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Escuelas transformadoras


Por Mariano Petrucci.


Escuelas transformadoras
Cada vez son más las instituciones argentinas que, acorde con un fenómeno mundial, apuntan a afianzar nuevos métodos educativos. Aquí, algunos ejemplos que están revolucionando las aulas del país: cómo son y qué enseñan.   

La educación debe reinventarse: valerse de los patrones exitosos del pasado, pero aggiornarse a los tiempos que corren. Se sabe, se dice… ¿Se hace? Ese es otro cantar. Pero es un cantar que algunos están empezando a entonar. Es que, en el mundo entero, se está entretejiendo una red de “Escuelas Transformadoras” (así las denominan). Sus autoridades se encaminan hacia un nuevo enfoque educativo, con la finalidad de incorporar herramientas para que los alumnos encabecen ese cambio. Los contenidos duros, como Matemáticas o Lengua, se entrelazan con habilidades adaptadas a la actualidad. Sine qua non. 

“Hoy, nos vemos desafiados a un nivel de interconectividad sin precedentes. Esto implica que, para desarrollarnos, necesitamos cada vez más forjar vínculos de manera eficiente. Alfabetizarnos emocionalmente se hace imprescindible para conocernos a nosotros mismos, pero también a los otros y el entorno. Gran parte de la educación todavía no da respuestas a este escenario, y continúa con métodos del siglo anterior. Los niños y jóvenes nos lo hacen saber a gritos: en las aulas se aburren, hay deserción, apatía, sobreadaptación. Allí es donde se pierde la alegría y el entusiasmo, motores indispensables del interés, la curiosidad, el descubrimiento, las ganas de asimilar información”, diagnostica Matías Kelly, Director General de Ashoka (para la Argentina, Uruguay y Paraguay), una organización global que promueve la innovación social y nuclea a más de cien escuelas con esta impronta. Y agrega: “La buena noticia es que ya hay establecimientos que están priorizando esta idea, inculcando conceptos como la empatía, el trabajo en equipo, la iniciativa, el liderazgo. Esto es clave para resolver los problemas sociales y ambientales del presente y del futuro”.

El fenómeno excede el plano internacional, y desembarca con fuerza en la Argentina. A lo largo y a lo ancho del país, varias instituciones se suman a la movida. Y no importa si cargan sobre sus espaldas una historia de medio siglo o acaban de acomodar sus primeros ladrillos. Se animan. Para muestra, basta un botón. O cuatro.

El cielo como techo 

Una extensión de campo de cuatro hectáreas, rodeada de viviendas que ofician de aulas. Así es la escenografía de la Escuela de la Nueva Cultura “La Cecilia”, fundada hace veinticuatro años en Monte Vera (Santa Fe). Allí, el propósito es que cada uno construya su propio recorrido: por ejemplo, se puede elegir la asignatura y la forma de cursarla. A la vez, los viernes se realiza una reunión entre alumnos, docentes y autoridades, donde cada cual puede presentar sus quejas o pedidos. Libertad y democracia.

“Las nuevas generaciones nos proponen el siguiente desafío: educar para el desarrollo humano autónomo, solidario, empático y compasivo, que habilite la felicidad como un bien para todos y para cada uno, en una sociedad donde se reconozca la igualdad y se acepten las diferencias”, precisa Ginés del Castillo, director de esta institución que cuenta con una veintena de educadores y alrededor de ciento veinte alumnos entre el nivel inicial, primaria y secundaria. “Nosotros queremos colaborar para que cada alumno pueda conocer sus intereses y capacidades, y hacer de ello un medio de vida que lo reconforte. Los planes de estudio cumplen con los requerimientos de la educación oficial, con el agregado de actividades propias como el ‘Autoconocimiento’, la ‘Educación Social y Emocional’, el ‘Encuentro del Silencio’, la ‘Asamblea’, y los ‘Talleres de Salud y Medio Ambiente’. Aquí no hay exámenes ni repitencia, los agrupamientos son del orden de diez alumnos por maestro, y se organizan conforme a sus preferencias socioafectivas”.

