INVESTIGACIÓN


El amor en tiempos de WhatsApp


Por Carlos Adrián Maslaton.


El amor en tiempos de WhatsApp

Vivimos conectados las 24 horas y esto afecta nuestras relaciones. ¿Monitorear al otro por WhatsApp, SMS o Facebook nos vuelve más dependientes con la persona que amamos? ¿Cuáles son los riesgos de vivir conectados? ¿Controlamos obsesivamente al otro? 

Bob Dylan lo vio antes y lo dejó asentado por escrito: los tiempos están cambiando. El género epistolar en su vertiente amorosa ya no es lo que era. De hecho, las tecnologías de comunicación del siglo XXI han terminado por darle el tiro de gracia a una modalidad que ya no atravesaba, desde hacía rato, su momento de apogeo. Ahora los enamorados se comunican por WhatsApp, se dan cita por Tinder, se conocen por puro azar o vínculos compartidos con terceros en Facebook y encaran relaciones ocasionales con derecho a roce, sin angustiarse por si los espera un mañana de mutuo y definitivo olvido. Si el sociólogo Zygmunt Baumann tiene razón en su diagnóstico y atravesamos una era de amores líquidos, entonces, se explica que la materialidad del papel de carta se haya vuelto anacrónica y que la hegemonía de la virtualidad resulte un efecto inevitable de la modernidad. 

Actualmente, la voluntad de confesarle al otro sentimientos y pensamientos, desde los más espiritualizados a los más carnales, ha mutado hacia territorios fantasmáticos, como los del WhatsApp, la aplicación para telefonía celular que permite contactarse, por escritura o voz, de manera instantánea con el objeto del deseo. En estos días asistimos al auge de esa mensajería por sobre otras opciones. Algunos investigadores y psicólogos avalan que los artilugios high-tech modifican el modo en que interactuamos como enamorados. Otros cultivan un cauto escepticismo, y sostienen que esas herramientas no alteran los modos de vincularse, y que el amor sigue siendo un arbitrario misterio que ocurriría, igualmente, si los amantes se comunicaran con señales de humo. “En las parejas adultas hay una sensación de mayor cercanía, dada por el hecho de que pueden estar comunicados todo el tiempo, pero se produce también un tipo de diálogo más lábil que el que se establecía antes a través de los teléfonos, porque se hablaba por períodos más prolongados. 

Ahora, todo se vuelve más epigramático: estoy acá, voy allá, estoy llegando. Todo es más rápido y, por lo tanto, la comunicación es mucho más fugaz y superficial”, explica la psicóloga Beatriz Goldberg, autora del libro No les tengo envidia a los hombres, Dr. Freud. “Lo que se puede advertir es que con los mensajes instantáneos se incrementa esa tendencia a controlar de manera obsesiva a tu pareja, en la creencia de que si se le envían muchos mensajes, se tiene una idea más certera de lo que el otro está haciendo”, sostiene. Y agrega: “O, chequeando los mensajes del otro, cuándo los contestó o cuándo estuvo conectado, tener un mayor control sobre sus movimientos y saber todo lo que pasa. Como contrapartida, naturalmente, lo que se logra es aumentar los celos y la desconfianza”. 

El yin y el yang 

Si el amor supone el control y la domesticación del amado, quizá la soledad no sea tan mala opción. Para el doctor Jorge Moreno, psicólogo y terapeuta de parejas y familias, y autor de Trece consejos para fracasar en pareja, no hay que cargar las tintas viendo en lo tecnológico un motivo de mutación de cómo se articulan los vínculos amorosos, que se transforman quizá menos de lo que nos gustaría admitir. “No creo que la tecnología sea necesariamente modificadora del modo en que nos relacionamos; en todo caso, reformula vías y abre nuevas necesidades, pero en lo esencial, la gente se vincula de manera parecida a como lo hacía en el pasado. En todo caso, las relaciones adquieren un nuevo canal de comunicación, otra dimensión con códigos distintos, como sucede con las redes sociales”, opina Moreno. Ese recrudecimiento del afán de monitorear al otro deviene en una sensación de control puramente imaginaria: “Para algunos se vuelve una obsesión, mientras que otros sienten que si envían un WhatsApp y les contestan rápidamente, eso confirma que ‘está todo bien’”, señala Goldberg. 

Otros utilizan los mensajes instantáneos como armas de lucha dialéctica, según explica Moreno: “No advierto que el paciente traiga a la sesión conflictos desatados por falta de respuestas en los mensajes instantáneos o en las redes sociales, pero sí por ejemplo que a veces tienen diálogos en WhatsApp, no los borran y los traen al consultorio y los muestran como prueba de lo que está bien o está mal”. Para la psicóloga Belén Ravani, el punto radica en otro lado: “Cuestiones que se plantean en torno a la pareja, como la sujeción del otro, han existido siempre, pero varían su forma según la época. El celular o el WhatsApp encarnan un uso y costumbre actual, pero los celos vienen de la mano del amor y son humanamente históricos”.

