ENTREVISTA


Corriendo al cielo


Por Mariano Petrucci.



Corriendo al cielo

La canadiense Verónica Stocker sube a puro trote por las escaleras de los edificios más altos y emblemáticos del mundo. Sus resultados la convirtieron en una de las referentes de las carreras verticales. Hija de argentinos, sueña con venir al país a competir.

Las piernas están extenuadas, los pulmones arden. El agotamiento muscular es tan fuerte como inmediato. Casi insoportable. No hay manera de escapar de ello: no hay tiempo para acostumbrarse ni para descansar. Simplemente, hay que resistir, luchar y seguir, a pesar de que el cuerpo entero pida a gritos hacer lo contrario. La cuestión pasa por gobernar ese dolor tan intenso como inevitable. Hay una clave: la mente. 

Verónica Stocker la domina, o intenta hacerlo, cuando sube por las escaleras de los rascacielos más imponentes del planeta. No lo hace por placer (o, al menos, no solo por eso), sino porque es una de las atletas más importantes si de carreras verticales se trata. Sí, arranca de la planta baja y saltea los escalones, de dos en dos, hasta la cima. Ya lo hizo en el Empire State de Nueva York, la Willis Tower de Chicago (ex-Sears Tower), la CN Tower y la Calgary Tower (en Canadá), y The Torch (en Doha, Qatar). 

Siempre con resultados excelentes, siempre batiendo sus propias marcas. En el Empire State hizo 86 pisos (tradúzcalo en 1576 escalones) en 15 minutos y 25 segundos (quedó en el sexto lugar, entre 250 participantes). Los 2109 escalones de la Willis Tower le demandaron 18 minutos y 27 segundos. Una luz. “Sueño con cerrar el año dentro del top ten mundial. Desde 2009, la Towerrunning World Association arma una tabla de posiciones de deportistas. Lo más cerca que estuve fue el puesto 13”, dice entusiasmada Verónica, 45 años, 165 centímetros, y 55 kilos de pura fibra.

Recientemente, la canadiense se trasladó desde Los Ángeles –donde está radicada– hasta Las Vegas para hacerle frente a la Stratosphere Tower, de más de cien pisos. “Me fue bien, pero no tanto como habría querido. Quedé sexta entre las mujeres: eso fue estupendo por el nivel de atletas que había, pero no logré superar mi tiempo cuando estuve allí en 2012”, reconoce, inconformista. “Es un edificio muy difícil: las escaleras son muy largas y empinadas. Hasta sufrí signos graves de alergia. Ya me había pasado antes: la Stratosphere Tower me destroza por completo”. 

Luego fue el turno de Seattle para The Big Climb. Entre 1567 mujeres, quedó séptima. “Fue mi debut allí, lo cual me reconfortó, me puso contenta. Volví a Los Ángeles y, al día siguiente, me tomé un avión rumbo a Qatar para el primer campeonato mundial de carrera vertical. ¡Que emoción! Casi dieciocho horas de vuelo, y solo una jornada para dormir y recuperarse del desfasaje horario previo a la clasificación. Sí, aquí, a diferencia de otras ocasiones, había que clasificar. Solo eligieron a treinta mujeres… y terminé décima. ¡La única canadiense! Sin duda, uno de los momentos más memorables e inesperados de mi trayectoria”, sentencia.

Toda esta vorágine empezó en 2004, por azar. Porque Verónica jamás había corrido, ni se había hecho fanática de ningún deporte específico. “Nunca tuve el propósito de competir, ni siquiera sabía de las carreras verticales”, confiesa. ¿Y entonces? “En 2003 me anoté en el gimnasio Ketchum YMCA. Cada año, sus dueños organizan un ascenso a la US Bank Tower, de 75 pisos y 1664 escalones, con el fin de recaudar fondos. Un amigo me insistió para que me inscribiera, ya que había notado que hacía ejercicio en una máquina que imita a una escalera mecánica. Pero me negué. En 2004, sucumbí: lo hice en 13 minutos… ¡Y logré subir al podio!”, repasa Verónica.