En esta verdísima zona parquizada, no es extraño que las aulas se trasladen al césped, donde los alumnos se sientan en círculos para completar sus tareas. Para enamorarse de la naturaleza, nada mejor que estar en contacto con ella. “Los alumnos aman la escuela, asisten cada día con alegría y conservan vivo el deseo de aprender de manera permanente. Los resultados son muy buenos y significativos: forjan una notable autonomía y espíritu crítico. Además, suelen definir tempranamente su vocación”, se enorgullece Del Castillo. Y concluye: “Los modelos educativos tienen varios cientos de años de antigüedad, y responden a las necesidades y proyectos de otra época. El mundo cambió, por lo que es imperioso actualizar no solo los contenidos y las metodologías, sino la razón y el objetivo: ¿Para qué hacemos lo que hacemos?”.

Pregunta y respuesta

Howard Gardner formuló la Teoría de las Inteligencias Múltiples. Enumeró ocho: la lingüística, la lógico-matemática, la espacial, la kinestésico-corporal, la musical, la interpersonal, la intrapersonal y la naturalista. El Colegio del Sol, situado en Bariloche (Río Negro), trabaja con el pensamiento del psicólogo estadounidense. “El enfoque ‘academicista’ quedó obsoleto. La cuestión no es ‘saber’, sino qué hacer con eso que sabemos. En la actualidad, todo está al alcance de un clic: ¿O hace más de una década nos imaginamos que podríamos hablar con una persona que está del otro lado del planeta y verla al mismo tiempo?”, plantean Sol Aguirre y Clara Bruzone, sus directoras. Y prosiguen: “Ahora bien, necesitamos evaluar esa información, pasarla por un filtro. Las generaciones que hoy están en la escuela deberán resolver con creatividad y altos niveles de exigencia desafíos que nunca antes la humanidad enfrentó. Para ello, es fundamental descubrir nuestros talentos, y ser conscientes de que somos parte de un sistema con elementos interdependientes”. 

Su flamante secundario, bautizado Q Mark (significa “signo de pregunta”), lleva adelante, por ejemplo, proyectos barriales y ambientales en la comunidad, liderados por los propios jóvenes. “Comenzamos a funcionar en 2014. Nuestro campo de acción es muy amplio: abarca desde salidas a la montaña hasta talleres de robótica”, aporta Aguirre. Bruzone completa: “Es increíble la aptitud que tienen los chicos de aprehender una visión, un estilo y rápidamente entrar en sintonía con la propuesta. El año pasado, la Fundación Petisos organizó el ‘Concurso de Participación Protagónica’. Los alumnos de primer año se presentaron procurando construir un baño seco para explorar alternativas que sirvan para cuidar el agua. Triunfaron y obtuvieron la financiación para concretarlo. Pero uno de ellos dijo: ‘Nosotros lo haremos igual aunque no ganemos, pero hay otras ideas que no pueden concluirse sin el premio’. Y donaron la mitad de este. Ese proceso –el compromiso, la capacidad y la empatía final– fue un importante indicador de que vamos por un muy buen camino”.

Comunidad colaborativa 

En el Colegio de Capacitación Técnica San José Obrero es tan importante resolver un acertijo matemático como un problema de convivencia. Merece un “10” tanto el que comprende un texto como el que no llega tarde a una actividad o el que protege el mobiliario. Es que la planificación de esta escuela de Neuquén entrecruza las competencias cognitivas con los valores. “Es tan primordial analizar un libro como usar un lenguaje correcto. Hay que cumplir con lo requerido por los maestros, pero también trabajar en el respeto, la solidaridad o el cuidado de la salud, la seguridad y la higiene personal”, esgrime Juan Esteban Espinoza, uno de sus directores. Aquí, más de 100 docentes enseñan a 750 estudiantes de tres niveles educativos: un ciclo básico técnico de cuatro años, más otro de especialización en el oficio (reciben un título de Auxiliar Técnico en Carpintería en Madera, Mecánico Industrial e Electricista); un secundario para adultos que otorga el título de Perito en Desarrollo de Comunidades; y un centro de mano de obra especializada a partir de los 16 años (se forman carpinteros, electricistas, torneros, metalúrgicos y mecánicos automotrices).

