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Fortaleciendo el vínculo


Por Cristina Noble..


Fortaleciendo el vínculo 

Un viaje en moto entre un padre y un hijo trascendió motores, kilómetros, paisajes y obstáculos. El vínculo se fortaleció y la relación pide pista para más travesías. Reflexiones de dos generaciones.

Uno es robusto y el otro, menos. Uno es expansivo y el otro, más formal. Uno es relajado y el otro, no tanto. Uno tiene 70 y el otro se acerca a los 40. Son padre e hijo: Alberto y Santiago Mieres. Dos generaciones, dos estilos. La cita fue en su inmobilaria en San Isidro, fundada por el patriarca de la familia, Antonio Mieres, cuya impronta sigue en pie. “Él nos dejó el ejemplo de una vida signada por el valor del trabajo y el esfuerzo –dice Alberto–, y también el amor por la aventura y el deporte. Papá amaba los viajes. Así que las ganas de aventura nos vinieron en los genes”. Disfrutar la vida a pleno: ese es el legado familiar que estuvo presente cuando Alberto y Santiago decidieron compartir una travesía en moto por los Estados Unidos. Durante su viaje recorrieron valles, montañas, mares y lagos. El itinerario incluyó Seattle y Montana, bordearon Canadá y diferentes pueblitos, hasta que llegaron a Vancouver para después pegar la vuelta.  

“Fueron ocho días en total”, aclara Santiago, el organizador del periplo. “Nos tocó buen tiempo, con un poquito de lluvia al comienzo y después siempre soleado, ideal para motoqueros”. “Bueno, no somos motoqueros –aclara el padre–. No usamos barba ni camperas negras y especialmente somos muy respetuosos de los límites de velocidad. Jamás fuimos a más de 120 en ruta, y en los caminos internos no superamos los 60 kilómetros por hora. Lo que sí somos es grandes amantes de las motos”. 

–¿Cuál lugar les gustó más?
–Santiago: La ciudad canadiense de Kelowna, que en la lengua nativa del valle de Okanagan quiere decir “oso grizzly”, nos impactó especialmente. Es un lugar de ensueño, está enclavado entre montañas y rodeado de lagos. Y la gente de allí es increíble... ¡Cómo nos recibían! Cuando decíamos que veníamos de la Argentina, se sorprendían mucho, no entendían que hubiéramos viajado tanto...

–¿Cómo se organizaban?
–Santiago: Las rutas en países como Estados Unidos y Canadá están impecables, y además íbamos con espíritu de cero locuras. Yo tenía mi iPad, que usaba como hoja de ruta, y también cada tanto me fijaba en el pronóstico del tiempo. Cada uno llevaba un GPS y manejamos con mucha prudencia. Papá tiene mucha experiencia; ha recorrido la Argentina, Sudamérica y algunos países de Europa en moto. Yo soy mucho más nuevo en esto, pero tenemos un estilo de gozar la moto parecido; no somos velocistas, nos gusta el disfrute, pasear… En realidad, lo que nos divierte es descubrir lugares. La moto permite otra visión de las cosas, otra percepción, muy distinta a ir en coche. Uno puede parar y disfrutar más del momento.
–Alberto: El viaje me dio la posibilidad de confirmar una sospecha: Santiago es un gran organizador, capaz de conducir equipos. Tuve la satisfacción de darme cuenta de que es más independiente de lo que creía, cosa que me alegra muchísimo. En este viaje, además de nosotros dos, iban dos amigos de Santiago. Éramos cuatro hombres, cada uno con sus propias ideas, pero igualmente todo funcionó a la perfección. 

–¿Y mujeres: no pensaron incluirlas?
–Alberto: ¡ No! Sería muy complicado. Es para pelea. Mejor, programar un viaje en convertible. Las mujeres tienen otros tiempos, otras necesidades. No se bancarían el viento en la cara, las lluvias, los problemas que puedan presentarse. La única que se bancaba las locuras de mi padre era mamá, una santa. Lo seguía a todas partes. Cuando iba tirarse del Colorado en un bote de goma, o a recorrer pueblitos de Yugoslavia, o cuando probaba un auto de carrera a gran velocidad, ella iba como acompañante, siempre tejiendo. 

