme por alguna, optaría por todas las del ‘Flaco’, ya que soy fotógrafo porque comencé sacándole a él. Era mágico verlo en sus shows a través del visor de la cámara y retratarlo en plena tarea creativa: esos gestos ‘spinetteanos’ a los que nos tenía acostumbrados, y que sabíamos efectivos y afectivos, riéndose, inclinándose para saludar al público, cantando con los ojos cerrados... Lo más”, concluye.
 
Quién es Charlie Piccoli 

Nació en Buenos Aires, en 1960. Sus fotos se lucieron en los principales medios especializados en rock. Desde 1987 se dedica a la docencia en la  Universidad de Buenos Aires (UBA), la Universidad John F. Kennedy (UK) y la Universidad de Palermo (UP). De manera individual expuso su material en importantes salas del país, como el Centro Cultural San Martín, el Centro Cultural Borges, el Museo De Arte Moderno De Buenos Aires y el Centro Cultural Recoleta.

Hacerlo uno mismo 

“Crecí en una casa del barrio de Florida, rodeado de rollos de película de cine, cámaras fotográficas, lentes, filtros, proyectores y fascinantes cajitas metálicas, de esas cromadas con puntas redondeadas y llenas de enormes jeringas, pinzas, tijeras y largas agujas. El dueño de estos ‘tesoros’ era Santiago, mi papá, médico cirujano cuando no estaba en casa, y documentalista familiar aficionado en su tiempo libre. 

A los catorce años, la cultura hippie y el rock se dividían mis preferencias. La radio AM me abría la ventana a la música progresiva, y también me enteraba de la movida por las revistas especializadas. Por lo general, las fotos que se publicaban no me gustaban: no se le veía la cara a Robert Plant por-que se la tapaba el micrófono, o la impresión era defectuosa y salía desenfocado Pete Townshend… ¡Nunca una foto increíble de tus preferidos para pegar en la tapa de la carpeta del colegio y pasear pertenencia!”, se lee en Rock Argentino: Fotografías.

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