Un poquito nuestra 

Hay un detalle nada menor en Stocker: habla perfecto español. Es que sus padres –Margarita Raimundez y Juan Stocker– son argentinos. “Gran parte de mi familia reside allí. Durante mi infancia, visitábamos el país cada dos años –evoca–. La última vez que fui a Buenos Aires fue en 2008. Me encanta... atesoro muy lindos recuerdos; lamento no poder regresar con más frecuencia. Mi hijo todavía no conoce la Argentina, ¡pero ya es un adicto total al dulce de leche que le compro en el supermercado!”.   

Hay otro detalle que es aún más jugoso: Margarita y Juan, que ya pasaron la barrera de los 70, ¡también se animan a las carreras verticales! “Mi papá era velocista de 100, 200 y 400 metros. En los años cincuenta, mantuvo récords en esas distancias. En la actualidad, casi no hay velocistas argentinos con sus registros. Él comenzó con las carreras verticales allá por 2009. Con 73 años, tiene una condición física increíble. Mi mamá se sumó a la movida y triunfó en su categoría, pero se inclina más por las carreras planas. En 2014, corrió su primera maratón con 70 años. Lo repitió en 2015, mejorando sus tiempos y quedando tercera entre treinta mujeres de su edad”, revela.

Y por si el orgullo no fuera suficiente, su hijo Matías… adivine qué. “Él encaró su primera torre a los 7 años. Juntos, fuimos a competir a Seattle, Chicago y San Diego, amén de hacerlo en Los Ángeles. Ahora tiene 14, y más allá de que no le gusta entrenar y prefiere la guitarra, la patineta o el parkour, es mi hijo, nieto de sus abuelos… ¡Tiene un talento innato para esto! Cada vez es más veloz. Sus marcas no bajan por segundos, ¡sino por minutos! No me gana a mí, pero no falta tanto para ello”, desliza. Y agrega: “Mati me hace muy feliz: yo sé lo que este deporte exige. Y que un adolescente tenga la disciplina de someterse a algo semejante, que haya aprendido a aguantar y sobrellevar el dolor… ¡Lo admiro! A su edad, yo no lo habría hecho. ¡En absoluto!”.

Verónica sueña con  el top ten mundial: “La clasificación depende de un conjunto de carreras. Los puntos se acumulan de acuerdo con tu desempeño, el prestigio o la dificultad de cada competición. Por eso, este año me dedico solo a carreras de escaleras, para poder participar en el mayor número posible”.   

–¿Cuál es la sensación cuándo llegás a la terraza de cada edificio?
–En general, siento que voy a morir (risas). ¡Sin exagerar! Los primeros minutos tras cruzar la meta son terribles. Hay un solo remedio: esperar que todo pase, que la respiración se normalice y el corazón se calme. La mayoría de nosotros nos tiramos al suelo porque las piernas nos tiemblan, no dan para más. A veces, padezco dolores de cabeza. Por suerte, hay paramédicos que nos aguardan con tanques de oxígeno.

–¿Cómo es eso de las alergias?
–No sé muy bien cuál es la razón. En inglés lo llamamos track hack: tos de pista. Creo que tiene que ver con una irritación que se causa en la tráquea por respirar tan rápido. Por ejemplo, me ocurre cuando la atmosfera está muy seca –como en Las Vegas– o cuando hace mucho frío –como en Nueva York–. A la vez, imagino que influye el polvo en las escaleras…

–¿Cuál fue esa vista que te quedó grabada a fuego?
–Podría ser la de la Willis Tower de Chicago. Tiene pisos transparentes, así que podés mirar para abajo y apreciar lo alto que estás. Cuando reflexioné sobre que no había llegado allí por el ascensor sino por sus más de 2000 escalones… ¡me puse eufórica! Fue fascinante contemplar Doha desde The Torch: es una ciudad tan distinta de cualquier otra… Es como estar en un sueño. 