Pero hay más. Así lo relata Héctor Fernández, su otro director: “Tenemos lo que llamamos ‘Tutorías entre pares’: los alumnos destacados acompañan a aquellos que no pudieron lograr los objetivos de las asignaturas. Así dedican su tiempo para que tengan la carpeta completa y entreguen sus tareas. A través de los ‘Proyectos de Aprendizaje y Servicio Solidario’, los chicos pueden construir partes de prótesis de rodillas y piernas ortopédicas, juegos para plazas, o capacitar en oficios a aquellos que quedaron afuera del sistema escolar. A la vez, nos vinculamos con centros de salud para que, semanalmente, consulten con profesionales, temas como adicciones, sexualidad o violencia familiar. Aparte, tenemos espacios extracurriculares de expresión: campamentos, talleres de coro, guitarra, dibujo artístico, modelismo de barcos y aviones”. 

Tanto Espinoza como Fernández concuerdan en algo: “La escuela debe dejar de ser una isla o ese ‘templo del saber’ para transformarse en mediadora de conocimientos e integradora de principios prosociales. Hay que darle sentido a la vida”.

Corazón de tiza

Las propuestas para los casi 400 alumnos del San José de Calasanz son variadas: rondas de silencio al inicio de cada jornada, asambleas donde surgen acuerdos de convivencia, escucha de música tranquila, el cuidado de una huerta, la programación de una radio, clases de ajedrez, talleres de psicomotricidad, y la lista sigue... La más llamativa, quizá, sea el armado de un cuaderno de emociones, donde los chicos vuelcan lo que sienten mientras se instruyen. 

Es que en esta escuela de nivel primario, situada en San Jorge (Santa Fe), se respiran aires renovadores. El lema: “Reconocer la existencia del otro”. “La escuela se encuentra en una encrucijada. Primero, está atravesada por una tensión inevitable y preocupante con las exigencias de un contexto social, cultural, político y económico incierto. Después, está mediatizada por la complejidad tecnológica y los medios de comunicación, y por las rutinas y costumbres estáticas y monolíticas de un sistema escolar inflexible, opaco y burocrático”, define Marisa Oitana, una de sus directoras. Y acota: “Las reglas de juego con las que fuimos formados, con las que hasta ahora trabajamos profesionalmente, deben repensarse. La pedagogía del siglo XXI tiene que ser inclusiva, atender la diversidad y considerar las siguientes dimensiones: antropológica, axiológica, ética, moral, biopsicosocial, afectiva, espiritual y estética”.

“Pedagogía más humanizante”, remarca María Angélica Tamone, colega de Oitana. Y se cuestiona: “¿Para qué? Para lograr habilidades como el buen trato, la empatía, la asertividad, la interlocución válida, la negociación y la conciliación. Buscamos amplificar la inteligencia emocional intra e interpersonal, para así impulsar la solidaridad, el servicio, el compromiso, la justicia, la equidad, la tolerancia, el altruismo”. Juntas concluyen: “Salgamos del estado de confort, que nos llevó a hacer siempre lo mismo o nos posicionó en la queja constante. Hay que construir, generar nuevos espacios, nuevas maneras de enseñar y aprender. Cada situación tiene que transformarse en una oportunidad para alcanzar cambios profundos y duraderos”. 

Un espejo internacional 

Finlandia siempre ocupa los primeros puestos de los países con niveles educativos de excelencia. Entre otros factores, se destacan dos en este caso paradigmático: la formación de los docentes (deben tener una maestría para poder ejercer la profesión), y el engranaje que existe entre la escuela, las familias y la sociedad. Las instituciones son públicas (casi no se registran privadas),  y los niños asisten desde los 7 años.  A partir de allí, los colegios cumplen ciertos requisitos: las clases no superan las cinco horas y no se encargan tareas excesivas para hacer en el hogar. La comida y los materiales de estudio son gratuitos. Además, apuntan a que no haya más de veinte alumnos por aula. En la Argentina, algunos se están atreviendo a replicar el modelo, al menos parcialmente. No es poco.  

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