El mundo de las redes

Indudablemente, la irrupción de plataformas como Facebook, Twitter o Tinder ha gestado la posibilidad de entablar relaciones que pueden derivar (o no) en vínculos amorosos, a diferencia  de décadas pasadas en las que la pareja se buscaba a través de la interacción social en lugares tradicionales. Hoy no es infrecuente escuchar anécdotas de novios que se conocieron, inicialmente, en las redes sociales. ¿Pero esa modalidad de encuentro condiciona la duración de la relación? 

“Lo que sí se ve es que los vínculos amorosos ya no tienen la estabilidad ni la duración que tenían en generaciones anteriores –explica Moreno–, pero no porque la gente se vincule vía aplicaciones móviles. El cambio social de la mujer ha influido en los modos que asumen las parejas, más que si usamos mucho las pantallas táctiles y hablamos menos cara a cara: con el avance social femenino se resquebrajaron los roles tradicionales del hombre proveedor y la mujer confinada en la casa, y hoy se le da más importancia, por sobre otros aspectos, a la satisfacción amorosa como la variable  para que una relación persista en el tiempo”. Entre los jóvenes, comenta Moreno, el concepto de pareja asociado al matrimonio, el compromiso y la estabilidad colapsó, y por ende la idea de pareja es un acuerdo, que puede ser circunstancial, temporal, aunque también puede darse con una expectativa de pareja para toda la vida. Coincidentemente, Ravani apunta: “Hay un cambio de paradigma, de ideales. Antes pesaba mucho el “hasta que la muerte nos separe” sin importar cómo llegaban los integrantes de la dupla hasta esa instancia. Ahora hay otros replanteos en cuanto a cómo se transitan esos vínculos de pareja”.

Una duda que surge es si las nuevas tecnologías están llevando el discurso amoroso a una suerte de afasia hecha de frases escuetas y meros emoticones. “Se establecen mensajes más automatizados, al punto que incluso existe la opción de los textos predeterminados. Antes, el diálogo amoroso estaba dado por el tête à tête. Ahora, en cualquier lugar adonde vas a tomar algo, ves en las mesas a las parejas que están todo el tiempo pendientes del celular, cada uno en otra cosa”, asegura Goldberg.

El yin y el yang

Las redes sociales también han servido para tornar visible la condición efímera de ciertos vínculos de pareja, y ya resulta habitual enterarse de esa fragilidad cuando los que se distancian son personalidades famosas. Twitter, por ejemplo, ha devenido en un espacio de sociabilización de las alegrías y frustraciones emocionales. Allí, conductores de televisión, actrices en ascenso, periodistas influyentes desgranan sus cuitas amorosas y anuncian, a los cuatro vientos (léase miles de seguidores), que ya no están enamorados de X y que están abiertos a nuevas relaciones igualmente inestables, pero relucientes. “Las nuevas tecnologías pueden funcionar como puentes, uniendo, y en otros momentos como barreras, limitando el contacto por malos entendidos –postula Ravani–. Gilles Deleuze escribió que en las totalidades no hay nadie, por lo que se trata de entrever la singularidad en estos nuevos modos, que son asimilados de distinto manera de una pareja a otra”. 

A la hora de sopesar pros y contras del tándem nuevas tecnologías-amor, la psicoanalista Goldberg sostiene: “Lo positivo de este tipo de medios es que uno puede darle a su pareja la opinión sobre algo de manera rápida, sin vueltas, improvisar un encuentro, o decirle al otro lo que siente con pequeños gestos, como ‘Me fue bien en un examen’ o ‘Te mando una foto del bebé’”. Patricia (46) es contadora pública y vive con Juan (44), desde hace más de una década, junto a sus dos hijos pequeños. Él es dueño de una imprenta y un auténtico geek, por lo que el uso del WhatsApp adquiere carácter obligatorio entre ellos. ¿Cambió para Patricia, al incorporar la mensajería instantánea a su vida, la manera de relacionarse con Juan? “Con WhatsApp estamos todos más y continuamente comunicados –puntualiza–. Pero en nuestra pareja, su uso solo nos restó palabras. Como estamos muchas horas fuera de casa, whatsapeamos mucho, pero la comunicación es cortita y al pie, casi telegráfica”. Ácida, Patricia cree que su convivencia atraviesa una estabilidad afectiva que ya no necesita confirmaciones para seguir adelante: “Ni sueño con que me mande mensajes de amor, y no se priva de decirme las cosas más peregrinas en el momento que se le ocurre. En fin: llegó el WhatsApp y se fue el romanticismo”. ¿Hay espacio también para los malos entendidos en WhatsApp? La especialista Beatriz Goldberg no lo duda: “Este tipo de comunicación impide detectar con qué intención se dice lo que se escribe. O a veces, incluso, al no usar signos de puntuación y exclamación, se producen malas interpretaciones. O ponés “un beso” de manera formal, y el otro lo interpreta como un convite amoroso”. 

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