–¿El viaje los ayudó a conocerse más?
–Santiago: Y sí, ahora lo conozco un poco más. Papá era el que más experiencia en moto tenía en el grupo y, sin embargo, nunca quiso imponerse. No hizo pesar ni sus años ni su experiencia; en todo caso, hacía sugerencias que ponía a consideración. No se la creía para nada. Ese fue un descubrimiento que hice en este viaje, lo cual me estimuló para pensar en otro juntos: ahora queremos ir al centro norte de los Estados Unidos, cruzar los parques nacionales, ir a Dakota, donde los indios tuvieron los enfrentamientos con el ejército… Ya lo estamos organizando. Desde la previa, estos viajes te cambian la cabeza. Te unen.
–Alberto: Nos gustaría incluir a todos los hermanos en el viaje a Dakota. Yo tuve cuatro hijos varones. Pero, claro, no es fácil; cada uno tiene sus obligaciones, su familia…

–¿Y todos le salieron familieros?
–Uno piensa que educó bien a un hijo cuando sale trabajador, deportista, sano, honesto, cosa que ocurrió con todos. Los cuatro también son muy familieros… Lo que pasa es que la definición de familia ha cambiado…

–¿A qué cambios se refiere?
–Alberto: Muchos, empezando por el cambio de época. Es así: nuestra generación nació con un manual; él, Santiago, tiene otro. La primera página del manual mencionaba el recorrido: los hijos hacían la escuela primaria, el secundario… Más adelante empezaban la universidad y al poco tiempo armaban una familia. Todos teníamos el mismo manual.

–¿Nunca un conflicto entre ustedes?
–Los dos: No, por suerte no.
–Santiago: Era un poco rígido, pero me daba normas para moverme. Ahora, cuando alguien quiere trasmitirles algunas pautas a sus hijos, se da cuenta de que no hay un manual, hay muchos. Quizá por eso estoy mucho más confundido de lo que estaba papá en su momento.
–Alberto: El manual que teníamos era claro. Hoy, lamentablemente, no es tan así. Hace cuarenta y dos años que estoy casado y aunque no es fácil... ¿Quién dijo que la convivencia es sencilla? Hoy se casan, se descasan y se vuelven a casar. Nunca me preocupé del día a día porque estaba mi mujer. Pienso que quizá no estuve todo lo que mis hijos me necesitaron… Te das cuenta cuando ves que ellos comparten mucho más con sus hijos.
–Santiago: Mi padre tuvo menos vinculación con nosotros que la que tengo con mis hijos, es verdad. No sé si eso estuvo bien o mal. Fue distinto.
–Alberto: Mi padre nunca fue mi amigo, era mi padre. Traté de implementar ese mismo modelo con mis hijos…
–Santiago: Ahora mis hijos me piden que sea más amigo que padre.
–Alberto: Las cosas van cambiando. 
–Santiago: El resultado fue bueno; compartimos muchos gustos. 

–Tuvieron  suerte también...
–Santiago: La suerte tiene mucho que ver con las elecciones de vida posibles que uno hace…

–¿Por ejemplo?
–Alberto: En nuestra etapa no existía el facilismo financiero que vino después. Ahora viven una etapa de tecnología facilista que para mí es destructiva. No significa que no los capacite para otras cosas, eso es distinto. A nosotros ganar un centavo nos costaba mucho tiempo y lo defendíamos. 
–Santiago: Sí, tuvimos más facilidades pero eso también genera presiones. Papá estaba formado en la escuela del esfuerzo, y era consciente de que el ascenso no se lograba de un día para el otro. Hoy todo es más vertiginoso, y estás preocupado, luchando por mantener lo que adquiriste. 

 

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