–Verónica, ¿estás abocada exclusivamente al deporte?
–Ojalá, pero no. Soy intérprete judicial. Lo hago de forma independiente, así que puedo adaptar mi trabajo a las carreras programadas. Claro que hay competencias que me pierdo, porque sería imposible acudir a todas. Aparte, soy mamá soltera, ¡lo que requiere una gran dedicación! Pero no me puedo quejar: estoy disfrutando muchísimo mi vida, y soy muy afortunada de poder hacer todo esto.  

–¿Cómo es tu rutina de entrenamiento? ¿En qué consiste? 
–Es complicado contestar esta pregunta, ya que temo decepcionar con mi respuesta (risas): sinceramente, no respeto un plan sistemático ni bien definido. Esto tiene su explicación: no abundan las oportunidades para entrenar en los edificios. Excepto en las vísperas de las carreras, el acceso a  estos es limitado. Los administradores te cierran las puertas fuera de esas fechas. Pero me las arreglo: no muy lejos de donde vivo, hay un vecindario lleno de escaleras larguísimas y calles en pendiente. Además, corro por las montañas que rodean Los Ángeles. En el gimnasio, hago pesas para fortalecer los brazos y las piernas, y me subo a la bicicleta fija y a esa famosa máquina que emula a una escalera mecánica. Depende de mis obligaciones, voy de tres a cinco veces por semana, mínimo 30 minutos.

–¿Cuáles son los próximos pasos? 
–En junio tengo otro desafío en San Diego. Después, habrá un parate hasta septiembre. No es por escasez de opciones, sino porque viajé bastante desde que empezó 2015 y debo enfocarme en mi trabajo. A menos que aparezca algún patrocinador… Me ilusiono con seguir subiendo a íconos emblemáticos, como el Tapei 101 de Taiwán o la torre Eiffel de París. Pienso ir a Australia, y recorrer toda América. En México, Colombia, Brasil y Chile hay carreras verticales. En cambio, en la Argentina no existe esta modalidad. ¡A ver si se atreven!  

La inspiración 

“Mimi”. Así le decían a la abuela de Verónica, a quien  le dedica cada carrera. “Era una de mis personas favoritas. La adoraba… Bah, todos la adoraban. Fumó casi toda su vida: a los 80, le diagnosticaron enfisema pulmonar. Luchó diez años con esa enfermedad hasta que falleció. Sufrió muchísimo y se arrepintió de haber caído en ese vicio. La última vez que la vi fue en 2008: estaba orgullosa de mis éxitos”, confiesa. “Siempre la tengo presente, porque lo que sentís en los pulmones en una carrera vertical es similar a lo que padecen quienes padecen ese mal. 

Excepto que lo nuestro es temporal, y lo de ellos es diario. Al final, ‘Mimi’ no podía respirar sin un tanque de oxígeno, y cada movimiento le costaba un tremendo esfuerzo. Todas las carreras verticales en Norteamérica tienen como propósito recaudar fondos para tratamientos y remedios para cáncer de pulmón, enfisema, asma… Concientizamos al público –sobre todo a los jóvenes– acerca de lo dañino que es el tabaco, y compartimos programas para dejar el cigarrillo. Yo sé que es difícil, porque fumé hasta los 30, cuando quedé embarazada. Pero haber llegado a mi nivel deportivo actual demuestra que nunca es tarde para abandonar el hábito. ¡Aunque es mejor nunca empezar!”.

Stocker dixit 

•Citas inolvidables: “El ascenso a la US Bank Tower: fue la primera y, además,  me quedé con una medalla. La del Empire State, por ser el debut fuera de Los Ángeles. La competición en The Torch, ya que fue la inauguración de los campeonatos mundiales de carreras verticales, donde pude representar a mi país, Canadá. Y la de la Calgary Tower porque había que subir ¡y bajar! –algo inédito– las escaleras tantas veces como fuera posible en una hora. ¡Y gané!”.
•Espíritu inquieto: “También corro sobre superficies planas. Empecé con distancias de 5 y 10k, hasta llegar a 42k. Me puse como meta clasificar para la maratón de Boston, y allí estuve en 2012, 2013 y 2014. Hace dos años descubrí las carreras de montaña y las ultramaratón, de 50k”.

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